Literatura argentina

A la sombra de una hermana perfecta: Silvina Ocampo y su literatura rupturista y necesaria

Considerada, hasta hoy, una de las voces más originales

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Silvina Ocampo
(Archivo El País)

por José Arenas
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Cuando apareció el primer libro, su hermana Victoria le dijo que era imperfecto y que tenía “frases con tortícolis”, de hecho, antes de leerlo, perdió su manuscrito en un gesto de amoroso desdén fratricida. Al recuperarlo, le devolvió esas palabras filosas y picudas con antifaz de cariñoso gesto. El libro de Silvina Ocampo se publicó, aún con los comentarios bravos de Victoria y valió elogios fervorosos de sus intelectuales amigos, especialmente de su esposo Bioy Casares y de Borges, el mejor amigo de su esposo. Endogámico pero no por eso menos valioso fue el entusiasmo con el que Viaje olvidado salió a la vida literaria argentina.

A pesar del empuje inicial de sus colegas y frates escritores, el título presagió, de alguna manera el destino del libro. Si bien es cierto que la figura de Silvina Ocampo siempre fue mencionada como cuentista a la hora de hablar de las voces femeninas de la literatura del siglo XX, en realidad parecía sonar como una cierta superstición, como un mito corrompido. Pocas veces se supo sobre qué escribía, pocos habían leído sus cuentos más allá de algunas piezas y, claro que siempre estaba ligada a las figuras de su hermana, de su esposo y de Borges. Silvina Ocampo era un nombre imprescindible cuando se hablaba de una generación, pero su literatura parecía ser menos necesaria. Quizá su participación más famosa había sido en la Antología de la literatura fantástica realizada a tres manos con su esposo Adolfo y el inseparable Georgie.

 

La bohemia. Silvina Ocampo se volvió una sombra de su hermana al punto en que, cuando se hablaba de “las Ocampo”, en realidad se mencionaban actividades, reuniones, anécdotas, gestiones de Victoria, que era la socialité de ambas. Victoria era, por un lado la cara correcta de la moneda, la seria, la intelectual que lograba colarse entre los nombres de varones y hacerse un lugar de gran predicamento allí donde casi ninguna otra lo lograba. Silvina era la bohemia, la alocada joven millonaria casada con un dandy de imaginación y creación descollantes.

Juntos lograban una habladuría a su alrededor de la que gozaban como niños traviesos que oyen los gritos furiosos de aquellos adultos a los que les han dejado una maldad escondida en alguna parte de la casa. Silvina era una ama de casa deficiente y, a pesar de que en sus pisos del edificio familiar tuviera mucamas, prefería hacer las cosas de la casa ella misma con terribles resultados: cenas carbonizadas, telarañas por todas partes, cuartos y más cuartos llenos de polvo. Luego, a la noche, llevaba a cabo la espera marchita junto a la puerta hasta que su esposo llegara de andar por ahí en clubes de caballeros o con otras mujeres, ejerciendo un imperioso llamado del cuerpo seductor que Silvina respetaba de forma sufriente. A veces, incluso, se arrimó al deseo de su marido e incursionaron en el menage a trois, pero las consecuencias fueron terribles para ella, para ambos, para la familia.

En su poema “Espera”, dedicado a cada noche de aguardar la vuelta, dirá Silvina: “Cruel es la noche y dura cuando aguardo tu vuelta/ al acecho de un paso, del ruido de la puerta/ que se abre, de la llave que agitas en la mano/ cuando espero que llegues y que tardas tanto”.

Fue después de su muerte que el nombre de Silvina Ocampo empezó a aparecer de manera más contundente en el panorama de las letras, especialmente en el rescate de críticos y colegas que, en busca de voces diferentes en la historia literaria del siglo XX se encontraron con el particular universo creativo de la autora.

Beatriz Sarlo, Alberto Laiseca, César Aira y Mariana Enriquez son algunos de quienes fueron al reencuentro de su obra y rastrearon en sus textos un tono distinto al de sus coetáneos, una forma muy particular de crear universos. A lo mejor adelantada para su época o quizá, simplemente, fuera de tono para el fantástico literario que los masculinos más renombrados cultivaban entonces. Mujeres como Silvina Ocampo o Norah Lange podían ser grandes compinches de andanzas intelectuales pero sus voces eran demasiado propias para ser tenidas en cuenta por la crítica y el ambiente intelectual del momento que —paradójicamente— formaban sus parejas y amigos. Raras en la vida era algo aceptable, pero en la literatura no era del todo atendible.

Reaparición. En Viaje olvidado se puede ver el estilo de Silvina Ocampo; una prosa cargada de poesía, llena de imágenes sorprendentes y tramas que, por momentos, parecen inconexas dentro de cada uno de los cuentos. El manejo estético del lenguaje, como al descuido, es un viaje hacia el núcleo más sincero de la belleza a la vez que se cuela, siempre, una sombra de lo siniestro o lo fatal. La presencia casi total de la infancia, los jardines desbordantes, los paisajes oníricos y el recuerdo, le dan la posibilidad de fraguar relatos breves, a veces similares a fábulas, que, en pocas líneas, se pierden en el valle de lo inquietante: niñas tísicas, mutiladas, niños muertos, fantasmas, voces sin cuerpo. Todo eso conforma este viaje hacia el primer brillante asomo de Ocampo como creadora.

César Aira la ubica —junto a Norah Lange— como dos de las voces más originales de la literatura argentina, y no solo puede ser cierto, sino que ambas comparten ciertos elementos creativos. Están emparentadas por ese mundo neblinoso donde todo parece fundirse con la pesadilla.

El primer libro de cuentos de Silvina Ocampo, ahora reeditado, nos hace volver a uno de los personajes más emblemáticos de la literatura argentina pero ya no en su carácter de mito o de excéntrica hermana y esposa. Se puede, esta vez, encontrar a la enorme cuentista que fue, esa que desde un trabajo de gesto ingenuo e inicial dio una obra fundamental para el corpus de la cuentística latinoamericana.

Alejada de las luminarias burguesas y de las leyendas sobre escritores, se puede también encontrar a una Ocampo de fuerte determinación rupturista, tan cercana a la vanguardia de su época como cualquiera de los nombres más fulgurantes de su generación. Aquí se la ve escribiendo como cualquier otro de sus congéneres y con una voz propia. No es borgeana, no está influenciada por Bioy Casares, no se arrima a la poética surreal de Girondo. La autora es ella misma desde un inicio, desde esas frases con tortícolis que le reprochó su hermana mayor y que hacen de Viaje olvidado un libro fundamental.

VIAJE OLVIDADO, de  Silvina Ocampo. Emecé, 2025. Buenos Aires, 142 págs.

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