LOS MALENTENDIDOS DE LA DEMOCRACIA URUGUAYA

Aldo Mazzucchelli: hacia una mejor política

Es un académico que desde las redes sociales lleva a cabo una auténtica labor ciudadana. Una charla con Aldo Mazzucchelli.

Aldo Mazzucchelli. Dibujo de Ombú
Dibujo de Ombú

Es, quizá, una de las mentes más “despegadas” del Uruguay actual. Investigador, docente, académico, escritor, poeta, publicó una biografía del poeta Julio Herrera y Reissig que aún da que hablar (La mejor de las fieras humanas, 2010), o fue consultor de Steve Rotheram, parlamentario laborista británico, para una propuesta a presentar en el Parlamento del Reino Unido. Que decidió volver a Uruguay porque le tiraban los antepasados, su abuelo, aunque todavía le parece una decisión irracional. Nacido en 1961, es PhD de la Universidad de Stanford y Catedrático Grado 5 en la Universidad de la República. Podría ser alguien instalado con comodidad en la zona de confort que da el prestigio y sin embargo se lo ve frecuentando Facebook donde discute, en plan ciudadano, los conceptos erróneos o vacíos de contenido que imperan hoy en esa red, que tiene mucho de polis virtual, de foro de discusión democrática.

—¿Por qué volviste a Uruguay?

—Por un compromiso con el pasado, con los muertos. Yo pienso que uno se debe un poco al pasado. Ahora, si me pedís que lo fundamente… no sé fundamentar eso. Me volví porque sentía una deuda con el Uruguay, con sus muertos, con mi abuelo.

—¿Volviste de…?

—Estados Unidos. Sé que es irracional. Hay cosas que algunos sentimos —y que debe ser respetado— y es el interés por no dejar perder el pasado del Uruguay. Hay que valorarlo, darle su lugar justo, y ser justo con las cosas que hicieron, o que se intentaron hacer. En fin, hacer un juicio justo con nuestros muertos. Y obviamente no me refiero a algo familiar, no vengo de una familia aristocrática. Diría que es una suerte de justicia impersonal. La vida siempre fue difícil y si se lograron algunas cosas es porque hubo talento, esfuerzo y amor. Eso hay que registrarlo. Ese es un aspecto. El otro tiene que ver con que todo es posible. Es como dicen los sajones, cuando termine de caer el polvo y se vea el resultado de la explosión, vamos a salir de esa época con muchas cosas que no sabemos cuáles son, que ni las sospechábamos. O si las sospechábamos, no podíamos definirlas bien. Por eso yo siempre oscilo entre la crítica y la esperanza. Siempre se va a poder sacar algo mejor. En ese sentido creo que hay una esperanza boba, totalmente estúpida, que es funcional a lo peor. Es la esperanza que dice que todo lo que se está haciendo, todo lo que pasa, no debe ser sometido a la crítica, porque está bien. No es así. Es para bien si lo criticamos bien.

—Que se le dé vida en redes a los terraplanistas o a los anti-vacunas, dejando de lado el pensamiento fundamentado, crítico, es parte de esa esperanza boba.

—Podemos parafrasear el título de aquel libro de Furio Colombo y Umberto Eco, La nueva Edad Media. No por desprestigiar a la Edad Media, que me fascina, tiene muchos aspectos lindos, sino por el crecimiento de una sociedad menos individualista, más colectiva, menos histórica y más teológica en cierto modo.

—Teológica por fundamentar con actos de fe.

—Claro. Por eso uno dice que la política está desapareciendo.

—Estamos perdiendo la capacidad de hacer acuerdos, y de hacer política sana, rica en soluciones.

—Si no hay polis, no hay política. Polis, para mí, es la existencia de referencias comunes. A nivel de la ciudad es fácil verlo. A nivel de la comuna también. Vamos a un ejemplo: el arroyo está sucio, ¿qué hacemos, quienes lo limpiamos? Los vecinos, los que vivimos al lado. Entendemos de qué arroyo hablamos, de su mugre, y qué podemos hacer para mejorarlo. Después se puede limpiar o no, pero ese es el sentido original de la política: tener referencias comunes, discutir y aplicar o no soluciones. Ahora, si no sabemos cuál es el arroyo, cómo se llama, si está sucio o no, quiénes viven allí, es muy difícil discutir lo que allí sucede porque todo es abstracto. No hay ninguna referencia. A eso me refiero cuando digo que la polis está borroneada.

—Insisto, estamos perdiendo nuestra capacidad de hacer política.

