Por: Mariel Varela
Tenía apenas trece años y su mayor diversión era ir al estadio Centenario, al Platense, al Forno, a la cancha de Rambla y esperar a los jugadores, acompañarlos en ese trayecto de la cancha al vestuario y llevarles la valija.
Creció, pasó el tiempo, cumplió 26 años y jamás se imaginó que esa aventura infantil podría repetirse e incluso transformarse en un trabajo. Américo Signorelli era vendedor de artículos para hombre en la Cooperativa de Hacienda. Un día Heber Pinto (relator de Oriental en los sesenta) tocó la puerta del local. Quería comprar cuatro camisas: un par de trocolina y otras dos de popelina. Con la simpatía y frontalidad que lo caracteriza, Américo lo encaró: "Si usted me lleva a hacer el trabajo que tengo pensado hacer, en un año agarramos a Solé".
La suerte estaba de su lado: las camisas no se encontraban en stock, entonces, Américo debió alcanzárselas a la radio y volvió a insistir. "Tengo una idea", le dijo. Heber se interesó y quiso saber de qué se trataba. Astuto y rápido para los mandados, Américo contestó "si yo se la digo, se la va a quedar y no me toma". Algo percibió Pinto en esa respuesta que lo convenció. Hizo la prueba, fue de vestuario en vestuario y quedó.
El Flaco, como elige llamar a Dios, le dio la derecha y le advirtió, "sordo, esta es la tuya". No la dejó pasar. "Era el último tren que salía de AFE y no había más hasta el fin de la vida, corrí, lo agarré y me subí", dice a propósito de esta chance que vaya si la aprovechó. Permaneció 50 años haciendo vestuarios y se retiro hace poco más de una década porque "ya estaba. Pelo blanco, jaca, no podía correr", justifica con nostalgia quien realiza alguna aparición en Punto Penal (Canal 10) o participa desde su casa para AM Libre.
Cuando desembarcó en radio Oriental (1962) ya estaba recibido y diplomado, a pesar de no haber terminado la primaria, porque había soñado tanto con ocupar ese lugar que lo hacía de memoria. No le gustaba el comentario, la locución ni el relato. Lo suyo era el vestuario, el mano a mano con los jugadores. En aquel entonces no existía el trabajo de vestuarista. Américo lo inventó y fue pionero en esto de meterse en el rincón más sagrado del jugador de fútbol. "Te juro por mis nietas que son mis ojos que yo quería ser vestuarista, quería estar cuando se cambiaban, mirarlos cuidarlos. Era como tocar a Elizabeth Taylor", recuerda con admiración.
Nunca le interesó ser más que notero. Era feliz en cada entrada y disfrutaba al máximo cada fin de semana a pesar de que el sueldo no era gran cosa. Aconseja a los novatos que "no se fijen si les pagan mucho o poco, que tengan entereza, dedicación. Si hay una fiesta, primero que vayan al vestuario, después a la fiesta, o que directamente no vayan a la fiesta. Porque una transmisión sin vestuarista es como una mujer sin los labios pintados para una foto", atribuye quien apela a las comparaciones constantes o hace referencia a algún tango durante el diálogo.
Tiene un par de rutinas diarias de las que no zafa: va a misa y escucha a Gardel los 365 días del año. Antes o después de cada partido hablaba con el "Flaco". Llegaba de haber hecho cuatro vestuarios por fin de semana (de tarde y de mañana; Nacional y Peñarol) muerto de cansancio, se iba a dormir sin comer pero tenía tiempo para hacerle un guiño al "Flaco": "Gracias por esto que me diste. Él me dio todo lo que tengo: mi hijo, mis nietas, mis amigos, mi familia, si no no sé qué sería. Porque yo sabía que a la larga iba a conseguir un buen laburo porque andaba malena, no te vas a pensar que tiraba manteca al techo".
En 1975 se le dio: tuvo la suerte inmensa de entrar en una marca grande como Fiat. No fue precisamente por su talento como vendedor, sino "porque me había hecho un nombre en el periodismo". Persevera y triunfarás. Un premio a la constancia y gracias a ello consiguió un techo propio en Pocitos.
Este hombre de 77 años disfruta de las caminatas por la Rambla, de sentarse en algún banco y saludar a todo aquel que lo reconoce con enorme orgullo y satisfacción. Américo Signorelli eligió precisamente la Rambla para charlar con Sábado Show acerca del vestuario, su gran pasión, y largar secretos y anécdotas que vaya si tendrá después de medio siglo de actividad.
ADEREZO. Un churrasco sin sal, ajo y perejil no te lo comés así nomás. El vestuarista según el propio Américo es el condimento esencial en la transmisión, "es el sabor". Es pieza indiscutida. Está el relator y después quien hace los vestuarios.
El vestuario es "su amante, su novia, su nieta, su hijo, su madre, todo". El vestuarista es el primero que llega y el último que se va. Es un fenómeno; gana poco pero tiene la suerte de poder decir que hace lo que realmente le gusta.
Es quien sabe la vida íntima del jugador: lo conoce, tiene la interna, la diaria. La relación con el futbolista tiene que ser buena. No hay changüí. "Si no es buena, estás frito, sos boleta. Porque el vestuarista vive del jugador. El lucimiento de tu trabajo depende de estar en contacto directo, saber algo de él, por lo menos el apodo, de qué barrio es, si es de afuera o no". No funciona así nomás, no se logra a través de un par de charlas. Hace falta tener un informante adentro, un "confidente". Ese infiltrado era quien le daba los piques: mirá que mañana cumple fulano o el nieto de mengano pasó de año y va a estar escuchando. Acto seguido, Américo agradecía y cumplía con su tarea. "Le decís así, `tengo que hacerte una nota que te va a hacer llorar, vení con el pañuelo`".
