¿Cura milagrosa o riesgo oculto? Qué dice la ciencia sobre los saunas y los baños de hielo

La experta Heather Massey analiza si los beneficios de estas prácticas son reales a largo plazo o si se trata puramente de un alivio psicológico.

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Foto: Commons.

Redacción El País
Estas dos prácticas se incorporan cada vez más a la rutina diaria de muchas personas por los beneficios que prometen tanto para el cuerpo como para la salud mental. En los últimos años, el sauna y los baños con hielo ganaron popularidad como herramientas de bienestar, impulsadas por la idea de que pueden reforzar el sistema inmunológico, favorecer la quema de grasa, aliviar los dolores articulares y mejorar el estado de ánimo. Sin embargo, según los expertos, sus efectos reales presentan más matices de lo que suele creerse.

De acuerdo con especialistas en fisiología, el organismo humano mantiene de forma natural la temperatura corporal, que suele oscilar entre 36,5 °C y 37 °C. En la vida cotidiana, este sistema se ve poco desafiado debido al uso constante de calefacción y aire acondicionado, pero la exposición al calor extremo o al frío intenso genera un pequeño estrés térmico que activa distintos mecanismos del cuerpo.

Para algunas personas, el sauna funciona como una recompensa tras el ejercicio físico, mientras que para otras resulta atractivo por la sensación inmediata de relajación muscular. “Cuando te sentás en un sauna y transpirás, podés sentirte con más movilidad, menos rigidez y un alivio temporal de dolores y molestias”, explicó Heather Massey, profesora asociada de la Universidad de Portsmouth, especialista en entornos extremos y fisiología humana.

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Foto: Commons.

No obstante, Massey advierte que aún falta evidencia científica sólida. “Muchas personas confían ciegamente en la exposición al calor y al frío, pero todavía no podemos afirmar que sea categóricamente beneficiosa a largo plazo”, señaló. Estudios recientes con jacuzzis mostraron algunos cambios en la insulina y la presión arterial, lo que abre la puerta a investigar posibles beneficios en personas con enfermedades crónicas, aunque los datos siguen siendo preliminares.

Por ese motivo, los expertos recomiendan usar el sauna con moderación, evitando exposiciones excesivas. Además, las personas con enfermedades preexistentes o embarazadas deberían consultar con su médico antes de utilizar saunas o jacuzzis, para prevenir riesgos innecesarios.

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Foto: Commons.

En el otro extremo se encuentran los baños con hielo y la natación en agua fría, prácticas asociadas a la terapia de frío. Según Massey, el impacto inicial suele ser intenso: al sumergirse, se produce una respiración acelerada, aumenta la frecuencia cardíaca, sube la presión arterial y se liberan hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina. Esta respuesta alcanza su pico en los primeros 30 segundos y luego disminuye.

La crioterapia es utilizada con frecuencia para la recuperación muscular y el alivio de dolores musculares, y puede realizarse mediante distintas técnicas, según la Clínica Mayo:

  • Inmersión en agua fría (CWI), en bañeras o cuerpos de agua a unos 15 °C.
  • Crioterapia de cuerpo entero (WBC), mediante cámaras de aire helado.
  • Duchas frías, con exposición directa al agua fría.

Hasta el momento, tanto el sauna como los baños en agua fría pueden aportar beneficios, pero no tanto por la temperatura en sí, sino por el disfrute personal y la reducción del estrés psicológico. “Lo importante es encontrar una actividad que te guste, que puedas sostener en el tiempo y, si es posible, compartir con otros. Crear vínculos alrededor del ejercicio y el bienestar también ayuda a mejorar la salud mental”, concluyó Massey.

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En base a El Tiempo - GDA
 

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