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 Sábado 04.02.2012, 19:20 hs l Montevideo, Uruguay
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Qué Pasa

Crisol bajo amenaza

Brasil intenta combatir la discriminación laboral y educativa hacia los negros. No es fácil porque hay una tradición histórica que pesa, más de lo que ellos reconocen, en las relaciones raciales brasileñas.

The Economist

En abril de 2010, como parte de un plan para embellecer la rambla portuaria, cerca del centro de Rio de Janeiro, de cara a los Juegos Olímpicos de 2016, los trabajadores que remplazaban el sistema de drenaje hallaron un montón de trastos. Por eso se convocó a arqueólogos, que terminaron desenterrando las ruinas de Valongo, la entrada principal de los esclavos africanos a Brasil.

Entre 1811 y 1843 llegaron allí unos 500 mil esclavos, de acuerdo a Tnia Andrade Lima, la jefa de los arqueólogos. Valongo era un complejo que incluía galpones donde se vendían los esclavos y un cementerio. En un rincón, cientos de bolsas plásticas almacenadas en contenedores, conservan objetos personales perdidos o escondidos por los esclavos. Entre ellos hay delicados brazaletes y anillos tejidos con fibra vegetal; trozos de amatistas usados en los cultos africanos y conchas marinas, la moneda en África.

Es un doloroso recordatorio de la escala y la duración del comercio de esclavos en Brasil. De los 10,7 millones de esclavos transportados a través del Atlántico entre los siglos XVI y XIX, 4,9 millones llegaron a Brasil. Menos de 400 mil fueron a Estados Unidos. Brasil fue el último país en abolir la esclavitud, en 1888.

Brasil desde hace mucho tiempo parecía querer olvidar esta historia. En 1843, Valongo fue tapado por un muelle más grande para dar la bienvenida a una princesa borbona que llegó a casarse con Pedro II, el emperador. La columna de piedra que se ve en la plaza conmemora a la emperatriz, no a los esclavos. Ahora la ciudad planea hacer de Valongo un museo al aire libre sobre la esclavitud y la diáspora africana. "Nuestro trabajo es dar mayor visibilidad a la comunidad negra y sus antepasados", dice Andrade Lima.

Este proyecto es un pequeño ejemplo de una mucho más amplia re-evaluación del tema racial en Brasil. La penetración de la esclavitud, la demora en abolirla, y el hecho de que no se hizo nada para convertir a los antiguos esclavos en ciudadanos se combinaron para conseguir un profundo impacto en la sociedad brasileña. Son razones para la extrema desigualdad socioeconómica presente en el país.

En el censo de 2010, el 51% de los brasileños se define como negro o mestizo. En promedio, los ingresos de los blancos es un poco más del doble que la de los brasileños negros o mestizos, según el IPEA, un think-tank vinculado al gobierno. Se estima que los negros están relativamente en desventaja en su nivel de educación y en su acceso a la salud y otros servicios. Por ejemplo, más de la mitad de las personas en las favelas cariocas son negras. La misma cifra en los distritos ricos de la ciudad es sólo 7%.

Desde siempre, los brasileños han argumentado que los negros son pobres sólo porque están en la parte inferior de la pirámide social, en otras palabras, que la sociedad está estratificada por clase, no por raza. Pero cada vez menos brasileños coinciden con eso. Estas diferencias sólo pueden explicarse por el racismo, de acuerdo con Mário Theodoro de la secretaría del gobierno federal para la igualdad racial. En un debate apasionado y a veces enojado, activistas negros brasileños insisten en que el legado de injusticia y desigualdad que dejó la esclavitud sólo puede ser revertido mediante políticas de discriminación positiva, como las que hay en Estados Unidos.

Sus oponentes sostienen que la historia de las relaciones raciales en Brasil es muy diferente, y que con esas políticas se arriesga a crear nuevos problemas raciales. A diferencia de Estados Unidos, la esclavitud en Brasil nunca significó la segregación. La norma era la mezcla, y en Brasil había muchos negros libres. El resultado es un espectro de color de piel en lugar de una dicotomía.

