Tomando el té en Afganistán

UNA OPINIÓN

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UNA OPINIÓN

NICHOLAS D. KRISTOF

¿Qué puede saber un gringo criado en una granja de Oregon sobre la historia y la política afgana? Bastante, si ese gringo es el autor de este análisis. Kristof habla varios idiomas, se graduó en Harvard y forma parte del New York Times desde 1984. Estuvo entre las primeras figuras de la prensa de su país que dudó desde el principio de lo que la administración Bush afirmaba sobre Irak y sus planes de conseguir armas de destrucción masiva. Ah, y es doble ganador del Pulitzer, uno de ellos compartido con su esposa Sheryl WuDunn.

Unas cuantas viñetas para explicar por qué creo que no está funcionando la estrategia de Estados Unidos en Afganistán:

Escena 1: una casa en Kabul, donde bebo té con una mujer asombrosa, Soora Stoda, quien administra una compañía de logística que trabaja con el ejército estadounidense. Stoda desprecia al Talibán y se estremece al recordar su terror cuando los talibanes irrumpieron en su escuela secreta cuando cursaba el séptimo grado. Dijo que golpearon a las niñas y asesinaron a la maestra, que era su tía.

No obstante, Stoda, como todos los contratistas, tiene que pagarles, directa o indirectamente, a los talibanes para trabajar en las zonas inseguras. Estima que por cada mil dólares que le pagan a su compañía por trabajar en esos lugares, unos 600 dólares terminan a menudo en manos talibán. "A veces, hasta más``, dice.

El año pasado, tenía un contrato por 200.000 dólares para transportar laptops al Ejército estadounidense en Kandahar. Los talibanes confiscaron el embarque, y dice que tuvo que pagar 150.000 dólares para que lo liberaran.

Lo mismo con todos los contratistas. Así el contribuyente estadounidense se volvió una fuente significativa de financiamiento talibán, junto con las drogas y las donaciones árabes. Con el dinero que le sacan a Estados Unidos, los talibanes contratan más combatientes.

"En cierta forma, daña al Talibán", dijo Stoda sobre la presencia estadounidense. "En otra, ayuda a los talibanes".

Un experto en seguridad sacó la cuenta. Un solo soldado estadounidense, estimó, hace que se filtre dinero a los talibanes para reclutar otros 10 combatientes que tratan de matarlo.

Escena 2: un barrio polvoriento en Kabul, donde estoy con un grupo de cientos de hombres descontentos, de la provincia de Helmand, destrozada por la guerra. Dicen que probablemente terminen uniéndose a los talibanes. Mi chofer está nervioso, y mi intérprete dice que piensa que ya son talibanes.

Lo que intriga es que no parecen particularmente ideológicos. Admiran la piedad y la capacidad de los talibanes para imponer la ley y el orden, pero consideran que muchos comandantes talibanes son excesivamente brutales. Les dio bronca cuando un comandante decapitó a siete de sus compañeros.

Estos hombres dicen que preferirían conseguir empleos habituales y vivir en paz. Pero no hay trabajo, y ahora los echarán de su campamento. La amenaza de expulsión, dicen, es por un acuerdo corrupto por el terreno de los magnates vinculados al gobierno del presidente Hamid Karzai.

"Si el Gobierno nos obliga a irnos, entonces tendremos que ir a unirnos al Talibán y pelear``, dice Muhamad Ibrahim, un mullah.

Otro hombre, Abdul Muhamad, dice que pensó en unirse a los talibanes hace cuatro años cuando murieron su esposa, tres hijos y dos hijas durante un ataque aéreo estadounidense (reconoce que los talibanes disparaban contra los estadounidenses desde la zona). En cambio, vino a Kabul porque "me voy con el más fuerte". Agregó: "Si me obligan a irme de aquí, me uniré al Talibán``.

Varios dicen que los reclutó el Talibán con una presentación que en parte era ideológica -"debemos combatir a los infieles que invadieron nuestro territorio``-, pero también parte capitalista, al prometer cientos de dólares mensuales, alimentos, té y azúcar.

Sin embargo, la contrainsurgencia estadounidense no incluye suficiente contrarreclutamiento. Las fuerzas de la coalición pagan cualquier precio para matar talibanes y tienen que ser igual de dedicados en proporcionar empleos para que los afganos se unan al enemigo.

Escena 3: estoy sentado con un grupo de afganos distinguidos sobre un tapete en una oficina contando historias. Me rompen el corazón al preguntarse en voz alta quiénes son peores para el pueblo afgano, los rusos o los estadounidenses.

"Estados Unidos hace proyectos de desarrollo", reconoció Hajji Gulamullah, un general brigadier en la fuerza policial de Kabul. "Pero no tantos como los que hicieron los rusos". Amin Shah Mungal, un brigadier general retirado agregó: "Si usted va a las aldeas y pregunta a la gente quién es mejor, los rusos o los estadounidenses, dirán que los rusos".

La invasión soviética ayudó a destruir Afganistán, mientras que las tropas estadounidenses se esfuerzan por ser respetuosas y evitar bajas civiles. Sin embargo, después de nueve años, muchos afganos están hartos de Estados Unidos. Algunos sugieren que Washington está aliado con Osama Bin Laden para mantener débil y dividido a Afganistán.

Mi visita más reciente a Afganistán me deja con 100 de esas viñetas que me indican que nuestra estrategia allí es insostenible. Sin querer, estamos financiando a nuestros enemigos. Apoyamos a un gobierno corrupto que empuja al pueblo hacia el Talibán. Y estamos más ansiosos por rescatar a los afganos de lo que ellos están por ser rescatados.

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