por Gera Ferreira
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Alfredo Alzugarat (Montevideo, 1952) es Licenciado en Letras, narrador, crítico e investigador. El reciente Oxford Handbook of Jorge Luis Borges lo destacó entre los uruguayos que trabajaron la obra del escritor argentino.
—¿Cómo fue tu camino lector?
—Me formé en la lectura viendo a mi padre que volvía del trabajo y se ponía a leer literatura gauchesca, exclusivamente. Desde Juan Moreira a Martín Fierro, pasando por Acevedo Díaz, Javier de Viana, José Monegal, que le gustaba mucho, luego La tierra purpúrea. Después conseguí que leyera Muerte en la tarde de Hemingway, y Sangre y arena de Blasco Ibáñez, pero él leía solamente eso porque vivía en la ciudad mirando hacia lo rural.
—Buena selección.
—Después tuve la increíble suerte de que a los quince años mis padres, que se habían formado poco en materia intelectual, eran más autodidactas, entendieron que además de que me iba bien en los estudios, tenía que trabajar. Entonces, ¿qué trabajo? Ayudante de librero ambulante. Yo tenía quince, y recorría el Centro desde Juan Carlos Gómez hasta Ejido, por Sarandí, por 18 de julio, con dos valijas cargadas de libros (y que no tenían rueditas), y en cada comercio abría esa valija y vendía. Agarramos la época del boom, y vendí Cien años de soledad ni bien salió.
—Eran ladrillos, no libros.
—Sí, claro, García Márquez, Carpentier, se vendían muchísimo, Benedetti también. Así que me formé viendo libros, y lo que más me asombraba era la diferencia entre los que vendía y los que tenía que estudiar en el liceo. Nada que ver. Pasaba de López de Vega a Carpentier.
—¿Ya leías artículos relacionados con la literatura?
—No todavía, pero en esa época empiezan a salir los famosos fascículos de Enciclopedia Uruguaya y Capítulo Oriental. Ahí empecé. Más tarde, después de las circunstancias que hicieron que estuviera preso, la lectura se volvió un elemento de salvación. Además, de la cárcel salí directo a estudiar Letras en Humanidades.
—Me topé con tu 40 años de literatura uruguaya (1973-2013).
—Eso está dentro de una serie que se llama Nuestro Tiempo, que trataba de los más diversos temas. Ese dedicado a la literatura.
—Me interesa cómo arrancás, con el hito de la muerte de Paco Espínola en el 73 y esa premisa de mal agüero que nos puso de cara al golpe de Estado. Ya sea por cárcel o por exilio, por censura o muerte, ahí se quiebra la continuidad de los lazos generacionales.
—Sí. Hoy está también en cuestión el término de la teoría de las generaciones, pero me parece que es así, que quedó una generación trunca, de la que encontré en la cárcel a muchos integrantes. Quizá los nuevos no pudieron crear la estructura que crearon los del 45, con las editoriales y toda la institucionalidad.
—Reaparecen figuras que generan el regreso de ciertas literaturas como Peri Rossi, Ida Vitale, Alfredo Fressia. Apareció luego Fernanda Trías a la distancia.
—Ese es un fenómeno que hay que abordar, el de los escritores uruguayos en el exterior y en el exilio, de los que sabemos muy poco. Te diría que hasta es un bache en el acervo de la Biblioteca Nacional, porque no encontrás todos sus libros. Ni de Peri Rossi, ni de Leonardo Rossiello, ni de Hebert Abimorad. Han publicado afuera y habría que hacer un trabajo de rastreo para conseguir sus libros. Hay un vacío inmenso y es preocupante.
Sin fines de lucro.
—Antes se valoraba en los medios de prensa escrita la publicación de creación. Eso fue desapareciendo.
—Se publica de acuerdo a lo que se lee, ese es el problema. Y la creación, lamentablemente, el espacio lo encuentra en el volumen. El mercado se mueve de acuerdo a leyes de falta y demanda. Eso siempre fue así.
