De los Nibelungos a Auschwitz

Jorge Abbondanza

EL DELIRIO comenzó suavemente. La afición por la lectura de textos de historia antigua y antropología, llevó a Heinrich Himmler (1900-1945) a interesarse por las raíces del pueblo germánico y a seguir los razonamientos de algunos investigadores y unos cuantos charlatanes sobre lo que sería el eje central de atención de toda su vida: la raza aria. Ningún planteo científico medianamente serio admite la existencia de esa raza, pero Himmler -y muchos otros- preferían creer que los arios habían existido como antiquísima cultura en el extremo ártico del Viejo Mundo y que en ellos debía buscarse el origen de la nación alemana. Esos antepasados altos, atléticos, rubios, de ojos azules y cráneo alargado, eran el modelo racialmente puro al que debía volver la población del Reich hitleriano, en la que los vaivenes de la historia habían introducido demasiadas mezclas. De manera que Himmler comenzó a diseñar un programa de recuperación de la integridad racial, mediante el cual pudiera rescatarse no sólo aquel paradigma de belleza física de los arios sino además su fibra interior, que se componía de rasgos tan nobles como el coraje, la capacidad artística, la inteligencia y las emociones superiores. Claro que Himmler no estaba solo en esa búsqueda.

Desde sus 20 años, cuando por primera vez escuchó hablar a Hitler en una cervecería de Munich y quedó para siempre deslumbrado por la fiebre nacionalista del dirigente, Himmler se incorporó al partido nazi y aplicó su propio entusiasmo para trepar en los rangos de una organización que crecería aceleradamente. En cierto momento Hitler lo puso a cargo de las SS, un cuerpo de élite que inicialmente proporcionaba guardaespaldas para los dignatarios pero que iba a expandirse monstruosamente hasta llegar a ser una fuerza paramilitar de férrea disciplina, miles de integrantes, papel decisivo como sostén del régimen y elegantes uniformes negros confeccionados por la firma alemana Hugo Boss. El propio Himmler intervenía para seleccionar a los candidatos, de modo que respondieran a los ideales de la raza, controlando que sus matrimonios tampoco se desviaran de esa línea rubia, espigada y azul. El jefe, que luego agregaría a su dominio de las SS otras responsabilidades asignadas por el Führer (la Gestapo, el Ministerio del Interior, el comando de tropas) nunca reparó en que los líderes nazis -desde el morocho Hitler, el rengo Goebbels o el gordo Göring hasta Bormann o Rosenberg- no respondían de frente ni de perfil a los parámetros arios. Pero Himmler no se dio por vencido.

Las fantasías del nazismo resultarían pintorescas si no hubieran sido tan tenebrosas en su alcance, sus métodos y su resultado. Pero el grotesco de aquella horda de fanáticos que catequizó a un gran país y luego devoró un continente, arrastrando por el camino una masacre industrializada y una guerra mundial, no era visible para sus protagonistas y por lo visto tampoco para la masa humana que los acompañó en la aventura. La obsesión racial jugó un papel dentro del desastre, y allí Himmler y las SS fueron estrellas del operativo depredador. Eso es lo que sabe contar la investigadora canadiense Heather Pringle en su libro El plan maestro, donde no sólo describe el periplo individual de Himmler sino en especial la tarea desempeñada por un ramillete de estudiosos al servicio de las SS, que apoyaron la exploración de los orígenes de una raza imaginaria, cobrando los generosos viáticos que pagaba Himmler y otorgando a la organización una fachada académica y un semblante respetable. Mucho menos famosos que quienes dirigían el destino del Reich, esos cómplices con diplomas y doctorados fueron igualmente culpables del horror, aunque en la posguerra casi todos resultaron exonerados de culpa y pudieron permitirse una vejez confortable, viviendo hasta los 80 o los 90 años en su país natal y en medio de su familia.

PASADO REMOTO. Himmler no sólo rastreó a los arios en Europa, ordenando excavaciones y registros en yacimientos arqueológicos de Suecia, Finlandia, Holanda, Alemania y Francia. Antes de que estallara la guerra, también financió viajes largos y extravagantes de algunos secuaces a sitios tan alejados como Iraq y Tibet, confiando en que encontraran huellas de antepasados arios que podrían haber emigrado a esos parajes hace miles de años. La fama de aquella expedición al Tibet sobrevivió a su patrocinador, porque hace once años el cine de Hollywood produjo Siete años en el Tibet, una película donde Brad Pitt interpretaba al zoólogo Ernst Schaffer, que en 1939 había sido el emisario de Himmler entre los lamas, a quienes sus ayudantes tomaron medidas de la caja craneana para detectar el parentesco asiático de los arios.

