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Qué es el jazz argentino

Cuando todos cambiaban el auto, él prefirió invertir en un piano majestuoso: diálogo con Justo Lo Prete

Abogado penalista y uno de los promotores del jazz argentino, tiene según los músicos profesionales el mejor piano porteño

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Justo Lo Prete con su piano Yamaha C7 que define el sonido de su club de jazz
(foto László Erdélyi/Gabriela Silva)

por László Erdélyi
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El título que detenta es el de Abogado Especialista en Derecho Penal, profesión que ejerce desde hace 30 años, pero es el propietario del mejor piano porteño, según dicen sin timidez algunos músicos profesionales del jazz argentino. Es que de forma paralela al derecho penal Justo Lo Prete llenó su casa de música, reuniendo una colección de 15 mil discos, la mayoría de ellos de jazz, luego fundó su propio sello discográfico, Rivo Records, grabando y editando discos con lo mejor del jazz argentino, para lanzarse hace dos años a una quijotada, fundar un club, Prez, en la calle Anchorena casi Santa Fé. Para un uruguayo del otro lado del río todo esto suena improbable y sin embargo es real, está allí, como las notas de jazz que envuelven al bajar la escalera hacia el sótano de Prez, notas que atrapan con una magia particular, epifánica. Pero eso ocurrió después. Antes quedamos en charlar en el café Havana de avenida Santa Fé, a la vuelta, uno que tenía la cortina metálica rota y que intentaban reparar unos operarios subiéndola y bajándola con un ruido metálico atroz, insoportable. Llega Lo Prete, mira en la calle la cortina baja, y duda. Le hago señas. Al final se desliza por debajo y nos sentamos a charlar de jazz. Pero no. “Dejé sin escuchar el último movimiento de la Segunda Sinfonía de Mahler, sino llegaba tarde”, explica. Todo en él descoloca.

—Entonces, ¿por qué el jazz?
—Mirá, llegás al jazz luego de transitar otras etapas. Yo me crié con el rock, soy del 67, lo sigo escuchando y siempre me golpea el corazón. Pero a veces le pregunto a músicos que no conozco si siempre tocaron jazz, y la mayoría te dice que no. Entonces llegás a él transitando otros lugares asociados a la música popular. Es exigente, y muy demandante tanto para los músicos como para los oyentes. Requiere una escucha mucho más atenta que las músicas populares. En eso está más asimilado a la música clásica.

—Pero en la música clásica estás preso de la partitura.
—Si, la música clásica siempre va a ser parecida. En cambio en el jazz sucede mucho eso de “¿qué van a hacer hoy?” cuando los ves subir al escenario. Y la comunicación que ves entre los músicos se advierte de modo peculiar en el jazz. Por eso a mi a veces me gusta sentarme adelante, aunque no es el lugar donde mejor se escucha, porque participás de ese diálogo entre los músicos, e ingresás a ese disfrute en el que ellos están. El jazz en vivo tiene eso.

—La improvisación...
—Que no lo comparte con ninguna música, lo de la creación instantánea en cada concierto. En ese sentido me parece que tiene una magia que es única. El grado de disfrute que tengo es a veces más espiritual que intelectual.

Cuestión de caudal.
—Hace unas tres décadas un colega uruguayo me dijo “hay una escuela de jazz argentino”. Hoy en Buenos Aires hay varios clubes de jazz al mejor estilo Nueva York. La movida del jazz es enorme, hay músicos reconocidos mundialmente, hay público, festivales...
—No sé si estoy de acuerdo con la existencia de una escuela de jazz argentino. Desde la década del 50 había buenos músicos, el más notorio el Mono Villegas. Pero escuela... con un lenguaje propio... no estoy seguro. Y estoy pensando en los músicos de los años 60. El que sale un poco de eso es el Gato Barbieri, que mete toda una cosa latinoamericana en el jazz, con esos discos tan buenos, con instrumentos de acá y referencias directas al folclore. El jazz es algo bastante antiguo en la Argentina, siempre ha tenido buenos músicos.

