Política, poética y más

Con Eduardo Milán: "Soy huérfano de madre, por eso tengo un problema de lugar"

Porque la madre es la que otorga el lugar, real y simbólico

Eduardo Milan
Eduardo Milán
(foto Leo Mainé/Archivo El País)

por Juan de Marsilio
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Hacía cinco años que el poeta Eduardo Milán (Rivera, 1952) no venía a Uruguay. Vive en México desde 1979. Ha vuelto unos días para la publicación de su libro La leyenda del poema. Era obligado charlar con él.
Milán, a estas alturas, ¿uruguayo, mexicano o ambas cosas?
—Uruguayo, sin duda. La condición uruguaya es un modo de ser. Aquí tengo mis raíces. Me fui hace más de cuarenta años, y tuve que desarrollar las estrategias de adaptación propias del exilio. En México me han tratado muy bien, y agradezco. Tengo una vida afectiva allá, nacieron mis hijos. Pero debo hacer un ejercicio de metapensamiento, de metalenguaje. En México, mi verdadero yo, vive varios pisos de lenguaje por debajo.

¿Nostalgia?
—Cuando vengo a Montevideo camino mucho. Montevideo es caminable, no como México DF. En cada sitio podría decirme, “esto lo perdí, aquello lo perdí”. Prefiero seguir unido al que he sido acá. En este viaje lo que más me sorprende, con pena, es el gran nomadismo urbano, puesto bajo el eufemismo de “situación de calle”.

La suya es una uruguayez con mucho de brasilidad.
—Sí. Nací en Rivera. Mi madre era brasileña. Me llegó desde temprano y muy profundo la sonoridad del portugués que se habla en Brasil, su poesía, sus canciones. En especial la obra de los poetas concretistas.

Su respuesta me hace acordar de algo muy bonito que pone Ud. casi al final del libro que acaba de salir:

José Milán vio a Elena Damilano
—que quiere decir De Milán—
ella vivía del otro lado de la frontera que separa
Santana do Livramento de Rivera
o sea Brasil de Uruguay
el azar tira abajo cualquier frontera
«como quien dice» aquel hombre encontró su mujer

Política y poética.
Muchos uruguayos lo conocimos por un poema suyo que musicalizó Darnauchans, que dice “Soy de una generación, hambrienta, desprovista”. ¿Hambrientos o desprovistos de qué?
—Pasábamos, y yo pasaba, un hambre y una desprovisión ontológicas. Además, mi padre estaba preso por razones políticas desde el ´73. Yo no estaba mal en lo económico, pero me sentía vivir con un preso adentro. Soporté seis años, y en el ’79 me fui.

Lo político pesa en su poesía, pero con menos llaneza que en el Benedetti más politizado o los poetas del ’60.
—El hecho político se da dentro el poema mismo, en su construcción. Voy creando una forma, una estructura, pero siempre me abro a sus transformaciones, a sus rupturas, a sus complejidades. No creo en coartar eso por atenerme a unas reglas de estilo, ni siquiera autoimpuestas, o a un “mensaje” predeterminado.

¿Por qué escribir ahora sobre la Comuna de París?
—Buena pregunta. Por un lado, porque en la Comuna de París se planteó una propuesta liberadora y comunitaria en términos totales, para abrirle todas las puertas al desarrollo del potencial de la persona, pero siempre en solidaridad con los otros. Además, porque mucho de lo que se vivía en mi juventud, como el Mayo Francés o todo el aire de los ’60, recordaba la Comuna. Y por supuesto el rock, que siempre habrá quien le critique que no sea zamba, chacarera ni milonga, pero era muy fermental.

Los comuneros fueron derrotados.
—Es que en mi trabajo la derrota es fundamental. Escribo desde la derrota. Te diría más: no soy para nada utópico, en el sentido de postular en mi obra tal o cual modelo político concreto (porque el arte es el arte y el mundo es el mundo). Soy bastante escéptico. Pero me parece mejor la derrota y la solidaridad con los derrotados que triunfar por sobre los demás y a costa de ellos, que es la lógica del capital. Prefiero estar del otro lado.