—Por otro lado, Hermes Criollo, Maldoror, Revista de la Academia Nacional de Letras, Revista de la Biblioteca Nacional…
—Sí, son revistas para intelectuales, revistas académicas, no llegan al gran público, y no van a llegar nunca.
—Algunas dejaron de existir.
—Espero que se retome la Revista de la Biblioteca Nacional. Yo trabajé con la mayor comodidad en el Departamento de Investigadores, fue un ambiente divino, pero lo que nos dolía era la falta de difusión, porque comprar una publicación de la biblioteca era imposible: había que ir a determinada oficina en determinado horario y con efectivo y cambio.
—Recuerdo un stand en el hall, donde se ubicaba Gabriel Sosa y su librería ambulante.
—Sí, eso fue en la época de Carlos Liscano. Fue un tiempo en que funcionó pero había que entrar a la biblioteca para conseguir la revista. Después, durante la época de Pailós se consiguió llegar a la distribuidora Gussi, pero entonces todo aumentó a un valor tremendo, porque estaba lo que cobraba IMPO, más la ganancia de Gussi, más la ganancia de la librería...
—Inviable.
—Exacto. Lo que más dolía era eso, porque si bien sabíamos que la revista iba a otros lugares, incluso al exterior, ese trabajo fenomenal nadie lo conocía, y sigue siendo así.
—¿Cuál era la respuesta?
—Las publicaciones del Estado no pueden ser lucrativas; la biblioteca no podría recibir dinero directamente.
—El director anterior, Valentín Trujillo, le dio más bolilla a la difusión.
—Sí, su mayor preocupación fueron las publicaciones y el Departamento de Investigadores, no cabe dudas. Porque él también era un apasionado de todo eso. Pero el resto de la biblioteca se le vino abajo. Entonces disminuyó el personal, el servicio, el mantenimiento, pero él le dio importancia a las investigaciones, ingresaron muchos archivos, eso es algo que hay que reconocer, pero no pudo superar lo demás. Fíjate que ni siquiera hay un stand de la Biblioteca Nacional en la Feria del Libro. Se planteó mil veces y también de parte de las direcciones de la biblioteca.
—¿Y de quién es el problema, del Ministerio?
—Y sí, ahí muere todo, hay una burocracia y un impedimento que surge de tiempos remotos en que se entendía que lo del Estado tenía que ser un servicio gratuito. Siempre lamenté eso, por un lado sentía el privilegio de ser un escritor al que le pagaban por escribir, una maravilla eso en este país, por otro lado nadie leía los libros. La repercusión se daba a un nivel académico, que en este país es un círculo muy pequeño.
El maletín abandonado.
—Vamos a José Pedro Díaz. ¿Qué pasaba entre él y Emir Rodríguez Monegal?
—Bueno, no sé hasta dónde Monegal era consciente del asunto, pero está claro que José Pedro Díaz lo odiaba. Pienso que es algo que surge desde el enfrentamiento por la efectividad en Secundaria, que en aquel momento era un examen imponente. Allí se presentaron Díaz, Rodríguez Monegal y Bordoli. Y creo que lo gana Díaz, y a partir de ahí empieza un... creo que es un odio, pero no sé hasta dónde Monegal lo recibió, creo que no le preocupó en absoluto.
—En tu Diario de José Pedro Díaz, ¿hay alusión a esto?
—No, no… otro momento de repente fue cuando llega Borges por primera vez a Uruguay. Borges era muy timorato en hacer conferencias públicas y le pide a Díaz que lea la ponencia de él, una sobre literatura fantástica. Y Rodríguez Monegal está presente, por supuesto, y después hace una crónica, creo que en Marcha. Entonces Monegal, que no se cuidaba en lo que decía, dijo que el ambiente en la conferencia era un poco oscuro, de penumbra, y lo que se veía era a Borges y debajo de él a Díaz, de tal manera que parecía un titiritero.
—¡No!