—Bueno, escuela o no, el uruguayo que cruza el río a Buenos Aires puede disfrutar del jazz como en pocas ciudades del mundo.
—Si, claro, comparado con Uruguay sí, donde sé que no hay mucho. Y en Brasil tampoco, porque tienen una música tan fuerte que lo desplaza, aunque llegó a emparentarse al jazz gracias a Stan Getz; allí el jazz puro queda restringido a un ámbito académico. En Colombia pasa lo mismo, hay poco público de jazz. Comparado a otros países de latinoamérica, Argentina es el país más importante en cuanto a caudal de músicos y público.

—Pero no hay una escuela...
—Mirá, acá, cada dos o tres años algún diario de alcance nacional saca una nota titulando “Buenos Aires, la ciudad que ama el jazz”, y no estoy de acuerdo, para nada. Andá a los clubes y decime si aman el jazz... a mi me parece que no. Es cierto que hay mucha oferta en Buenos Aires, si querés escuchar jazz en vivo cualquier día de la semana hay más de una opción. Pero me parece que lo que buscan es un golpe de efecto. No hay masividad, y tampoco pretendo que el jazz sea masivo, no tiene que serlo. Hay publicidad, sí, y eso de las viejas películas de Hollywood que hacen ver al jazz como algo cool. Pero el público que cree que el jazz es cool no es público de jazz.

—¿Cuánto es el público duro del jazz en Buenos Aires? ¿500?
—En toda la furia. Yo conozco a todos los fanáticos del jazz.

—Todo bien, pero para un uruguayo que te escucha, piensa “ufa, otro argentino deprimido más, tienen algo grande y lo niegan”. Acá en Buenos Aires, en estos clubes, tocan los más grandes músicos de jazz del mundo, y no vienen como estrellas sino como uno más. Eso pone alta la vara para el público y para los propios músicos locales. Hace poco vi en otro club de jazz porteño, Bebop, a Martin Pizzarelli, una leyenda viva del swing norteamericano. Esa noche una estudiante de jazz me dijo “vení mañana a La Paz Arriba que toca mi profe”. Ahí escuché a Pía Hernández al piano. Casi me caigo.
—Sí, Pía Hernández toca muy bien. Hoy la llamé para pedirle una fecha.

—¿Entonces?
—Es que no siento que haya una escuela. Hay caudal de músicos, son buenísimos. Pero el término está más vinculado a la originalidad.

 

Contracorriente.
—A Rivo Records, tu sello discográfico, le diste una impronta, no elegiste músicos argentinos al azar.
—Esa etapa fue muy linda.

—¿Cuántos discos en catálogo?
—Diecinueve, íbamos a sacar veinte, pero... fuimos el único sello con catálogo descendente en la historia de la música. El primer disco es el RR-20, What’s New de Mariano Loiácono, al que siguió el RR-19 de Carlos Lastra, y así, para que cuando llegara al RR-1 tuviera que cerrar. Para no tentarme, ¿viste? Hacer todo al revés. En aquella época había mucha música original y nadie tocaba standards, es decir, versiones o variaciones sobre temas clásicos como “Stardust” o “Summertime”, por ejemplo. Así que dejé afuera a un montón de músicos que tocaban solo música original.

—¿Se pueden escuchar online?
—Sí, pero no gratis. No me interesa. Yo no tengo Spotify. Creo que si querés un disco, lo tenés que pagar. Eso va a favor del artista. Los discos están en VANCAMP, es como un Spotify más sofisticado donde vos podés comprar el disco y lo escuchás, vale 8 dólares. Al principio se vendieron algunos discos digitales, con la ventaja que los compra un señor en Tokyo, otro en Bucarest. Pero lo otro no me gusta. De hecho hay músicos que me llaman preguntando por qué los discos no están en Spotify, me dicen “a mí me sirve”. Y les dije “no quiero que estén”, es mi forma de protesta contra un mundo totalmente abusivo para con los músicos. Y también es una forma de ser consecuente con mi coleccionismo, el del formato físico.