Pocos en estos días todavía llaman a Brasil una "democracia racial". Como Antonio Risério, un sociólogo de la Bahía, lo puso en un libro reciente: "Está claro que el racismo existe en Estados Unidos. Está claro que el racismo existe en Brasil. Pero son diferentes tipos de racismo". En Brasil, según él, el racismo es encubierto y vergonzante, no abierto o institucional. Brasil nunca ha tenido nada parecido al Ku Klux Klan, o la prohibición del matrimonio interracial impuesta en 17 estados de Estados Unidos hasta 1967.

Importar el estilo estadounidense de discriminación positiva obligaría a los brasileños a ubicarse en categorías raciales estrictas en lugar de en algún lugar a lo largo de un espectro racial, dice Peter Fry, antropólogo británico pero nacionalizado brasileño. Después de haber trabajado en el sur de África, dice que Brasil al evitar "la cristalización de la raza como un marcador de identidad", tuvo una ventaja en la creación de una sociedad democrática.

Pero para los partidarios de la discriminación positiva, la calidad velada del racismo brasileño explica por qué la estratificación racial ha sido ignorada durante tanto tiempo. "En Brasil hay un enemigo invisible. Nadie es racista. Pero cuando su hija sale con un negro, las cosas cambian", dice Ivanir dos Santos, un activista negro de Rio de Janeiro. Si los jóvenes blancos y negros con calificaciones iguales se presentan a una vacante en una tienda de un centro comercial de Rio, el que consigue el trabajo es el blanco.

El debate sobre la discriminación positiva divide tanto a la izquierda como a la derecha. Los gobiernos de Dilma Rousseff, Lula da Silva y Fernando Henrique Cardoso, han apoyado esas políticas. Sin embargo se han movido con cautela. Hasta ahora, el principal campo de batalla ha sido en las universidades. Desde 2001 más de 70 universidades públicas han introducido cuotas de admisión racial. En las universidades del estado de Rio de Janeiro, el 20% de las plazas se reservan para los estudiantes negros que pasen el examen de ingreso. Otro 25% se reservan para una "cuota social" de los alumnos de las escuelas estatales con familias con ingresos inferiores al doble del salario mínimo; esas familias a menudo son negras. Un gran programa federal da becas a estudiantes negros y mestizos para ingresar a las universidades privadas.

Estas medidas están empezando a hacer la diferencia. Aunque sólo el 6,3% de negros entre 18 y a 24 años se encontraban en la educación superior en 2006, era el doble que en 2001, según el IPEA. (Las cifras para los blancos fueron un 19,2% en 2006, frente al 14,1% en 2001). "Estamos muy contentos, porque en los últimos cinco años hemos colocado más negros en las universidades que en los últimos 500 años", dice Frei David Raimundo dos Santos, un fraile franciscano que dirige Educafro, una organización benéfica. "Hoy hay una revolución en Brasil".

Uno de los beneficiarios es Carolina Bras da Silva, una joven negra hija de una limpiadora. En su adolescencia vivió por un tiempo en las calles de San Pablo. Pero ahora está en su primer año de ciencias sociales en la Universidad Católica de Rio de Janeiro, con una beca completa. "Algunos de los otros estudiantes, dijeron `¿Qué estás haciendo aquí?`. Pero está mejorando", dice. Quiere estudiar Derecho y convertirse en fiscal .

Académicos de algunas de las mejores universidades de Brasil han encabezado una campaña en contra de las cuotas. Sostienen en primer lugar que la discriminación positiva se inicia con un acto de racismo: la división de una nación arco iris en categorías arbitrarias de color. Asignar razas en Brasil no es siempre tan fácil como afirman los activistas. En 2007 uno de dos gemelos idénticos que se inscribieron para a entrar en la Universidad de Brasilia fue clasificado como negro, el otro como blanco. Todo esto podría crear resentimiento racial. En segundo lugar, los opositores dicen que la acción afirmativa socava la igualdad de oportunidad y la meritocracia, dos conceptos frágiles en Brasil, donde el privilegio, el nepotismo y los contactos han sido tradicionalmente las rutas de ascenso social.

