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por Ioram Melcer, desde Jerusalén.
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Al morir Pelé, cabe preguntarse quién muere. O mejor dicho, qué muere. Obviamente, como todo humano, la vida de Edson Arantes do Nascimento llegó a su punto final. El individuo, el hombre biográfico, con su nombre, el que fue padre, hermano, pareja, ciudadano, amigo, vecino, muere como hemos de morir todos.
Pero nada muere de lo que fue, es y será Pelé. El personaje que apareció en el escenario mundial nunca morirá, siendo quien dio lugar a la sentencia absoluta según la cual Dios es brasileño. El futbolista sobrehumano, así denominado por muchos de los adversarios que se cruzaron con el fenómeno que llevaba el número 10, no deja el mundo. Más bien consolida su posición de eterno, de elemento en la imaginación colectiva, luciendo los epítetos que en vida lo rodearon en textos escritos y hablados, aclamados con emoción, fruto del asombro general ante su proeza sin igual.
En estos tiempos de clasificación numérica de listas de “los mejores de…” no faltarán quienes por costumbre y contagio reduzcan la noticia de la muerte del Dios Brasileño a un par de tablas de Excel con estadísticas que suscitarán sesudas discusiones. Que cuántos goles marcó; que cuántos son válidos para la posteridad; que si era o fue mejor que ese par de argentinos, el avivado sinvergüenza y el otro tan opuesto al primero, de buenos modales y sosegado respeto para con todo el mundo; que si quizás hubo otro brasileño por ahí en las tinieblas de la era pre-televisiva (Garrincha, Leónidas da Silva…). Porque vivimos en los tiempos del Chivo, nada menos, el chivo llamado en inglés GOAT (Greatest Of All Time), intentando expiar nuestra pequeñez de peritos mercantiles que contabilizan lo que se cuenta hoy en día, lo que cuenta para tener siempre un récord que asegura la posibilidad de una noticia, exclusiva por medio segundo, que se ha batido el mismo récord, quizás por ese pobre portugués de inflado ego que siempre jugó para sacarle el jugo a la fama, adulando a esa diosa tempestuosa y caprichosa que le chupa la sangre a cualquier GOAT pasajero.
Porque la verdad es que el Dios Brasileño, Pelé, se consagró como deidad teniendo no solamente cualidades futbolísticas nunca vistas, sino porque incidió otro aspecto, sin la cual nadie puede ser dios ni sobrevivir como tal: la suerte. Pelé fue el primer futbolista que capturó la imaginación de un público global porque su ascenso ocurrió a la par de la televisión. Y lo hizo cuando se estaba por pasar del blanco y negro al color. Gran ironía, además, porque su éxito estuvo ligado a temas de color, pero en otro sentido. Pelé fue uno de los primeros héroes negros de consumo mundial. ¿Qué vimos de Jesse Owens? No más que algunas fotografías. Cassius Clay, ese coloso mediático, la boca de oro de la consciencia racial en los EE.UU. apareció poco después de Pelé, antes de transformarse en Muhammad Ali, controversial, combativo. Pelé, por otro lado, se mantuvo allá como los dioses, omnipresente pero siempre un poco apartado de la actualidad política, de los temas del día. Fue quizá el personaje más fotografiado en la década de los 60. Todo el mundo se tomaba una foto con el 10 brasileño, a quien nunca le fallaba la sonrisa.
El excelente documental de Netflix trata de manera crítica y seria la posición de Pelé ante la dictadura brasileña, dejando en claro que Pelé no podía asumir un papel público porque la manera de sobrevivirlo todo era quedarse por encima de los acontecimientos, cumpliendo un acuerdo tácito: mantener su estatus de intocable a cambio de ser representante del país. Otra vez el tema racial, su identidad como negro en un país que finge haber resuelto el tema. Los lectores pueden hacer la prueba colocando fotos de las selecciones brasileñas hasta el año en que Pelé aparece en el mundial de 1958. Las selecciones eran casi exclusivamente blancas. La de 1958, tras una rebelión interna, comenzó muy blanca, hasta que las autoridades futbolísticas brasileñas se rindieron, reemplazaron al técnico y formaron otra, mucho más negra, que ganó la copa. Pelé mismo cuenta cómo en Suecia, al ver cómo la selección de Brasil se entrenaba, los periodistas locales creían que ese muchachito negro menudito era uno de los encargados de recoger las pelotas. Las chicas lo tocaban para ver si la piel les dejaba los dedos ennegrecidos.
Luego, en los años de dictadura, a partir de 1964, fue un brasileño que, aunque famoso mundialmente, tenía mucho menos espacio para expresarse políticamente que un ciudadano de la gran democracia de los EE.UU., a pesar de sus fallas. Y menos siendo un hombre negro.
El éxito fabuloso de 1958 logró algo que ni el café ni la música consiguieron: propulsar a Brasil como un país de éxito, aquel que Stefan Zweig llamó “El País del Futuro” (y tituló un libro suyo Brasil, país de futuro). En términos de impacto mundial, es difícil comparar a un escritor judío-austríaco exiliado que se suicidó en su refugio brasileño, con la selección de maravilla que lucía un astro de 17 años, de nombre largo pero de apodo fácil de captar y atrapante: Pelé.
La imagen proyectada por las maravillas futbolísticas de las selecciones de 1958 y 1962 era la de un fútbol suelto, alegre, innovador, libre, astuto, artístico y muy bello, donde parecía que más que el resultado lo que se buscaba era el placer. Verdad parcial pero no mentira. Se trataba de “O Jogo Bonito”. Un ideal de pureza del cual Pelé nunca dejó de ser el símbolo absoluto.
Edson Arantes do Nascimento se vio secuestrado por Pelé, que le dejaba muy poco espacio. Lo cuenta uno de sus compañeros de equipo, en otro video, donde describe al gran 10 en los vestuarios antes de salir a la cancha. Se recostaba en una camilla de masajes, cubriendo su rostro con una toalla. Esperaba en silencio que todo el equipo saliera, y solo entonces se quitaba la toalla y se ponía de pie. El hombre que se recostaba era Edson, llamado Dico en familia, y el que se levantaba era Pelé, Dios, para otra jornada ante el insaciable público que lo creó, al cual le debía todo y no podía defraudar. La carga era terrible. No podía no ser Pelé.
Fueron más de dos décadas de presencia en los estadios ante el mundo. Cada vez más adulado. Al retirarse, en 1977, pasó a ser como aquellos políticos que lograban dejar el poder asegurándose un posterior estatus de estadista. Pelé siguió sirviendo la causa del fútbol, conservando su posición de divinidad con un toque oracular.
El hombre vivió su vida. Amores y desamores, hijos legítimos y de los otros, dinero y problemas. Siempre fue como lo muestra el documental de Netflix, simpático, de amigos, de sensibilidades a flor de piel, una persona que nunca olvidó sus orígenes, su hogar de infancia, el amor de sus padres, su caja de lustrabotas infantil que le servía para la infaltable batucada. Ese ha muerto. El otro, el mito, es eterno, y siempre lo será.
NOTA: Ioram Melcer, editor, traductor, linguista y corresponsal del Cultural en Jerusalén, es autor del libro Pelé, un dios de carne y hueso publicado en Israel en 2005.