—Todos los politólogos y los filósofos hablan de polis sustitutiva. Está la famosa aldea global de McLuhan, una idea muy antigua ya planteada de forma clara desde principios del siglo XVIII cuando Joseph Addison empezó con la publicación periódica The Spectator en Inglaterra. Uno de los primeros textos de Addison hablaba del Támesis o de Portsmouth —recuerdo que era un puerto— y destacaba la idea de lo maravilloso que era que allí confluyeran muchas nacionalidades, lenguas, todos unidos por el interés en el comercio. Como que el comercio era el gran pacificador, el que unía a la gente. Y hoy tenemos en el mundo ese gran proyecto de comercio global, que busca ser verdaderamente global, que une a la gente, la comunica, genera intereses comunes, y es relativamente pacífico en comparación a muchas otras cosas.

—Pero falta mucho por hacer aún.

—En muchos sentidos. Por ejemplo, lo que le pasa a los ríos de China no nos interesa a los uruguayos, de la misma manera que a los chinos no les interesa lo que pase con la pesca en Uruguay. Entonces, ¿qué tipo de política podemos tener si no tenemos referencias que permitan discutir de una manera razonable? Pasa con la discusión por UPM. Por un lado argumentaciones trabajosas tratando de decir cuáles son los problemas del proyecto. Del lado del gobierno también hay argumentos, algunos sólidos, otros no tanto. ¿Es esa nuestra discusión? ¿Cuál es la polis ahí? Porque además hay un factor fundamental: el interés de la compañía finlandesa y de la industria del papel. ¿Dónde está la referencia común para discutir? La referencia tiene que ser territorial, las personas que viven en casas. Los del lugar. Se nos plantea la idea de que en el mundo global la gente está básicamente en un avión, viajando continuamente, sin referencia territorial. Esos son un porcentaje muy pequeño. La amplia mayoría de la gente vive en un sitio. Y creo que esta política falsa que tenemos lo que busca es alejar a la gente de su sitio, o sea, que no tengas más vecinos, por ejemplo.

—El lado oscuro del discurso global.

—Es muy importante para lo que estamos discutiendo, y es algo que la política no está viendo. Gran parte del discurso globalista actual ignora los lugares. Ignora las lenguas, incluso. Ocurre todo en una especie de inglés internacional, que es muy pobre como lengua, porque sirve para determinadas cosas. Está, básicamente, adaptada a la perfección para la burocracia, el comercio y las leyes. Pero no para la poesía, la narrativa, ni para el paisaje ni el territorio. ¿Será ésta la cultura del futuro? Me parece horrible, pobre. No me interesa como cultura. Prefiero mil veces a un paisano de ese lugar.

—Con toda su riqueza.

—Sin romantizarlo, sin borrar las localidades, los lugares.

POLIS Y AÑO ELECTORAL

—Este es un año electoral en Uruguay, con grandes discusiones políticas. ¿Cómo ves el nivel de la discusión en la polis? ¿Hay riqueza filosófica?

—No veo ninguna riqueza filosófica en la discusión política del Uruguay de hoy. Casi todo lo interesante pasa por otro lado. Uno de los problemas que percibo, típico de Uruguay, es la partidización del pensamiento. En lugar de pensar en el problema, se mira primero a qué partido pertenece el que habla. Y si no es de ningún partido, se le atribuye uno. Y ahí queda todo tranquilo. Alcanzó…

—Y si no se lo podemos adjudicar, lo tratamos de pusilánime.

—Pero es mucho peor que eso, porque el funcionamiento del país está condicionado por eso de manera muy práctica: la gente obtiene cargos y tiene o no poder en la medida que rinde pleitesía a un código partidario, siendo no necesariamente calificado para lo que está haciendo. Algo que ocurre en la mayoría de los casos. Este empobrecimiento de la vida mental en Uruguay tiene que ver con esta partidización. No fue así siempre, cuando los partidos funcionaban orgánicamente, había prensa partidaria o discusión política en la cual un partido debía ganarle a otro —y ganarle matándolo a argumentos. Aunque también tiene su lado negativo. El aceptar la etiqueta partidaria implica no poder decir ciertas cosas, no poder pensar otras, o pensarlas con determinado énfasis. Cuando chico, en los 80, abandoné la política, nunca más me permití definirme políticamente. Creo que es un problema del Uruguay, no mío. O sea, si el sistema político piensa que para que uno contribuya debe rendir pleitesía… ¿qué me vas a pedir luego? ¿Cuando se dé un chanchullo, podré hablar o no? Es una vieja discusión entre el filósofo y el político. Ya sabemos cómo le fue a Platón cuando trató de unir ambas cosas. Horrible.