Sin derrota de las buenas causas no existirían ni la leyenda ni el poema, parafraseando el título de su libro.
—Puede ser. Desde el recuerdo legendario de la derrota se hace una lectura poética de lo presente, válida y plena de sentido para quien no pueda o no quiera vivir este estado de cosas —tan injusto para tantos— como un triunfo. Es un poco aquello que se preguntaba el gran romántico que fue Hölderlin, “¿Para qué poetas en tiempos de penurias?”.

Se me ocurre, desde una lectura apurada, que ese título suyo, “El Fénix no baja”, podría ser un modo futbolero de identificarse con la derrota.
—No, no (ríe). Es independiente de la simpatía o empatía con débiles y vencidos. Tiene que ver más con una historia mía personal. Conozco al cuadro de fútbol, claro. Pero aproveché para relacionar su lema con el mito del Ave Fénix, que no baja, en el sentido de siempre renacer y no tocar un final definitivo.

Eso le abre una puerta a la esperanza. Y a veces los pueblos vencen. Derrotamos a Hitler, por ejemplo.
—También hay que valorar esas victorias, claro. Tengo tres hijos, deseo para ellos un futuro. Como te dije, en mi poesía soy escéptico, para nada utópico. Pero al mismo tiempo podría decir, en términos freudianos, que el superyó me impone un deber de esperanza.

¿Qué tan cerca y tan lejos está Milán del neobarroso trasplatino?
—Yo estaba sentado en una mesa de un café de Montevideo —ahora no me acuerdo en qué café fue— con Perlongher y Echavarren (se refiere al poeta y ensayista argentino Néstor Perlongher (1949–1992) y al poeta, narrador y ensayista uruguayo Roberto Echavarren (1944); Nota del Editor), cuando Néstor mencionó que nuestro neobarroco, el rioplatense, más que neobarroco era un neobarroso, por la base de lama que tiene el Río de la Plata. Me acuerdo de que Roberto y yo estábamos ahí, escuchando lo que decía Néstor. Y bueno, mirá, en algunas antologías mi nombre aparece vinculado a ciertas estrategias de escritura neobarroca o neobarrosa. Yo creo que puede ser que en algunos momentos haya recurrido a ese tipo de lógica de proliferación significante. Pero lo veo más marcado en poetas de mi generación, por ejemplo Eduardo Espina. Noto en él un ejercicio sostenido de lo que llamamos neobarroco.

¿Y Echavarren?
—Echavarren es un tipo brillante. Ha hecho cosas en verdad notables. No sé cuál es el grado de reconocimiento que se le da, pero espero que sea el que se merece, que sea un reconocimiento consistente. Es fundamental Echavarren, para mí, lo mismo que Espina. Si me preguntan por el neobarroco, yo los recuerdo a ellos inmediatamente, lo mismo que a Tamara Kamenszain en Argentina, o al cubano José Kozer. O a Néstor, por supuesto. Pero tu pregunta me hace pensar en qué queda de todo aquello, de aquella cosa de los ’80. Hay dos o tres personas con las que hablo de la poesía de por acá, cuando nos vemos o virtualmente. Trato de leer y descubrir. No veo mucho de aquello, ahora, nada con aquella fuerza, con aquel embalaje. Porque aquello fue más bien una desembocadura. Ahora no sé qué nuevas “formaciones fluviales” hay y a dónde conducen. Sé también que Silvia Guerra sigue escribiendo, y me interesa mucho. Pero es gente más cercana a mi generación. De poetas que anden por los treinta años o menos, conozco poco.

