CON LA ESCRITORA URUGUAYA

Andrea Blanqué, sus temores y su intimidad

Tras años de periodismo, docencia, publicidad y narrativa, Blanqué advierte que ya no escribirá más novelas, que lo masivo no le interesa, y que tiene numerosos volúmenes de poesía inédita.

Andrea Blanqué. Dibujo de Ombú
Dibujo de Ombú

Antes de ir a la casa de Andrea Blanqué (Montevideo, 1959), me dijo por email que no le gustaban las entrevistas. Linda forma de arrancar, pensé. Yo tenía curiosidad. Quería saber en qué andaba la autora de aquel muy buen volumen de cuentos, La piel dura, y de las novelas La sudestada, La pasajera, Atlántico y Fragilidad, libros que se leyeron mucho entre 1998 y 2008, libros que allí están. Desde entonces, Andrea se mantiene alejada del ambiente literario pero hace poco publicó He venido a ver las ballenas (2017), una nouvelle escrita en 2006 y reescrita durante años. Un libro que llegó sigiloso hasta el presente en clave de algo más: una despedida. Ya no escribirá novelas. Cuando un escritor reflexiona sobre algo así, lo importante es lo que hay detrás.

—¿Hace cuánto que das clases?

—Di toda la vida. En la década de los 90 no lo hice porque trabajé en una agencia de publicidad. Era redactora.

—Qué bueno.

—No tanto. Para mí era muy duro. No sé si viste la serie Mad Men

—Sí, claro. ¿Serías Peggy?

—No, Peggy tenía vocación por la publicidad. Yo no. Igual se ganaba bien, porque la publicidad no tenía competencia ni con internet, ni con el cable, ni con Netflix. Entonces fue una década prodigiosa para hacer plata. Para mí era un poco angustiante. Tenía una forma diferente de ver el mundo.

—Por ese entonces eras poeta.

—Sí, y escribía cuentos. Alterné entre la poesía y el cuento fantástico bastante tiempo.

—Cuando volviste de España publicaste tu primer libro, La cola del cometa (1988), y fue muy bienvenido.

—Es cierto que había muy pocas mujeres que estaban escribiendo, y además el libro lo publicó Ediciones de Uno, que en ese momento tenía 800 o 1.000 suscriptores y era buenísimo. (Héctor) Bardanca iba a cobrar en una motito. Recuerdo que la contratapa me la hizo un compañero de la agencia donde trabajaba. A los de Uno no les gustó, porque consistía en una enorme foto mía cuando era una mujer linda, aunque me sintiese horrenda. Y para la tapa dibujó la silueta de una mujer desnuda… una propuesta muy sexualizada.

—Una ruptura. A propósito del libro, el poeta y crítico Luis Bravo dijo que es “Un vuelo rasante de magia y turbulencia que ya atisbaba lo fantasmagórico en poemas narrativos cuyos personajes encarnaban un frenesí de visiones alucinatorias”.

—Qué bueno que haya escrito eso. Tengo una vaga idea de lo que escribí. Es como si lo hubiese escrito otro. Yo no vuelvo a leer lo que escribo, nunca.

—¿Por alguna razón en especial?

—Me deja la autoestima por el suelo.

—¿No está ganada esa batalla?

—Al contrario, desconfío más. Hablar de mi propia obra me genera un gran malestar, es más, cuando estoy enseñando, sobre todo en el IPA, y los estudiantes me espetan algo que yo escribo en la novela tal o cual, me muero de vergüenza, porque nadie que escriba ficción puede abandonar el yo. Todo lo que dijeron los estructuralistas sobre la muerte del autor son tonterías y está perimido. No me leo porque me han herido mucho.

—¿Te han criticado?

—Sí, porque uno queda muy desnudo. Esa es la situación del escritor que se enfrenta a la crítica. Si pongo en una balanza el disfrute que da escribir un libro y el dolor que da que te hostiguen o te den latigazos… Es uno de los motivos por los cuales no escribo más libros masivos.

—¿No es parte del proceso de transformar algo personal en algo público?

—Sí, pero no me duele la crítica sino la exposición, el castigo sobre el cuerpo desnudo. Lo público me cuesta mucho. En una época estuve muy involucrada en el ambiente, en toda la movida de los 80.

—Claro, por ejemplo cuando salió Viva la pepa: 10 poetas y diez plásticas (1990).