Ni siquiera la guerra interrumpió esa fiebre exploratoria, porque el avance alemán sobre la Unión Soviética permitió a las SS otras búsquedas: la de un mítico imperio godo en Crimea y la de supuestas comunidades arias en el Cáucaso, mientras estudiaban el origen judío de otros grupos de la región para orientar a los comandos (los Einsatzgruppen) encargados del exterminio. No perdían el tiempo, y tampoco lo perdieron en operaciones de rapiña del patrimonio de museos y templos de Polonia, donde se apropiaron de antigüedades útiles para la colección que preparaba Himmler sobre el pasado remoto de los germanos y de paso se llevaron tesoros más recientes, como la espectacular talla del altar mayor de la iglesia de Santa María en Cracovia, realizada en el siglo XV por el alemán Veit Stoss, cuyas doscientas figuras policromadas habían sido esculpidas sobre un solo trozo de tilo de 12 metros de largo. Es bueno que Heather Pringle tome nota de esos saqueos y también que mencione con nombre, apellido, antecedentes y destino posterior a los empenachados funcionarios de las SS que cometieron tales robos, tales asaltos y tales crímenes.

Pero lo mejor del libro de Pringle es la sedosa secuencia con que su relato avanza desde las investigaciones de un primer período de esa empresa cultural de los nazis, para bajar lentamente hacia el pozo negro, el de la devastación artística y la carnicería, a medida que Alemania se zambullía en la guerra, sus ciudades se convertían en escombros bajo los bombardeos, las SS se sentían dueñas del mundo y lo que había sido una llamativa indagación racial, y más tarde una teoría paranoica, se convertía por último en un infierno. El sueño de reconstruir la raíz espiritual y genética de una nación, analizando el alfabeto rúnico, las analogías del sánscrito con lenguas europeas y los viejos esqueletos de Cromagnon, se había convertido en un baño de sangre.

PASADO CERCANO. Cuando llegó la hora de pagar las cuentas, el fiscal general del tribunal aliado en los juicios de Nuremberg señaló con el dedo a los acusados de crímenes contra la humanidad y dijo: "Estos imputados no mataron a sangre fría ni por enriquecimiento personal. No todos son unos pervertidos y tampoco son hombres ignorantes. Algunos son médicos bien formados y otros son distinguidos científicos. Todos eran plenamente capaces de comprender la naturaleza de sus actos y muchos estaban excepcionalmente dotados para formarse un juicio moral o profesional al respecto. Sin embargo son responsables de asesinatos en gran escala y de torturas de inenarrable crueldad. Es obligación nuestra mostrar cómo y por qué ocurrieron tales cosas". Eso tenía lugar en 1946, pero no todos los acusados sufrirían penas graves.

En 2002, y al cabo de cinco años de estudiar documentos para escribir su libro, Heather Pringle se enteró de que Bruno Beger -uno de los principales colaboradores de las SS en sus investigaciones raciales- seguía vivo a los 91 años y residía en un pueblito del oeste de Alemania. Se sorprendió cuando el hombre respondió favorablemente a su propuesta de entrevistarlo, fue a verlo y se encontró con un viejo cordial pero impermeable a los remordimientos del pasado. Sin embargo Beger había colaborado en el asesinato de decenas de prisioneros de campos de concentración para obtener cráneos y esqueletos de judíos con destino a un museo de las razas que proyectaban las SS. En su entrevista con Pringle, ese nonagenario se quejó del resultado del juicio que le habían iniciado en 1970, a pesar de salir de él con una leve condena a tres años de libertad condicional, porque se consideraba inocente de todo cargo. Con una sonrisa, le reveló a la autora que luego de ese proceso nunca llegó a recibir la factura para pagar las costas judiciales. Pudo ahorrarse ese gasto porque -según le dijo- el juez era "un simpatizante secreto", hijo de un funcionario nazi que había asistido a comienzos de 1942 a la conferencia de Wannsee donde se resolvió la Solución Final del Problema Judío. Parte de aquel pasado seguía vivo en 1970 y también en 2002, por lo cual la autora dice en el final mismo de su libro: "No podemos permitirnos el lujo de olvidar esta lección".

EL PLAN MAESTRO de Heather Pringle. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 2008. Distribuye Sudamericana. 570 págs.

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