Los partidarios de la acción afirmativa dicen que estos argumentos santifican un status quo injusto. Y exámenes formalmente meritocráticos de ingreso a la universidad no han garantizado la igualdad de oportunidades. Un estudio realizado por Carlos Antonio Costa Ribeiro, sociólogo de la Universidad Estatal de Rio de Janeiro, encontró que los factores más estrechamente relacionados a llegar a la universidad son tener padres ricos y haber estudiar en un colegio privado.

En la práctica, muchos de los temores que rodean a las cuotas de la universidad no han sido confirmados. Aunque todavía preliminares, los estudios tienden a mostrar que los "cuotistas", como se les conoce, han tenido un nivel académico igual o mejor que sus compañeros. Eso puede ser debido a que han sustituido a los estudiantes blancos que llegaron por el mero hecho de tener el dinero para prepararse para el examen.

Nelson do Valle Silva, un sociólogo de la universidad estatal de Rio de Janeiro, dice que los ataques contra las cuotas no se darían si el acceso a las universidades no estuviera creciendo tanto. Por ahora, casi todos los que pasan el examen entran en algún lugar. También ayuda, dice, que muchas universidades hayan adoptados cuotas sociales menos controversiales. Fry coincide con que la acción afirmativa se "ha vuelto un fait accompli". Atribuye la caída de la resistencia a la culpa y el miedo de ser acusado de racismo.

Para los activistas, el próximo blanco es el mercado laboral. "Como negro cuando voy por un trabajo empiezo con desventaja", dice Theodoro. Hace notar que Estados Unidos, que tiene sólo 12% de descendientes de africanos, tiene un presidente y muchos políticos y millonarios negros. En Brasil "no tenemos a nadie". Eso no es tan así: además de futbolistas y cantantes, Brasil tiene un juez de la Suprema Corte afro-brasileño, y oficiales de alto rango en la Policía y el Ejército. Sólo uno de los 38 miembros del gabinete de Rousseff es negro (aunque 10 son mujeres). Vaya a los alrededores de las oficinas de Petrobras o el Banco Nacional para el Desarrollo a la hora del almuerzo y "todos los gerentes son blancos y todos los limpiadores, negros", dice Frei David.

Algunos en el sector privado están empezando a considerar la diversidad racial a la hora de reclutar personal. El estado y la ciudad de Rio de Janeiro han pasado leyes reservando 20% de los puestos en los exámenes para el servicio civil a negros, pero aún no fueron implementadas. Si el desempleo crece, los cuotas laborales van a crear más controversia que las de los ingresos a la universidad.

La sociedad está cambiando rápido. Muchos de los 30 millones de brasileños que salieron de la pobreza en la última década son negros. Los comerciantes lo han notado: cada vez hay más cosméticos dirigidos a los afro-brasileños, por ejemplo. La mezcla de pasajeros en los vuelos domésticos empieza a parecerse a Brasil no a Escandinavia. Hasta hace poco, los únicos actores negros en las telenovelas hacían de sirvientes; ahora una novela de Globo tiene un galán negro. Mucho de esto no hubiera pasado sin la discriminación positiva.

El principal desafío es cambiar de actitud. Muchos brasileños simplemente asumen que los negros pertenecen al fondo de la pila. Los que apoyan la discriminación positiva, aciertan al decir que el país le dio la espalda al problema. Pero políticas al estilo estadounidense podrían no ser la manera de combatir las específicas formas de racismo de Brasil. Una combinación de una acción legal más fuerte contra la discriminación y las cuotas para clases sociales en educación superior para compensar las débiles escuelas públicas, podrían funcionar mejor.

51

por ciento de los brasileños se identifican como negros o mestizos, según el último censo.

1

integrante del gabinete ministerial de 38 miembros de Dilma Rousseff es afro-brasileño.

25

por ciento de los cupos en las universidades brasileños se reserva para estudiantes negros.

etiquetasEtiquetas: brasil - brasileños - discriminación - negros - racismo - 
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