Noche de la Nostalgia: por qué Uruguay convirtió el recuerdo en celebración y qué nos muestra de nosotros mismos

¿Sentir nostalgia es necesariamente malo? ¿Por qué esta noche mueve a cientos de personas? Una mirada psicoanalítica de esta festividad tradicional e icónica.

Mujer en una fiesta bailando
Mujer feliz en una fiesta.
Foto: Magnific.

Cada 24 de agosto, Uruguay hace algo que casi ningún otro país se permite: le dedica una noche entera a la nostalgia. La gente sale a la calle, se reúne, baila y vuelve a escuchar canciones de otras épocas. Por unas horas, mirar hacia atrás se convierte en un plan colectivo y en una experiencia compartida. Desde hace décadas, el país transforma una emoción íntima en una celebración pública y, desde 2004, la Noche de la Nostalgia está reconocida oficialmente por ley.

Resulta interesante que una celebración como esta sobreviva en una época atravesada por frases que parecen señalarnos una única dirección: avanzar, soltar, superar, reinventarse, pasar de página. Mirar hacia adelante casi nunca necesita explicación; mirar hacia atrás, en cambio, parece exigirla. Fuera de esta noche en Uruguay, la nostalgia suele tener bastante peor prensa. Se dice “estoy nostálgico” con cierto pudor, como si extrañar algo del pasado fuera necesariamente la prueba de no haber podido dejarlo ir, o de no estar del todo bien en el momento presente.

Una canción de los ochenta no nació siendo nostálgica. Tampoco una foto familiar, una amistad de la infancia, un programa de televisión o el restaurante al que íbamos siempre con nuestros abuelos. Mientras formaban parte de nuestra vida y nuestro presente, nada de eso parecía necesariamente extraordinario.

Recuerdos, adulto mayor
Adultos mayores miran fotografías viejas.
Foto: Magnific.

Hay momentos cuyo valor aparece recién cuando dejan de estar disponibles. Quizás una de las experiencias más profundas de la nostalgia sea descubrir, siempre retrospectivamente, que aquello que parecía garantizado podía terminar, como una tarde cualquiera en la casa de alguien a quien hoy ya no podemos visitar, una forma de festejar las fiestas, un viaje apretados en el asiento de atrás del auto con nuestros hermanos o esa canción que nos cansaba de tanto escucharla.

Se suele asociar la nostalgia con el deseo de volver al pasado, pero también podemos extrañar épocas de las que, mientras las vivíamos, queríamos salir. ¿Cuántas veces, de chicos, deseamos ser adultos? Mientras estábamos estudiando, soñábamos con recibirnos; en algunos trabajos fantaseábamos con renunciar. También entonces nos angustiábamos, discutíamos, teníamos inseguridades y esperábamos que algo del presente cambiara. Por eso, el pasado que extrañamos rara vez fue tan perfecto como puede parecernos. La memoria no lo conserva intacto: recorta escenas, borra otras, condensa momentos y, con el tiempo, les da una coherencia que probablemente nunca tuvieron.

Además, miramos lo vivido desde un presente en el que sabemos cosas que entonces desconocíamos. Sabemos qué relación terminó, quién se fue, qué decisión tomamos y cuál fue la última vez, aunque en aquel momento no supiéramos que lo era. Quizás por eso, cuando decimos “extraño esa época”, no siempre extrañamos una época. A veces, extrañamos a quienes todavía estaban ahí: los abuelos, los amigos que veíamos todas las semanas, los hijos chicos, los padres más jóvenes, una mesa en la que todavía estaban todos. Y otras veces extrañamos también a quienes éramos nosotros dentro de ese mundo, cuando algunas decisiones todavía no habían sido tomadas y ciertas pérdidas todavía no habían ocurrido.

La música consigue condensar todo eso de una manera extraordinaria. Bastan unos acordes para que no vuelva solamente una canción: aparece una habitación, una persona, un olor, una edad, el cuerpo que teníamos. La canción dura cuatro minutos; lo que trae consigo puede llevarnos veinte años atrás.

Y ahí la Noche de la Nostalgia tiene algo especialmente interesante: no propone recuperar el pasado —lo que, de todos modos, sería imposible—, sino hacer algo presente con él. Volver a escuchar una canción, encontrarse, bailar como antes, aunque ya no seamos los mismos de entonces. Con otros años, otras historias, otros cuerpos.

Tal vez esa sea una buena manera de pensar la nostalgia: no como el intento de regresar a un tiempo perdido, sino como la posibilidad de volver a visitarlo sin desconocer la distancia que nos separa de él. Recordar no para negar que el tiempo pasó, sino porque pasó. Y porque algunas cosas, justamente por haber terminado, siguen teniendo algo para decirnos.

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