—Sí. Este año se cumplen 30 años de eso. Era una época en donde había muy pocas escritoras jóvenes y yo estaba dispuesta a luchar. Llegué de España con mucha transfusión sanguínea y me encontré con un país en el que, si bien había democracia, yo parecía una loca feminista. Hoy ser feminista es como ser funcionaria pública. Cuando intenté dar clases con teorías literarias feministas en Facultad de Humanidades tuve que renunciar porque fue imposible. Defendía valores muy anárquicos.

ADIÓS A LA NOVELA.

—Yendo un poquito hacia atrás en el tiempo. Existe un libro tuyo que es omitido en las solapas de tu bibliografía, y creo que no lo tomás mucho en cuenta.

—Que te intereses por ese libro en particular me muestra lo poco que valorás mi escritura.

—Todo lo contrario. Pienso que la Antología del retrete. Grafitis de los baños de mujeres (1991) debería ser reeditado de inmediato.

—No. Está muy perimido. Es un documento de una época.

—Que hoy tiene un valor que no tenía en los 90, y se resignifica.

—Es muy post dictadura.

—Pero sigue vigente, en especial pensando en esa dedicatoria plural.

—No me acuerdo, ¿a quiénes?

—“A ustedes, chicas”.

—¿En serio? No puedo creer que haya hecho eso.

—Lo hiciste y llega hasta hoy, donde podría recibirse de otra manera.

—Sí.

—Me quedé pensando cuando dijiste que no vas a escribir más libros masivos, ¿quiere decir que no vas a escribir novelas?

—Sí. Tuve un momento donde sentí que lo que escribía era importante. Sartre, en ¿Qué es la literatura? se hace varias preguntas con relación a eso, entre ellas: ¿por qué escribe un autor? Dice que el autor escribe porque cree que lo que tiene para decir es esencial para el mundo. Y yo creo haber vivido esa sensación. En el momento en el que escribía La piel dura (1999) o La pasajera (2003), tenía la sensación de que era esencial que una mujer dijera esas cosas. También sentí que tenía muchas historias para contar y eso ya no lo tengo.

—Eso explica, en parte, el bache de nueve años en los que no publicaste.

—Consideré que había escrito muchos libros y tenía miedo de repetirme después de Fragilidad (2008). No voy a escribir más novelas.

Fragilidad es una novela que tiene un recorrido “lento”. Pero no en el sentido de que no pasan cosas, sino que esas cosas están dichas con espesura.

—Sí, hay una apuesta por la prosa poética ahí. A mí me gusta Fragilidad pero mi mejor libro en realidad es La piel dura. Aunque queda horrible que uno lo diga.

—Mmm, depende de qué forma y en qué contexto. Justo en este caso a La piel dura le fue bárbaro.

—No sé cuántos vendí. Supongamos que fueron 2.000 ejemplares, que para Uruguay es bastante. El público que a mí me compraba, siempre lo digo en broma, se murió o ya no lee. Y mis lectoras casi todas eran mujeres. Ahora hay un indudable relevamiento generacional que es sano.

— Eso también sucede a partir de tu alejamiento del ambiente.

— Sí, por ejemplo, para los otros libros iba a las entrevistas televisivas. Cuando salió hace poco He venido a ver las ballenas (2017) le dije al editor que no quería ir a ningún lado.

—¿Y qué te dijo?

—Que era una estúpida. Jaja.

—Bueno, imaginate que  para alguien que leyó Fragilidad,  He venido a ver a las ballenas es un come back luego de casi diez años. Y eso podía estar bueno.

—Claro, se puede recibir así. Pero es el cierre definitivo, en realidad. Igual no sé cuándo se termina una novela, ¿cuando se la imprime?, ¿cuando se la das al editor? ¿cuando tenés la idea y la empezás?

—Cuando se publica.

—Pero en el caso de He venido a ver… es diferente, porque en realidad es una nouvelle de 2006 a la que engrosé para llegar hasta lo que ves hoy. Además, cambió el estilo. Tiene melancolía y una musicalidad que se repite como un eco y que muestra la soledad de esos personajes, los sonidos de su alma. Porque Diana y Manuel son seres que sufren.

POESÍA y PESIMISMO.

—Dado que ya no habrá más novelas, ¿en qué estás trabajando?