El cuerpo.
¿Y lo erótico en su poesía?
—Sobre este punto, ahora que decís, creo que me viene por influencia cultural. El Brasil, comparado con nosotros y con Argentina, es una cultura hiper hedonista, independientemente de que le caiga un Bolsonaro de vez en cuando, pero es hedonista. Me acuerdo ahora de que Ferreira Gullar, el crítico feroz de mis amigos los concretistas, tiene un libro genial que se llama A luta corporal. Y yo creo que sí, que el poema es una lucha corporal, en la que el cuerpo se muestra y no se esconde, no debería esconderse. Y no para mostrar el cuerpo como una máquina de seducción, como una especie de exhibicionismo de strip teaser, sino por necesidad material: el poema es una construcción material, y la materia se muestra. El no esconder el cuerpo me parece que es algo fundamental en un poema. Lo que sí ocurre es que el cuerpo va desapareciendo y desaparece, y me interesa el ejercicio de prestidigitar la materia para hacerla aparecer y desaparecer en forma alterna.

Hay en su poesía y en el libro nuevo múltiples influencias filosóficas y poéticas. Una de las más fuertes es la de los trovadores provenzales.
—Mi contacto con los trovadores se dio en varios frentes. Primero, por el desarrollo de mi relación con la poesía, porque la poesía trovadoresca es clave en el concepto de lírica que manejamos hoy, está en las raíces de la lírica occidental. Luego vino mi aprendizaje con Benavides y con Medina Vidal y casi en paralelo mi contacto con Haroldo y Augusto De Campos, que son quienes introducen a los trovadores en el cono Sur, porque los tradujeron directo del provenzal. Además, en Facultad de Humanidades yo estudié provenzal con Guido Zannier, que nos echó una gran mano facilitándonos la lengua, lo que me permitió una relación más amigable con los trovadores, en especial Guilhem de Peitieus, Bernart de Ventadorm y Arnaut Daniel. Claro que todo eso pasando por Ezra Pound, que según T.S. Eliot es quien reintrodujo la poesía trovadoresca en el siglo XX.

Desde hace unos años lleva una columna “Poéticas” en El País Cultural. ¿Qué siente escribiendo para ese lector de periódicos del que tanto desconfiaba Mallarmé?
—En primer lugar, aprovecho tu pregunta para agradecerle a László Erdélyi, el editor del Cultural, por darme lugar. Yo tengo un problema de lugar, simbólicamente hablando. Soy huérfano de madre. La perdí al año y meses. El huérfano tiene un problema de lugar, porque la madre es la que otorga el lugar, real y simbólico. Y si alguien me da un lugar en un país que dejé —aunque por circunstancias no elegidas por mí— hace cuarenta años, como soy un tipo que trata de cumplir con todo lo que merece cumplimiento, por supuesto que voy a cumplirle. A lo que escribo ahí, en otro lugar lo llamo “prosapiens”, que es una palabra que inventé. Te voy a dar un librito escrito así (Irrumpe lo real: nuevos prosapiens breves; Nota del Editor). Ese tipo de textos me obliga a condensar lo que vengo haciendo desde hace muchos años con una noción de presente. Siempre estoy revisando el estado de lo poético en relación con lo que está pasando. Si algo se cae o se levanta en la realidad, miro desde lo poético esa caída o ese levantamiento.

Vuelta a lo de Hölderlin, “¿Para qué poetas en tiempos de penuria?”
—Claro. Yo intento contestarme lo que no tiene respuesta. ¡La pregunta de Hölderlin es tan abierta! Mientras haya conciencia y poesía, la pregunta y la poesía van a ir juntas. Que ya lo haya dicho un poeta en el 1800 me hace sentir que no todo está perdido. Es el “principio de esperanza” del filósofo Ernst Bloch, que de repente se me cuela.

La leyenda del poema - Eduardo Milán - ALTA.jpg

Los amigos.
—¿A quiénes reconoce de su generación, aparte de su amigo, el poeta y narrador Roberto Appratto?
—De un grupo de maestros y de pares con los que me vinculaba, Roberto y yo somos los únicos que seguimos vivos. Ya no están Medina Vidal, Benavides, Salvador Puig, Juan Carlos Macedo. Darnauchans, si no hubiera fallecido, estaría cumpliendo setenta, era un poco menor que yo. Y por cosas del rock también estuve muy unido al guitarrista Carlos Da Silveira.

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