De haber sido cinéfilo, hubiera deseado estar al lado de Marilyn Monroe o Marlon Brando. Pero como su fanatismo pasaba por otro lado, trasladó esa adrenalina a acariciar a sus ídolos de la pelota. "Para mí es lo mismo, yo toqué a Marilyn Monroe, a Marlon Brando". El jugador es la estrella y como tal merece la devoción permanente. Sin ellos, no hay fútbol, espectáculo, radio ni periodismo. "El jugador de fútbol es todo y yo estuve con ellos", se jacta.
El Mono Gambeta, el Cotorra Míguez, Obdulio Varela y Schiaffino (a los dos últimos fue a los únicos a quienes jamás se animó a tutear), por citar algunos. Respeto para el jugador que es el dueño del show para que él te respete a vos. "Con permiso, ¿me permitís?, ¿no es molestia? Nada de vení, negro. Porque son actores", asegura.
Es uno de los pocos afortunados que puede decir que no le quedó ninguna nota por hacer. En la Eliminatoria del `94 llegó a disfrazarse de limpiador con el gorro y el lampazo para poder ingresar a los vestuarios porque no se lo permitían. Estaba en Carve con Mario Bardanca y se las ingenió. La ida a un Mundial le quedó en el tintero pero siempre supo que no llegaría a tanto. "Te tendrían que llevar pero siempre hay un colado que va con el carné de periodista. Como decía Julio Sosa, `me estoy dando cuenta de que usted es un colao`".
Hizo lo que siempre quiso hacer. Fue el primero en cubrir vestuarios. "Me recibí de vestuarista. Hoy soy feliz de haber sido eso y que otros chiquilines sigan por esa misma ruta". Elige mirar para atrás solo si es para recordar lo bueno. Tiene vívido en su corazón y cabeza el primer vestuario que le tocó en suerte. Jugaban Nacional - Sudamérica y Peñarol - Colón. Un susto tremendo. No sabía qué preguntar. "¿Cómo viste el partido?, ¿estabas nervioso? Y más nervioso estaba yo. Pero salió porque colaboraron. Ellos también estaban nervioso, no porque no supieran hablar, sino porque antes nunca les habían hecho una nota. Era todo nuevo".
El último partido no lo recuerda, o quizá eligió borrarlo de su memoria. "No guardo esas cosas porque me da nostalgia. Para nostalgia siento todos los días a Gardel", insiste. Lleva doce años sin participar de una transmisión pero en cada ocasión que visita una cancha de fútbol se da una vuelta por los vestuarios. Para no perder la costumbre. "Es como después de divorciarte ir a la casa de los viejos. Los miro, los veo, me emociono de ver a los chiquilines. Soy muy sensible".
Algunos piques. Una nota al Chango Pintos Saldanha le valió un rezongo del técnico Hugo Bagnulo. Resulta que al jugador lo habían echado, Américo corrió en busca de su palabra, la consiguió y según él, había quedado bárbara. La impresión de Bagnulo no fue la misma. "No le haga más notas a los que echan y a los que juegan mal. No los dejes en ridículo porque después los jueces lo van a tener entre ceja y ceja porque el jugador nunca va a decir, `me echaron bien`. No lo haga más": así le habló. Recibió bien la lección, la aprendió y la siguió al pie de la letra en notas futuras.
La frutillita de la torta en toda transmisión es agarrar al que hizo el gol. Por eso Américo nunca vio un segundo tiempo si en los primeros 45 minutos alguien anotaba. Se sentaba en el vestuario para agarrarlo primero. "No te olvides que la transmisión cerraba con el gol".
-¿Cuál fue tu mejor nota?
-Una vez le hice una nota a Dely Valdes en el medio de la cancha y cuando termino le digo, `gracias Julio, muy amable`. Se va y me dice, `no soy Julio, soy Jorge`. Pero por lo menos al aire no me dejó pegado. Uno tenía un diente de oro y otro de plata, por eso se diferenciaban.
Sin ánimo de ser machista, asegura que el de vestuarista es un trabajo para hombres. "Por más que digan que salen con toalla, una mujer adentro de un vestuario, no. Es lo mismo que yo entrara al baño de las minas".
Hay frases de cajón: ¿Qué te pareció el partido?, ¿cómo lo viste?, ¡qué partido difícil!, sí, la verdad que sí. "Son el caballito de batalla, pero funcionan".
Tiene pasta de vestuarista y habla con propiedad. "El vestuario que gana es un vestuario sonriente; el que pierde es hiriente. Tenés que tener mucho tacto, estar presente sin molestar. Agarrar al técnico y decirle, `mirá, estoy trabajando, ¿es molestia para vos darme una mano?, ¿querés hablar? Si dice que no, no. Atento Heber, atento Víctor Hugo, atento el que sea, no hay notas en vestuario. `¿Pasó algo?` No, no pasó nada, no hay notas", dice acerca de su modo de proceder.
-Alguna vez dijiste que entrar al vestuario era como entrar a un quilombo...
-Sí, sí, primero por el olor que hay. Entrás y hay toallas, nerviosismo. Es como entrar a un confesionario. Sentís como que la gente va a la guerra con un grisín. En un clásico entrás al vestuario y son once tipos que van a defender un millón de habitantes contra otro millón. Sabés cómo se siente. Es un lugar sagrado. Nadie en la vida sabe lo que es un vestuario. Es como el lecho nupcial. Pero entrar a un vestuario en un clásico o en un partido de selección es como entrar a un quilombo. Y vos sos testigo de eso. Hay 16 jugadores y estás vos. Es maravilloso. Me hiciste emocionar, me acordé de todo.