Poéticas de Milán

Cuando la poesía estalló en secreto, unos de-construyeron la metáfora para ver si estaban las vísceras

Otros pusieron música a la rima para ver si el sonido reconquistaba terreno

Eduardo Milan
Eduardo Milán
(foto Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Eduardo Milán
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La implosión fue tan grande que no se notó. O se notó poco. O se dio por normal un re-direccionamiento de la palabra poética transformada en poema. A principios del siglo veinte el arte estalló. Cuando se dice “el arte estalló” los especialistas se refieren, en general, a las artes plásticas. Porque fueron las artes plásticas, en esa visualidad que señalaba entrando el siglo lo que los artistas decimonónicos vieron hasta cansarse, unos con agrado, otros con pesimismo: la dependencia absoluta del ojo como síntoma inequívoco de la plasticidad del mundo en el que entrábamos, subordinado a la visión como nunca había estado. Baudelaire —o Benjamin— en nuestro siglo XX lo vieron con horror y fascinación: el pensamiento daba vuelta la cabeza para mirar. Ese Orfeo del Ojo total, ese Poliorfeo que deja a Polifemo en pañales. Eso es el pensamiento en el enclave XIX-XX. Pero el estado de resonancia no se pierde en la mirada. Lo cierto es que no vimos para la poesía lo que, literalmente en plástico, la letra del ojo, era totalmente obvio: la poesía no importaba más que como comentario, como pie de cuadro. Unos de-construyeron la metáfora para ver si estaban las vísceras haciendo agua. Nada. Otros pusieron música, más música a la rima para ver si el sonido reconquistaba terreno como cuando la industrialización rompió el silencio de los dioses. Nada. La “retirada de los dioses” heideggeriana no parece haber sido por aturdimiento sino por la violencia de un ver total. Lo cierto es que el mito, eso que escondió a los dioses durante su ausencia definitiva (para Manfred Frank, Dios está en el exilio, no dice cuánto durará el exilio, si la dictadura será eterna —ese lugar propio del mito y del dios que usurpado puede mandar fuera a medio mundo, fuera de su lugar de origen, es decir, de hoy— o si, como se decía antes en una secreta fidelidad a la historia, “todo es cuestión de tiempo”, también el dominio unipersonal o de casta elegida).

Lo cierto-cierto es que la poesía estalló en secreto. Y mientras se derrumbaba el arte, rezaba casi murmurante: “la poesía está aparte porque es cuestión de palabra”. Eso para la época en que la palabra valía su peso en oro (después se ve cuánto pesa una palabra). Eso para los que creen que los dioses eran mudos.

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