Nueva novela

Ana Solari y el fin de la inocencia adolescente

La autora uruguaya explora, ficción mediante, el campo de batalla simbólico del imaginario juvenil.

Ana Solari
Ana Solari por Ombú

La uruguaya Ana Solari lleva casi treinta años publicando libros, algunos premiados con galardones de renombre. La última novela, Campo de batalla, le demandó casi tres años de trabajo, hasta que el pasado mes de julio cristalizó con la primera edición. El primer apunte que debe hacerse es que el campo de batalla no es como las ilustraciones de Héctor Solari (hermano de Ana), que hacen las veces de epílogo gráfico, y que muestran en blanco y negro territorios devastados. En todo caso, estas batallas pertenecen al ámbito de las complejidades de la mente.

Solari se interna en el mundo de una niña-adolescente que “ya cumplió los doce años, y no puede seguir creyendo que es una niña, ¿o sí?”. Se llama Louise, es introvertida, y cuando sea grande quiere descubrir lugares desconocidos. Sin embargo, si bien esos lugares desconocidos existen, no son los que ella piensa, y de alguna forma se le presentan más temprano que tarde. Se ve enfrentada a la circunstancia del divorcio de los padres, y entonces la vida cambia por completo. Todo plan se hace pedazos. En especial cuando se es niño y hay sueños, ilusiones, fantasías; cuando nadie los consulta y deben amoldarse a la realidad.

Louise se muda con la madre a un barrio de la periferia, para ocupar un apartamento minúsculo en un edificio de tres pisos; al parecer, la situación no permite más que eso. Se podría decir que es una casa, aunque claramente no lo es, según la voz narradora; es un sitio en el cual siempre hay poca comida, y donde “mientras falte la lamparita, se parece a un refugio de inmigrantes o de mujeres golpeadas”.

Niños que adolecen

La novela está contada en tercera persona, pero no es un narrador omnisciente, ni mucho menos. Es la propia consciencia de Louise, la voz de la emoción, la forma de pensar y sentir, y demás tormentos que se le pueden pasar por la cabeza a una niña de doce, que por fuerza de los acontecimientos se debe convertir más que en adolescente, en una joven con responsabilidades. Parece demasiado, pero es lo que le tocó.

Madre e hija viven en ese edificio de seis apartamentos (a dos por piso) donde se topan con personas de diverso linaje, un poco apartadas de la trama social, pero eso sí, definidas siempre al trasluz de los ojos de Louise. Son los llamados Él y Ella, los vecinos que le traen la comida sin pedir nada a cambio; es el señor Ivo, un viudo algo cascarrabias que finge pasarse las tardes leyendo; y es también Jules, el compañero de escuela de Louise: “El del 6 que le cae francamente mal”.

Sin embargo esta frase terminante con que empieza la novela se irá suavizando muy pronto, apenas los adolescentes empiecen a conocerse y se den cuenta que tienen más intereses en común de los que creen. No solo por estar en la misma clase, sino porque ambos son hijos únicos de padres divorciados, de quienes guardan sensaciones encontradas. Louise y Jules saben lo que es crecer antes de tiempo, ocuparse de la comida, lavar la ropa, incluso cuidar a la madre cuando se enferma. Empiezan a llamarse a su modo, y así Jules será Frankie para Louise, mientras que él la llama de forma más peyorativa. Se cuentan los sueños de grandes. Ladrón de bancos y contrabandistas Frankie, mientras que ella le dice —un poco le miente— que le gustaría ser escritora.

La figura de Frankie es casi tan fundamental como la de Louise. Parece ser un muchacho descarriado, pero que de a poco se va enderezando. Aunque en cuentagotas, su consciencia también se cuela en la voz narradora, y no es muy distinta de la de Louise, siendo que ambos comparten la mirada ácida de la idea de familia y las contradicciones de los adultos, una extensión evidente de lo que pasa en casa. “Nadie elige a su familia. Lo único que puedes elegir es a tus amigos”, le dice Louise, y él agrega: “Y a tus enemigos”.

Candidez madura

En cierta forma el campo de batalla existe, pero es mucho más simbólico que lo que se pueda representar en la novela. Se cuece en el aula de la clase, en donde convergen hijos de inmigrantes venidos de varias partes de América del Sur y de África. Entre ellos Ema-Ángeles, llegada desde Melilla (enclave español en territorio marroquí), para terminar de formar un bullicio de razas y creencias en el contexto de la periferia.
Muchos detalles de la novela quedan guardados hasta que llega el momento de soltarlos (que puede ser el menos pensado). El lector deberá estar atento, en especial a los nombres. Empero, se sabe que es el año 2017, ya que en la escuela se celebra el centenario de la Revolución Rusa. Que estamos en Europa, en una ciudad que no pertenece a Gran Bretaña, y donde un día de esos cayó nieve por primera vez en años, y donde hay tranvías recorriendo las calles.

La novela tiene sus falencias. Por ejemplo, resulta poco verosímil que los niños que están terminando la escuela estudien una materia llamada Historia de las Ideas Contemporáneas, u otra que sea de cálculo, o incluso que discutan de manera tan natural de cuestiones como la filosofía griega, el comunismo o el capitalismo. Todo lo cual no articula con el pacto ficcional. Igual que los padres de los protagonistas, uno contador y el otro abogado, cuando se supone que están inmersos en un contexto de pobreza y cierta desolación.

Aun así, vale decir que la lectura es abrazante. Cuando las cosas se complican, quedan al desnudo las actitudes mezquinas de los adultos. Es entonces que resulta imposible no sentir admiración por el personaje de Louise, con toda la candidez madura que irradia, y que a su vez muestra una problemática más común de lo que parece.

CAMPO DE BATALLA, de Ana Solari. Ilustraciones de Héctor Solari. Hum, 2021. Montevideo, 252 págs.

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