DIEZ AÑOS antes de morir, Paul Ricoeur (1913-2005) esbozó las grandes líneas de un trabajo de meditación sobre la muerte. De la obra, inacabada, se conservan borradores, que finalmente el autor abandonó y guardó en una carpeta titulada "Hasta la muerte. Del duelo y de la alegría".
Cuando cumplió 90 años dijo a los amigos que lo acompañaron en la celebración: "Hay una simple dicha de estar aún con vida, y más que nada, el amor por la vida, compartida con aquellos a quienes amo, tanto tiempo como ella me sea dada. ¿No es la vida un don inaugural?". Dos años después, su cuerpo se degradaba: perdió la vista y la marcha aunque conservó intacta la capacidad intelectual. Llamó a ese período "depresión lúcida".
En junio de 2004 inició la escritura de los "fragmentos", textos cortos sobre el mismo asunto. Abatido porque ya no era un ser "activo" sino un "sufriente", dominado por el cansancio, anunció pocos días antes de morir: "He entrado en el tiempo único". El libro Vivo hasta la muerte, seguido de Fragmentos reúne esos escritos últimos.
"¿Qué clase de seres son los muertos?", se pregunta Ricoeur. "Aun en nuestras sociedades secularizadas no sabemos qué hacer con los muertos, es decir, con los cadáveres. No los arrojamos a la basura como desechos domésticos, cosa que, sin embargo, son físicamente". Es que la sepultura, junto con el lenguaje, las herramientas y las normas morales se cuentan entre los rasgos de la Humanidad.
Aunque el hombre ignore cuándo y cómo morirá, sabe que es un hecho inevitable. Para Ricoeur la anticipación de la agonía constituye el centro del miedo a la finitud: la muerte como agonía anticipada. El filósofo distingue el proceso de agonía, de la imagen que el moribundo arroja en la mirada del otro. De acuerdo a la experiencia de médicos que se ocupan de enfermos terminales, el enfermo en trance de muerte -mientras está lúcido- no se percibe como inminente muerto sino como ser vivo. Lo que ocupa su pensamiento no es el temor a lo que vendrá tras la muerte, sino que moviliza su energía para seguir afirmándose en la vida. Una médica de cuidados paliativos le decía a Ricoeur que lo que distingue al agonizante del moribundo es lo que ella llamaba el surgimiento de lo Esencial, y que el filósofo asocia con lo religioso.
Ricoeur habla de experiencia religiosa, desligada de la idea de la religión confesional, histórica o concreta. Encuentra esa vivencia en la muerte del sociólogo Maurice Halbwachs, relatada por Jorge Semprún en La escritura o la vida. Halbwachs agoniza en el campo de concentración de Buchenwald ante la mirada de Semprún. Como éste ignora las plegarias religiosas, con un nudo en la garganta, le recita unos versos de Baudelaire. Entonces, la mirada del compañero adquiere un matiz de vida: "un débil temblor se dibuja en los labios de Maurice Halbwachs. Sonríe, muriente, su mirada posada sobre mí, fraternal". A eso Ricoeur llama lo Esencial.
La muerte colectiva, en masa, de los campos de concentración plantea otros interrogantes porque, como afirma el filósofo, en situaciones extremas "los muertos ya muertos y los moribundos que van a estar muertos se tornan indistintos".
De aquella situación nace un nuevo sobreviviente que no es el deudo del muerto o quienes lo vieron morir. Es aquel que estuvo allí. Es un aparecido, portador de lo indecible. En este punto, Ricoeur introduce el relato de Primo Levi. Para él la muerte fue más real que la vida. Dice Levi en La tregua: "Un sueño dentro de otro sueño, sin duda. El sueño de la muerte, única realidad de una vida que, en sí misma, no es más que un sueño". Fuera del campo de concentración nada era verdadero, todo era sueño e ilusión de los sentidos.
Por último, como si la filosofía y el pensamiento racional no alcanzaran para explicar lo inexplicable, Ricoeur apela a la poesía, a los versos de César Vallejo: "¡No mueras, te amo tanto! / Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo".
Tiempo antes de morir, el filósofo confesó a un amigo: "hay dos cosas difíciles de aceptar en la vida, de aceptar verdaderamente; la primera, que somos mortales; la segunda, que no podemos ser queridos por todo el mundo". Reflexión, anticipación del duelo por la muerte propia e invocación, todas esas lecturas admite este libro breve, lúcido, escrito a mano, por un hombre que se despide de la vida luego de haberla honrado con su obra.
VIVO HASTA LA MUERTE, seguido de Fragmentos, de Paul Ricoeur, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008. Distribuye Gussi. 117 págs.