Más Benjamín Labatut

Cuando los dones son maldiciones: biografías de genios a los cuales les fue muy mal en la vida

La dimensión trágica de los hallazgos científicos

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Benjamín Labatut
(foto Juana Gómez, detalle)

por Mercedes Estramil
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Antes de leer Un verdor terrible habría que convenir en esto: si no se entiende nada de física cuántica, de teoría de números, de química o matemática posliceal, no se va a esgrimir esa ignorancia como argumento para dejar de leerlo. Porque con este libro, finalista del Booker Prize 2021, y que ya va por su vigésima cuarta edición, el chileno Benjamín Labatut (nacido en Países Bajos en 1980) hizo un producto raro. Sobre una base de divulgación científica, diseñó una laberíntica carretera literaria. No es un libro de ciencia ficción, no es novela, no son relatos, no son solo biografías de personalidades tan relevantes (si bien anónimas para el gran público) como Fritz Haber, Karl Schwarzschild, Shinichi Mochizuki, Alexander Grothendieck, Werner Karl Heisenberg, Niels Bohr o Erwin Schrödinger. Las vidas atormentadas de estos individuos (desde maquiavélicos operadores nazis a consagrados premios Nobel) están descritas con minuciosidad pero el trabajo del autor excede el atractivo cholulo de las anécdotas. Es como si cada biografía señalara un denominador común. Podría sintetizarse en: la ciencia cobra a cada individuo un precio demasiado caro por sus avances.

Descubrimientos. Un verdor terrible aglutina y asocia historias de hombres (blancos y europeos: la elección le valió a Labatut alguna reprimenda tonta por no asignar cuota) que fueron brillantes en sus especialidades y que vieron convertirse sus dones en maldiciones. Ese tema, literariamente tan trillado como efectivo (declaración de la maestría de Dios, en versión poética de Borges), Labatut lo encara desde un enfoque doble. Primero el científico, difundiendo conocimientos que acaso él entiende (seguramente sí) pero la mayoría de los lectores no. En ese punto la lectura es como arribar a los dominios de un Thomas Pynchon. Pero ¿cansa, aburre o desmotiva leer Un verdor terrible? Para nada. Porque el segundo enfoque deja a un lado lo abstracto e ilumina lo humano, lo muestra en su esplendor de abismo.

El libro se divide en cinco partes interrelacionadas. Tres ensayos breves, uno más largo, y un epílogo más cercano a la crónica personal. Una de las maneras seguras de que un libro de no ficción enganche lectores, o de que un libro de divulgación científica enganche lectores legos en ciencia, es que comience pisando fuerte con alguna referencia ubicable y contundente. El primer capítulo se titula “Azul de Prusia” y comienza señalando la adicción de los SS nazis a las metanfetaminas para luchar y al cianuro para suicidarse cuando vieron la derrota inminente. Tres personajes históricos lideran el ensayo: Johann Jacob Diesbach, creador del azul de Prusia, color sintético que reemplazó al caro lapislázuli; Carl Wilhelm Scheele, un químico sueco que revolviendo un pote de azul de Prusia con una cuchara impregnada de ácido sulfúrico creó el ácido prúsico o cianuro hidrogenado; y Fritz Haber, un criminal de guerra y Premio Nobel de Química que extrajo nitrógeno del aire —solucionando la escasez de fertilizantes— pero también creó el mortífero Zyklon B. La ética que él no tuvo llevó a su esposa al suicidio, y su invento terminó gaseando a parte de su propia familia, judía.

Ese primer texto enlaza con la crónica del último, “El jardinero nocturno”, en el que Labatut habla de un vecino suyo en la zona montañosa chilena donde vive. Ese hombre que cultiva de noche para que las plantas sufran menos (literal) le habla de Fritz Haber y también le cuenta que él mismo tuvo una gran carrera como matemático, pero la abandonó y en la mitad del camino de su vida lo dejó todo y se recluyó para dedicarse a cuidar el jardín. Ni fue el único ni el primero. El jardinero nocturno siguió los pasos del matemático Alexander Grothendieck, del que Labatut habla en el tercer capítulo, “El corazón del corazón”. Alumno estrella capaz de resolver como si nada todos los problemas propuestos por sus profesores, Grothendieck quería comprender los fundamentos últimos de las matemáticas. En ese afán trabajaba compulsivamente hasta que un día de 1967 exhortó a sus alumnos a renunciar a “la práctica vil y peligrosa de las matemáticas”, se dedicó a la ecología y el pacifismo, dejó a su familia, fundó una comuna, regaló sus posesiones y terminó como ermitaño. Murió en 2014, hablando al oído a un matemático japonés horrorizado por lo que oía.

“Entender es imposible”. Con un doctorado en Princeton a los veintitrés años, Shinichi Mochizuki (n. 1969 en Tokio y supuesto creador o co-creador del Bitcoin) fue el matemático que escuchó a Grothendieck. Especialista en la teoría de números, Mochizuki declaró que “entender es imposible”, cosa que cualquier novelista sabe y que la mayoría de los científicos pretenden ignorar. Con protagonistas científicos, algunos mentores de otros y algunos enemigos entre sí por diferencias en sus teorías (el capítulo cuatro muestra los diferendos entre Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, el odio de Einstein a la mecánica cuántica, el apoyo de Niels Bohr a Heisenberg), Labatut muestra desde dentro de la ciencia sus límites, la pobreza de la razón para explicar la realidad. Esa estrategia no es privativa de este libro. En su reciente novela Maniac (2023) vuelven a ser protagonistas un matemático del sigo XX, el húngaro-estadounidense John von Neumann, de inteligencia brutal y memoria prodigiosa; el trágico físico austriaco Paul Ehrenfest; y Lee Sedol, un jugador surcoreano de Go que le ganó a la Inteligencia Artificial.

Los protagonistas de Labatut son seres reales que toman dimensión trágica cuando su afán de conocimiento e interpretación de la realidad colapsa. Parafraseando a Enrique Vila-Matas en Bartleby y compañía, estos científicos en algún momento dicen “No”. Algunos porque sienten que no dan la talla frente a otros que los superan (esto es difícil que pase entre literatos), otros porque se asomaron demasiado a un abismo y no quieren dar un paso más. En las conclusiones de estos hombres sobre sus objetos de estudio se verifica entonces un doble horror: que la ciencia humana no permite comprender el universo, pero permitirá destruirlo.

UN VERDOR TERRIBLE, de Benjamín Labatut. Anagrama, 2024. Barcelona, 216 págs.

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