—Fue de una violencia tremenda. También está la correspondencia de Rodríguez Monegal con Benedetti, por ejemplo, pero fueron grandes amigos y confidentes mientras estuvieron en la revista Número. Después, cuando surge Mundo Nuevo, ahí es una ruptura total, que sí se convierte en odio. Pero Monegal siempre fue un gran generador de polémicas.
—El Diario... también dio lugar a dos expansiones, el documental El filmador (2021), de Aldo Garay, y las informaciones que derivaron en la investigación La biblioteca china en Uruguay.
—Sí, fueron dos momentos de gran felicidad. El documental con Aldo Garay se alargó por la pandemia. Vi muchísimas veces el guion y no sé cuántas veces hubo que reordenarlo, pero el producto es muy bueno. Aunque lamentablemente el documental duró un tiempito y nunca más.
—Tuvo corto alcance.
—Y es un gran aporte a la literatura uruguaya; es más, a la cinematografía uruguaya, porque incluso las de José Pedro se consideran de las primeras filmaciones de uruguayos en el exterior. Además Díaz tuvo una preocupación por la calidad cinematográfica.
—Sí, Garay dice que era un “cineasta de closet”.
—Es curioso cómo después dejó de lado todo eso.
—Hay buena correspondencia entre el guion del diario y el del documental.
—Sí. Es perfecta. Y con la fotografía también. Eso es un descubrimiento de Aldo. Yo veía la correspondencia entre la fotografía y el diario, pero no en lo fílmico, porque no podía acceder. Esas latas que encontramos cuando se desmanteló la casa, a poco de llegar a la biblioteca fueron descubiertas por una funcionaria muy eficaz que percibió un olor a vinagre, y eso indicaba que se estaban descomponiendo. Entonces de apuro fueron para Cinemateca y al tiempo nos mandaron una copia que era un desorden brutal, donde nunca pude hacerme la idea global.
—Una línea de tiempo difícil de recomponer.
—Hay un episodio increíble. A mí me faltaba dentro del archivo toda la correspondencia que ellos (Díaz-Berenguer) debieron haber recibido estando en Francia. Yo pensaba, la habrán tirado al Sena, porque parecía que no habían recibido ninguna carta en esos dos años. Era un bache. El viaje se podía reconstruir perfectamente con el diario. Se le ocurre a Aldo ir a filmar al lugar donde estuvo emplazada La Galatea, a la casa de la calle Mangaripé —hoy María Espínola—, ya en manos de otro dueño. Y le dijeron, mire, nosotros encontramos un maletín que quedó olvidado acá. Estaba donde van las llaves de la luz, adentro del tablero. “No sabemos qué hacer con él, no lo hemos querido tirar porque creemos que puede haber algo valioso”. Luego aparece Aldo con el maletín en la Biblioteca Nacional. ¿Qué hay acá?, le digo. Dicen que está lleno de cartas, dice Aldo. Lo abrimos y ahí estaba todo lo que habían recibido en Europa: cartas de Maggi, de Arregui, de Rama, era una maravilla aquello, fotos... Eso fue durante la pandemia, me pasé revisando el maletín desde casa, leyéndolo y ahí, que es a lo que quiero llegar, me encuentro con una correspondencia entre Díaz y un hermano de Mario Arregui que era aficionado a la fotografía, y con un intercambio entre ellos hablando de lo que proyectaba Díaz hacer en Europa con las filmaciones. Eso no pudo ser incluido en el documental.
—¿Quedó incorporado al archivo?
—Por supuesto, quedó ese maletín que apareció misteriosamente en el tablero de electricidad junto a un muñeco sin cabeza, diez años después de que se hubiera desmantelado la casa.
Los libros
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Ha publicado, entre otros, Trincheras de papel (2007), El discurso testimonial uruguayo del siglo XX (2009), Diario de José Pedro Díaz (2012), La biblioteca china en Uruguay (2014), Quisiera decirte tanto. Cartas y otros textos de amor, cárcel y exilio de Susana Pacifici (2015).