—¿Qué músico de Rivo Records hoy te sigue conmoviendo?
—Paula Shocron, que tocaba todo standards y ahora toca todo libre, muy improvisada. De hecho la invité a Prez a tocar standards y no quiere. Otro es Adrián Iaies, que hizo con nosotros un disco de standards, el RR-10, Goodbye, Solo piano, pero que se destaca por la música original. O Ernesto Jodos, que también grabó conmigo standards, pero toca música original. O sea, Rivo Records no inventó nada, pero estuvo bien y movió un poco el avispero. A Mariano Loiácono creo que le dio una mano, era muy joven y estaba empezando su carrera, grabó tres discos en el sello y pegó un poco el salto. Eran lindas ediciones.

—¿Se grababa en Buenos Aires?
—Sí, en el estudio SoundRec, o en Aguarivay, donde tenían un piano grande Fazioli. Así salió el disco de Adrián Iaies. Ese piano es un barco grande, y así suena.

—Hablando de pianos grandes, dicen los músicos que tenés el mejor piano porteño.
—Mirá, acá cuando vino la locura de la pandemia y sus problemas, se dio una situación con el dólar que hacía que la gente cambiara el auto. Como yo el auto no lo iba a cambiar, y como me parecía que el piano pertenece a la esencia del club de jazz —es casi tan importante como el club mismo— aproveché y compré un piano que nunca había soñado tener, un Yamaha C7 de cola, un piano de mucha excelencia, el mejor de la línea standard de Yamaha. Encima tuve la suerte de que Yamaha a veces saca pianos que tienen un sonido muy brillante, y son criticados por eso. Y este resultó un Yamaha bastante apagado. Fue así, pensé que si quería tener un club, la gente tenía que escuchar un piano majestuoso.

—¿Conseguís buenos afinadores?
—Hay buena escuela de afinadores en Argentina, incluso con gente joven.

—¿Se desafina mucho?
—Ahora hace dos meses que fue afinado, y no se corrió todavía. Antes al mes había que afinarlo.

—Se va asentando, como los buenos motores.
—Las teclas se ponen más blanditas. Los músicos vienen y me dicen “cómo mejoró este piano respecto al año pasado”. Esto te permite hacer conciertos de solo piano, por su reverberancia y sonido, y en segundo lugar, si cerrás los ojos y escuchás, ese largor de cola del piano se siente, reverbera mucho más.

***

Al día siguiente la velada nocturna transcurrió en Prez, escuchando a un cuarteto de jazz de músicos argentinos. El sitio es austero en su decoración, abovedado, nada distrae de la música y los músicos. Nos vamos retirando y al saludar a Lo Prete, él nos señala a alguien entre el público. Es Guillermo, el dueño de Minton’s, la última disquería especializada en el mundo que vende solo jazz en formato físico. Fundada en 1993, está en la galería Apolo de la avenida Corrientes. “En esa disquería gasté, a lo largo de décadas, cerca de 220 mil dólares en discos” me dice. Supe conocerla antes de la pandemia de la mano de Jorge Fondebrider. Es un lugar de culto, una cueva para fanáticos. Se respira jazz.
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Guillermo percibe que estamos hablando de él y se acerca. Insisto en lo increíble de la movida de jazz porteña. Ambos ríen, negando con la cabeza. “Hay viernes que tengo solo dos mesas” dice Lo Prete. “Pero hoy es jueves, y está lleno” le respondo. Y por una vez dos porteños hacen silencio.

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See See Rider, Solo Piano, de Paula Shocron (Rivo Records, RR-08)

Un catálogo descendente: Rivo Records
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El cordobés Mariano Loiácono es hoy uno de los trompetistas más reconocidos del jazz mundial, grabando o tocando con grandes como Rudy Royston o Vincent Herring. En 2011 fue convocado por Justo Lo Prete para inaugurar el sello Rivo Records, grabando What’s New, el RR-20 del naciente catálogo. Luego vinieron Carlos Lastra (RR-19), Paula Shocron (RR-18), Loiácono & Shocron (RR-17), Gustavo Musso (RR-16), Ricardo Cavalli (RR-15), Ernesto Jodos (RR-14), a los que siguieron Adrián Iaies, Sergio Wagner, Allan Zimmerman, Francisco Lo Vuolo y Jerónimo Carmona.

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