Bolsita de los recuerdos

| Anke Van Haastrecht y Catalina Carbajal vinieron, como todos los veranos, a Uruguay. Sábado Show habló con ellas sobre sus vidas con el músico.

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Por: Ximena Alemán Le cantó a la muerte con rebeldía, pero su voz no consiguió conjurarla, y esa puta negra y fría lo encontró. Las agujas del reloj siguieron girando, pasaron 16 meses. Su familia mantiene la tradición de pasar los veranos en Uruguay, todavía busca las letras escritas a mano entre papeles olvidados y carpetas vacías, planean un libro con los apuntes de su última gran canción, los textos del proyecto Ceibal Canta para los alumnos de escuelas primarias. Mientras recuerdan su voz, y sobre todo sus silencios.

Esos silencios eran frecuentes. Aunque su voz fuera una de las más populares de la música uruguaya y casi el diez por ciento de su obra, compuesta por 55 canciones, integrara el cancionero popular, José Carbajal, el Sabalero solía callar. Especialmente cuando planchaba, cuando esperaba junto a su hija Catalina que algún picaflor matizara las mañanas o las tardes en el patio de su casa en Atlántida, o cuando defragmentaba el disco duro de la computadora y observaba concentrado el monitor durante el proceso.

Pero esos verbos, puestos en pasado en éste papel no reconocen esa última defensa de la vida, ese presente irreverente que en la charla resucita a la persona perdida. Sobre este patio de césped corto y enredaderas el pasado titubea; su negación es otra forma de rebeldía contra la muerte.

"Es un hombre de pocas palabras", dice ahora Catalina, en ese mismo patio. Ella aprendió el valor de esas palabras desde niña. Entonces un "no" era un "no". Y en general implicaba acatar la voz del padre y volver a la cama. Pero el Sabalero no tejía sus relaciones con palabras, sino con gestos, gestos fuertes y tiernos como sus canciones.

Pese a que vivió en Holanda 22 años junto a su mujer Johanna "Anke" Van Haastrecht y sus dos hijos, Catalina y Antonio no hablaba holandés ni inglés. Sin embargo, cuando niña llevaba a Catalina al cine a ver películas que él no entendía o la acompañaba a conciertos del grupo pop Destiny`s child.

"Yo de muchas cosas me doy cuenta ahora", dice Catalina, de 22 años. "Íbamos al cine y veíamos películas y él no las entendía, ahora me doy cuenta de eso. No entendía ni una palabra. Sí me daba cuenta de que prefería las que se hablaba poco, como Tom y Jerry y La era de hielo".

El Sabalero era un padre afectuoso y poco convencional que llevaba a sus hijos en a la escuela en bicicleta y con excéntricos gorros de piel traídos de Canadá, que les pedía días extra de vacaciones para que vinieran a Uruguay, que los iba a buscar a la escuela y los sacaba de clase cuando llegaba a Holanda luego de algún viaje y aprendía recetas de platos nuevos que conocía en sus giras para compartirlas con ellos. "Él tenía eso de dar atención de todo en la vida, si a él le gustaba hacía el esfuerzo de cocinar mejor y de practicar hasta que le salía perfecto. Era una persona así", recuerda su hija.Le gustaba la comida uruguaya, sobre todo la Pascualina. "Hacía unas pascualinas muy ricas, le gustaba cocinar. Estuvo en París y comió quiche lorraine y en seguida aprendió la receta. Fue a España y volvió con una receta extraordinaria de la tortilla de patata", cuenta Anke.

En gestos también estaba basada la relación con su público. Esos gestos parcos y sentidos impregnaban sus presentaciones, les deban hondura y hacían que su presencia en escena trascendiera idiomas, generaciones y geografías. "El tenía un diálogo, una comunicación con cualquier tipo de gente. Me acuerdo una vez que cantó para jóvenes de 16 años punks y todos empezaron a bailar su música. Estaba solo con su guitarra. Ésa vez tocó muy fuerte. Cantó siempre para un público muy variado y siempre lograba comunicación con ese público es una una persona muy carismática".