—Voy a sacar un libro de poemas. Se llama El año del lápiz e inaugura una editorial a cargo de las poetas Silvia Guerra y Claudia Magliano. Le pusieron La madre del borrego a la editorial. ¿Sabés qué quiere decir eso?

—No.

—Yo tampoco. Ellas dicen que lo sabe todo el mundo. Me sentí como una especie de oveja gorda. Parece que quiere decir el quid de la cuestión, el origen de todo. Un dicho del campo.

—Me acabo de enterar.

—Bueno, el libro trata sobre un largo duelo: la pérdida de los libros en papel y la escritura. Lo escribí a lápiz.

—Volvés a tus raíces.

—En realidad nunca dejé de escribir versos. Tengo nueve libros de poesía inéditos.

—¿Qué pasó?

—Si bien el género por excelencia cuando sos joven es la poesía, luego uno prueba otros caminos que implican un trabajo mucho mayor en la producción sistemática de textos. Eso lo dije una vez y les cayó mal a algunos poetas. Escribir poesía es un trabajo muy serio, pero en mi historia personal el plan de escribir narrativa fue un pacto conmigo misma que tenía que cumplir. Tenía que producir en base al tiempo que tenía libre, mientras criaba a mi hija y durante las vacaciones docentes; buscar esos momentos era una especie de entrenamiento de atleta en base al perfeccionamiento del oficio de escribir. En cambio el poema es tu voz que está ahí. Una voz que sale cuando puede.

—Son procedimientos muy distintos. Pensando en tus lecturas, ¿te mantenés al tanto de lo que hay en la vuelta?

—Mirá, una vez me invitaron a un congreso en Paysandú y el trabajo que presenté se llamaba “La literatura no es una novedad literaria”. Defendí la idea de que yo como lector no tenía por qué elegir entre la biblioteca infinita (de la que habla Borges) y la novedad. Los años de lectura se reducen y entonces tenés que leer lo que te da placer. En mi caso, llegué a una etapa donde dije que iba a leer clásicos y punto, que no podía estar pendiente de las novedades, porque si bien entre ellas podría haber una genialidad, estar buscando esa genialidad es como buscar una aguja en un pajar.

—¿Hace cuánto que aplicás este criterio?

—Hace diez años empecé a sentir la necesidad de abandonar las novedades.

—Si yo te pregunto por lo último de Mariana Enríquez o de Samanta Schweblin…

—A Mariana Enríquez la leí cuando no era una novedad, sino cuando nadie la conocía. Me parecía maravillosa y se la di a leer a mi hija cuando era adolescente y se hizo fan. Hay gente que lee todo sobre un autor. Yo lo he hecho cuando tengo que hacer un estudio, un artículo. Ahí sí. Pero una cosa es el trabajo y otra es leer por placer. Yo si un autor ya me dio mucho placer no espero más placer de él. Prefiero tratar de leer otro tipo de libro. La novedad no me genera gran placer, hay mucho lobby y redes sociales en torno a eso. Yo no tengo ni Facebook, ni Instagram ni Twitter, pero eso no quiere decir que estoy aislada de la tecnología. Leo artículos y uso internet. Es una herramienta y siempre la estoy usando. Pero el punto es que el tiempo que le dedicás a las redes sociales es tiempo que le robás a los libros. Yo pertenezco a otro mundo.

—En ese otro mundo, ¿se te acercan los estudiantes o los nuevos escritores?

—No, no. Los alumnos me quieren pero no soy un referente literario para nadie. Me moriré sin saber si es porque mis libros no valen o porque no hice los movimientos para quedar en la posteridad literaria.

—Es un poco pesimista esa visión.

—Es de un pesimismo abrumador. Soy absolutamente defensora del derecho a ser pesimista.

—Es un país libre.

—Yo te dije que no era una hábil declarante. Arturo Pérez-Reverte es un hábil declarante, Rosa Montero también; gente que tiene un speech, que jamás recibiría a un periodista sin haber preparado respuestas o disparadores como para tener control de lo que se debe decir a la prensa y quedar como una persona lúcida e imprescindible. Nunca lo hice ni lo haré, porque escribir es un acto muy diferente a promocionarse o incluso a hablar de literatura.

He venido a ver las ballenas

Andrea Blanqué, escritora, crítica y periodista cultural, colaboró muchos años con El_País Cultural. He venido a ver las ballenas (Alfaguara, 2017) es su última novela, en realidad una novela corta o nouvelle.

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