Quizás suene rara, como pregunta referida a nuestra sociedad.
Estamos acostumbrados a enfocar sólo sobre el gobierno y con una mentalidad más taca taca, onda máquina expendedora: esperamos que nos dé cosas (frecuentemente sin haber puesto antes las monedas).
Pero la realidad es muy otra: es un error creer que nuestra vida en sociedad depende sólo del gobierno. Más aún en lo que a éste hace, también deberíamos ser más realistas.
Para empezar, el sentido básico de todo gobierno no está en dar, sino en conservar, proteger… bienes sí, pero también valores.
Todo lindo que el gobierno se preocupe de asuntos económicos, pero sólo después de atender sus obligaciones básicas: que haya paz en la sociedad. Paz, no sólo como lo opuesto a violencia, sino también internamente: que las personas puedan encarar sus vidas en paz y encaminarlas con sentido. Una sociedad que valore la convivencia y el respeto y que los practique. Una sociedad que no consienta el odio, empezando por la política.
Asegurados esos fundamentos, entonces sí apuntar a otros objetivos, cuidando de que sean posibles: sin promesas mentirosas.
Prometer esfuerzos, más que resultados y del otro lado, marcar lo que no está bien sin desconocer los logros.
Entonces, con esta mirada, ¿cómo contestaríamos la pregunta del título?
Empecemos por el gobierno. La gestión es, en general, correcta, pero insuficiente. ¿Las insuficiencias son atribuibles al gobierno? Algunas, pero un análisis más a fondo nos mostraría que, también, hay otros responsables.
Vivir armónicamente, poder sostener aspiraciones sociales y económicas razonables, tener posibilidades de desarrollo personal y social, en suma, poder apuntar a aquello (tan olvidado) que se llama Bien Común, no depende sólo del gobierno de turno.
Una oposición atrincherada, que acusa y acosa sin parar, esgrimiendo un lenguaje cargado de inquina, cuando no directamente de odio, es un serio impedimento en el camino al Bien Común.
Infelizmente, es patente que la oposición no apunta al Bien Común. Por el contrario, desea que la cosa vaya mal, que la gente padezca, creyendo que sólo así podrá triunfar.
Con ella no estamos en buenas manos.
Las sociedades contemporáneas, al influjo de pretensiones siempre crecientes, han llevado a sus gobiernos a desarrollar gigantescos aparatos burocráticos, en teoría como herramientas para satisfacer esas pretensiones de los votantes y, como es sabido, esas burocracias van cobrando vida propia. Su razón de ser funcional se va mezclando y luego cediendo, a sus ideas e intereses, personales y corporativos. Así ocurre en nuestro país, donde la burocracia condiciona enormemente al gobierno. Sobre todo, cuando, como ahora, esa burocracia está nutridamente poblada de personas que son política e ideológicamente antagónicas al gobierno. Por ahí se explican muchas de las insuficiencias: la resistencia cerril a las reformas y las demoras en instrumentar proyectos y licitaciones, así como la sobrecarga de requisitos y trámites, cuyo único sentido es conferir poder al funcionario de turno.
Las de nuestra burocracia no son buenas manos.
Tampoco aquí se agota el tema.
Nuestra sociedad está, además, en las manos del movimiento sindical, que ejerce un desmesurado grado de poder, sin justificación, ni jurídica, ni política. Carentes de un mandato democrático, nuestros sindicatos actúan sobre la sociedad por fuera de las instituciones y muchas veces también de la ley y hay varias cosas que dependen mucho de sus manos. El empleo, sin ir más lejos. No es cierto que los sindicatos defiendan o promuevan el trabajo. Defienden al trabajador sindicalizado (casi siempre) y ésa es apenas una parte de la película. También defienden su poder político y con esos objetivos, tan acotados, contribuyen al desempleo, por la vía de imponer mayores costos y rigideces.
En materia de formación, de empleo, de producción y hasta de convivencia armónica, las manos sindicales no son muy buenas.
¿Quedan todavía otras manos?
Pues sí. Las de todos nosotros, las de la llamada sociedad civil. Las manos ausentes.
Las sociedades contemporáneas (la nuestra entre ellas), se han ido acostumbrando a ser espectadoras, por lo general entre escépticas y desconformes. Nos quejamos, protestamos, pero no estamos dispuestos a hacer algo. Muchas veces, ni siquiera nos tomamos el trabajo de informarnos acerca de lo que pasa.
Nuestras manos están en los bolsillos.
Vale la pena plantearnos de cuando en cuando, la pregunta del título.