A esa gestualidad también alude Anke cuando recuerda la primera vez que lo vio tocar, 36 años atrás. "Tocó el tema Basta ya de Athaualpa Yupanqui. Me resultó muy fuerte". Entonces su rostro holandés, pálido y risueño frunce el ceño, sacude la cabeza y con sus manos rasguña una guitarra imaginaria. Esa gestualidad la impresionó. Corría el año 1976, ella casualmente oficiaba de traductora en una manifestación en solidaridad con Argentina organizada por la Universidad Libre de Amsterdam. Estaban presentes el senador Enrique Erro y el Decano de Bellas Artes Jorge Errandonea. El Sabalero, que vivía en París, era el único artista invitado. Así lo conoció.

"Para traducir teníamos que acostumbrarnos a las voces desde la noche anterior, fuimos al lugar donde estaban todos. Me presentaron y hablé con Erro, él me presentó a Errandonea y a José. Ellos estaban haciendo chistes, decían que eran los guardaespaldas de Erro. Errandonea estaba para acompañar a José. Mi amiga y yo decidimos mostrarles Amsterdam. Era primavera y paseamos toda la noche".

Durante los tres años siguientes buscaban oportunidades para verse. Él era una artista importante en el círculo latinoamericano y con frecuencia era contratado en Holanda, ella, seguramente con maña femenina, urdía conciertos que lo tuvieran como artista programado. Así fue hasta un concierto en 1979 en Paradiso, en Holanda. "No sé cómo había logrado que tocaran allí, fue para festejar los 20 años de la revolución cubana. Teníamos de todo y se nos ocurrió contratar a José y allí ya fue definitivo y empezamos a vivir juntos toda la vida, hasta el último día".

Fueron 34 años. Se casaron el 31 de diciembre de 1999, a las doce de la noche, en la casa de Atlántida, que habían comprado dos años antes y adonde desde entonces volvían cuatro o cinco semanas todos los veranos. "Fue un acontecimiento muy grande aquí. Se hizo en la calle con escenario y todo, fue muy lindo: el primer matrimonio del milenio".

A ella el Sabalero dedicó sus canciones de amor. Algunas como No te vayas nunca, compañera, tienen su rostro. Otras, tienen su nombre, Johanna.

Hay Johanna el amor no se muere, se acurruca en la ausencia y se pone a soñar./

Johanna no serás un recuerdo, llegarás a mi nube cuando puedas volar.

"Es cierto que volví de un viaje y estaba pinchada a al pared, y yo estaba enojadísima. En aquel tiempo Jaime Roos vivía en Holanda y yo lo llamé. Jaime me decía que la canción era preciosa. Y yo le decía que cómo iba a decir eso si estábamos peleados", recuerda Anke.

La canción es una protesta en tono poético tras una pelea que duró una semana. Volvió con sus valijas y disculpas, "intentando negociar", como él explicó en una nota con el portal LR21. Ahora Johanna es una de las canciones preferidas de Anke. A veces le pide a su hijo que se la cante guitarra en mano y vía Skype.

Las canciones del Sabalero tenían la cicatriz de su vida por eso además de fibra poética tenían sangre. También Los amigos, No te vayas, Pedro y Borracho pero con flores estaban basados en su vida. Sin embargo él no podía elegir una canción preferida. "Yo le pregunté 10 mil veces", dice Catalina, "pero no podía contestar esa pregunta me parece. Te dabas cuenta que tenía más ganas de cantar algunas canciones porque las cantaba. La Muerte era muy importante para él".

