por Ramiro Sanchiz
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La historia es bien conocida: tras dos novelas que pasaron relativamente desapercibidas, Karl Ove Knausgard (Oslo, 1968) atravesó una crisis de la que solo alcanzó a salir dejándose llevar por una escritura sin pretensiones literarias, casi como un diario, que terminaría por entrelazar el relato de su experiencia vital con sus lecturas, inquietudes y obsesiones. El resultado, o al menos las primeras secciones de esa escritura que no dejaba de fluir, interesó a un editor y fue publicado como los primeros volúmenes de un proyecto autobiográfico, que sería después provocadoramente titulado Mi lucha. Al final la cuenta de libros llegaría a seis, que en español se publicaron siguiendo los títulos de la traducción al inglés: La muerte del padre, Un hombre enamorado, La isla de la infancia, Bailando en la oscuridad, Tiene que llover y Fin; con este último la estructura del proyecto quedó delimitada con contornos claros y deliberados, y lo que comenzó en principio como autobiografía terminó deslizándose hasta una forma sutil de autoficción.
Siguieron cuatro libros (el llamado Cuarteto de las estaciones, compuesto por En otoño, En invierno, En primavera y En verano), que continuaron el ímpetu autobiográfico aunque con menor intensidad y alcance. Después, en 2021, apareció La estrella de la mañana (traducido al español en 2023), que dio comienzo a una saga o serie novelística plenamente ficcional. Knausgard ha terminado hasta la fecha los primeros cinco libros de este proyecto, de los cuales, además del ya mencionado La estrella… solo ha sido traducido al español el segundo, Los lobos del bosque de la eternidad. Sin tramar un relato secuencial que asuma como prerrequisito la lectura en el orden de publicación, estos libros se proponen crear un mundo ficcional a gran escala. Así, tanto La estrella… como Los lobos… pueden pensarse como novelas “corales”, con múltiples narradores y vidas entrelazadas.
Inteligencia de los hongos. En el caso de la segunda, Los lobos…, la cuenta de narradores llega a cinco (en La estrella… son nueve), de los cuales dos —Syvert y Alevtina— toman el lugar de protagonistas. El primero, al comienzo de la novela, es un chico de 19 años que acaba de terminar el servicio militar y regresa al hogar. Allí encuentra a su madre y a su hermano menor (su padre falleció años atrás), y mientras intenta adaptarse a esta nueva vida descubre unas cartas escritas en ruso que lo ponen en la pista (traducción mediante) de una amante de su padre y quizá de un hermano o hermana. Mientras, su madre enfrenta un diagnóstico de cáncer, la relación con su hermano se tensa, y como lectores lo vamos conociendo más íntimamente: sus limitaciones, su humor, su sentido común y sus opiniones políticas, que adquieren un relieve especial en el contexto del desastre de Chernobyl, la perestroika, la crisis de la socialdemocracia en Noruega y el ascenso de partidos de derecha conservadora y neoliberal.
Syvert narra con frescura e inmediatez, y sentimos que lo acompañamos en su día a día (incluso que sabemos más que él de lo que está sucediéndole); Alevtina, por el contrario, más introspectiva y reflexiva, más capaz de un discurso sobre sí, apela más a la analepsis y deja claro que está narrando desde nuestro presente y por tanto revisitando su vida; en cierto sentido, los capítulos de Syvert se leen como el tomo dos de Mi lucha (Un hombre enamorado, que lidia con la paternidad y la vida conyugal y coinciden con el presente de escritura de los libros del ciclo), mientras que los de Alevtina recuerdan más bien el tono de los tomos tres, cuatro y cinco, como si Knausgard hubiese dado —para no perder su marca distintiva, cabría pensar— con una manera de integrar la confección de novelas con esa escritura de corte autobiográfico que lo catapultó a la fama global y le construyó su identidad de escritor.
En cualquier caso, la narración de Alevtina es la más rica del libro: pronto comprendemos que es hermana de Syvert (su madre era la amante soviética del padre fallecido), que no podrían ser más diferentes en cuanto a sus carreras (ella estudia humanidades, luego biología, finalmente medicina), sus aficiones (Alevtina heredó de su padre el amor por la literatura y la música clásica) y sus temperamentos (Syvert se esfuerza todo el tiempo por resultar agradable y simpático, a veces con poco éxito, mientras que Alevtina es introvertida y cínica), a la vez que ciertas conexiones o parecidos emergen a un nivel más profundo.
La historia de Alevtina es a su vez especialmente interesante: durante la etapa de su vida dominada por el estudio de la biología intenta escribir una tesis de doctorado sobre las redes miceliales y la posible inteligencia de los hongos; este proyecto no da frutos, sin embargo, y tras una etapa de docencia descubre su vocación por la medicina. En sus reflexiones comparecen profundas y sugerentes inquietudes filosóficas, en particular sobre la naturaleza de la conciencia y la forma más básica de lo real: por momentos Alevtina parece convencida del materialismo más reduccionista y después, como guiada por intuiciones o incluso epifanías, tiende a una visión más matizada, con lugar para la incertidumbre.
Es en ese contexto que la conexión entre Los lobos del bosque de la eternidad y La estrella de la mañana (más, cabe suponer, el resto de libros de la serie, aun no traducidos) adquiere espesor: hacia el final tanto Syvert como Alevtina (y también Valisa, quien además de narrar dos capítulos breves se nos ofrece como la autora de un texto ensayístico cuyo título coincide con el de la novela y trata sobre la inmortalidad humana, en particular desde el punto de vista del cosmista ruso Nikolai Fiódorov), después de encontrarse en Moscú, presencian un fenómeno extraño en el cielo: la aparición de una nova, una estrella brillante y rojiza cuya luz tiñe todo de una misteriosa irrealidad. La novela, por decirlo así, termina con un milagro, con lo inexplicable, y de pronto nos sentimos al borde de lo fantástico, casi como si se tratara de un abismo.
Por supuesto, queda por ver cómo desarrollará Knausgard este “milagro” estelar, y qué más construirá a partir de la constelación o galaxia de personajes que orbita a su alrededor. En cualquier caso, Los lobos del bosque de la eternidad, al margen de la saga, serie o macronovela que integra, es fascinante en sí misma y una lectura tan apasionante como intrigante, que confirma el buen hacer literario —también a la hora de acometer ya no autobiografía o autoficción sino novelas propiamente dichas— de su autor.
LOS LOBOS DEL BOSQUE DE LA ETERNIDAD, de Karl Ove Knausgard. Anagrama, 2025. Barcelona, 780 págs. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.