—Como plantea Yuval Noah Harari: se busca conocimiento para conseguir más poder, no para entender el mundo.

—Exacto. Ubicas tu problemática en un sitio que es falso. Creés que estás solucionando los problemas de otros. Ese lugar es falso. Se pueden crear leyes para generar marcos, pero cada uno luego tiene que hacerse cargo de sus problemas. Algo muy actual, en esta época de víctimas y reivindicaciones: que siempre el otro tiene la culpa y yo no soy responsable. Ese es el marco. Espero que pase cuanto antes. Es una de las cosas negativas, malas, de esta época. Malo, porque quiero decir que aliena, aleja al otro, y quedamos en una posición que distancia cualquier posibilidad de ser honesto conmigo mismo y decir, “lo que me pasa, en inmensa medida, es mi responsabilidad”. Dudo mucho que haya víctimas en política, realmente, lo dudo. Hay un victimismo falso, se malgasta el término retóricamente, y se lo utiliza para obtener más poder o más dinero. Dejando de lado lo obvio, claro, porque si te pegan un tiro por la calle, en ese sentido sí sos una víctima, absolutamente.

—¿Cómo repercute esto en nuestra capacidad de pensar el Uruguay como país?

—Bueno, pero, ¿hay un país? No me queda claro ese concepto de “modelo de país”. ¿Es un país Uruguay todavía?

—¿No lo es? ¿Como una comunidad de pertenencia?

—Yo no sé si a Uruguay le queda algo de soberanía. Después de todos los gobiernos post dictadura militar hasta acá, creo que son gobiernos que han eliminado progresivamente el control del mismo poder, que han debilitado, ignorado, por las peores razones, a los organismos de control establecidos en la Constitución, y al Poder Judicial mismo. ¿Por qué lo hacen? Una respuesta simple: es para que no los estorben en desarrollar políticas que conducen a mantener a los que están en el poder para que sigan en el poder. Y ese es un problema gigante hoy: la democracia está corrupta en ese sentido, no hay un control verdadero. Todavía nos dicen que la prensa controla, que es el quinto poder. Yo no creo. Las crisis hoy pasan porque la camarilla en el poder ha sido desplazada por otra camarilla, y la camarilla anterior se encarga de decir que es fascista o que es de derecha, porque es lo que queda bien. Pero yo no creo que fuera más virtuoso el poder de Obama que el de Trump en Estados Unidos, creo que son iguales en un sentido profundo. Y esto no le va a gustar a mucha gente que cree todavía en el funcionamiento del sistema como funcionaba, pero con esto empezamos la charla. Me parece que los sistemas conceptuales que manejamos para entendernos ya no funcionan, no muerden, son como las correas del auto cuando ya no tienen dientes, se pueden usar todo lo que quieras pero lo único que hacen es ruido, no tienen tracción, porque no tienen referencia.

—En estos días salió un libro tuyo sobre fútbol e identidad nacional que aún no pudimos ver. ¿Tiene que ver con tu búsqueda del pasado?

—Se llama Del ferrocarril al tango, El estilo del fútbol uruguayo 1891-1930, el hilo conductor del libro es el fútbol, se puede decir que en principio es un libro de historia del fútbol. Pero a mí me interesa más el Uruguay, es decir lo que pasó en el país entre 1891 y 1930, ese período en el que el fútbol marca y corta, donde hay una relación de contigüidad o de semejanza entre lo que pasó en el país y lo que pasó en el fútbol. Del libro surge claro que uno de los factores fundamentales de la separación imaginaria de Montevideo y Buenos Aires fue el fútbol, y ocurrió en los años 20. Uruguay festejaba el 25 de mayo, era una fiesta patria. Los festejos de julio del 30 que coincidieron con el Mundial fueron una operación del Estado, del poder en Uruguay, que terminó con una final que ganó Uruguay y que fue contestada por Argentina de una manera nacionalista muy sucia, muy fea, falsa, que no tenía nada que ver con lo que pasó en el partido. Pero que era la reacción argentina al corte imaginario que se estaba produciendo.

Del Ferrocarril al Tango. El estilo del fútbol uruguayo 1891-1930

“Del ferrocarril al tango” acaba de llegar a librerías, y no es el motivo central de este reportaje, aunque es comentado por Mazzucchelli. El libro será reseñado en una próxima nota; la justificación teórica y conceptual que corre por debajo del mismo está desarrollada aquí, en esta charla sobre la democracia uruguaya y sus malentendidos.

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