Esa canción era la última que cantaba en sus recitales, para dejarla al final. "A él lo cansaba realmente cantar, emocionalmente, especialmente La Muerte. Los músicos seguían tocando uno o dos minutos más al final de la canción y él se bajaba porque lo agotaba cantarla. Y la gente iba a verlo pero él no podía. Siempre terminaba transpirado, cansado y sin aire y necesitaba descansar. Realmente se emocionaba cuando cantaba y precisaba un tiempo para recuperarse" recuerda ella.

Pero él sabía que una canción no era solo su experiencia. "Él me decía que una canción no se escribe para una persona o para un situación, sino que es un sentimiento, una sensación que te nace en un momento y después queda eso. Ahora las mismas canciones dicen otras cosas". Canciones como A mi gente y Ya comienza son un retrato de Uruguay y su idiosincracia. Chiquillada, probablemente su canción más recordada, es una imagen universal. La compuso con 19 años y la nostalgia de quien se sabe desterrado de la niñez. El pantalón cortito con un solo tirador y la pelotas hecha con cinco medias de Juan Lacaze recorrieron Latinoamérica e hicieron del Sabalero un personaje querido en tanto en Argentina, como en Bolivia y Cuba.

Esa niñez fue interrumpida a los 14 años por el trabajo en una fábrica y un sueldo que se iba en libros. "Él empieza a trabajar a los 14 años y con el primer dinero que cobró se compró todo lo de Shakespeare. Siempre leyó poesía y literatura de todo el mundo", relata con orgullo Catalina. La lectura fue un hábito que llevó a su familia y a todas las jornadas. "En los campings siempre buscaba un lugar con luz y me acuerdo que cuando viajamos por Australia él se había leído todos sus libros y desesperadamente tuvimos que ir a una feria de libros a buscar libros en español. ¡Por suerte encontramos!", rememora Anke. Esos libros que se negaba a comprar por Internet y de los que leía tres veces cada página lo llevaron a escribir. "Quiso escribir cuentos, no quería escribir canciones. Él no quería cantar, fue algo que le pasó. Él se veía más como escritor que como cantante. Le encantaba escribir cuentos. Escribió siempre pero casi no escribía canciones los últimos años, sí escribía textos", explica Catalina.

Su último trabajo en Uruguay era en coordinación con Educación Primaria y para ese proyecto fueron sus últimos textos. El Sabalero estaba organizando una serie de 120 conciertos alrededor del país, que serían además como un aula abierta donde se hablaría de la producción de cada región y de los ríos, arroyos, barriadas y canciones propios de cada lugar. El repertorio además de sus canciones incluía temas de Aníbal Sampayo, Osiris Rodríguez Castillo, Daniel Drexler, Rubén Olivera, Eustaquio Sosa y Carlos de mello. El proyecto pretendía ser una clase de cultura y geografía, una especie "de estampa geográfica del Uruguay", según relató el Sabalero en abril de 2010 a El País. Los destinatarios eran los niños de cuarto, quinto y sexto de primaria de todo el país.

"Era todo dificilísimo de encontrar: un lugar a donde entraran todos los niños y el traslado, porque él no quería que ningún niño quedara atrás. Ya había conseguido una carpa para los lugares en los que no había una sala suficientemente grande. Hacia muchísimo esfuerzo para esto. Por eso los últimos años estuvo mucho aquí", cuenta Catalina. Ella recuerda que uno de sus mayores temores era que algún niño se perdiera esa clase. "Era perfeccionista y pensaba en todo. Su mayor miedo era que alguna maestra por castigo no dejara ir a un niño, le preocupaba muchísimo eso".

Ceibal Canta fue uno de sus grandes proyectos. "Era increíble como él trabajaba día y noche en eso. El último verano holandés en la playa estaba con todo este trabajo. Hizo un estudio sobre todos los departamentos que de todas formas queremos publicar. Para él fue algo muy grande trabajar en eso", afirma Anke.

Los últimos textos que escribió, como al principio, eran un retorno a la niñez: otra forma de hacer chiquilladas.

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