Por Luis Ventura
No todo lo que reluce es oro. Por eso, cuando la paciencia agotó su última gota, cuando la tolerancia chocó de frente contra el aguante y cuando el reloj biológico nos dice a los gritos que llegó el momento de fusilar el silencio y que es hora de empezar a hablar, ya no hay nada que pueda controlarse. Todo fluye sin contenciones.
Aunque traten de pisar el freno, aunque intenten suavizarlo, todo lo que se trató de manejar en la interna de dos personas o de un grupo desgastado por las asperezas, la verdad explota en todos lados y como si fuera un aluvión que invade el conocimiento de la gente, de la opinión pública, para convertirse en escándalo el secreto hermético se convierte en un secreto con amplificadores.
En los últimos días fue lo que pasó con Belén Francese que más allá de sus pintorescos aportes televisivos y mediáticos, siempre ha tratado de mantenerse al margen de las guerras violentas y personalizadas de su compañía teatral anterior en las que los daños suelen ser personales, más allá de las máscaras que se utilicen para la escena.
Por eso sorprendió, que ahora después de haberse desvinculado de la compañía de Carmen Barbieri y Santiago Bal, la pulposa comediante se anime a quebrar el silencio de todos aquellos disgustos que fue acumulando y produciendo bilis mal tragada. Recién ahora, las ex dirigidas de él han comenzado a liberarse del pacto de silencio y comienzan a esbozar el perfil patológico, con la mirada puesta en quien fuera su director de obra y también el autor.
Y tal como la chispa en un barril de pólvora, las palabras de Belén contando lo que todos imaginábamos pero no decíamos empieza a tomar oscuridad, rechazo y que lo antes parecía simpático y pintoresco, se empieza a convertir en patético, lamentable y enfermizo.
Porque cuando Francese quebró su voz y asomaron las primeras lágrimas se tomó conciencia que lo que confesaba tenía que ver con momentos muy mal pasados, sufridos, lamentados.
Las marquesinas ofrecían un gran espectáculo, los integrantes del elenco aseguraban un gran éxito, las declaraciones afirmaban maravillas de la temporada, pero en la profundidad de los camarines, en la intimidad de los pasillos teatrales asolaba la presencia de yeti llamado Santiago Bal. El monstruo de las mil cabezas que manoseaba a sus chicas, las maltrataba, tenía relaciones con alguna de ellas y que avergonzaba de infidelidades a la estrella de la revista. Y esto se hace más creíble a partir de la confesión de una persona como Francese que alejada de las conveniencias se abre para contar algo que por coincidencias y el aporte de otros testimonios dejan claro que no todo lo que reluce siempre es oro. Chau, hasta el próximo Sábado... Show.