Los nuevos vecinos

Cuando la Policía cerró una boca de pasta base en un conventillo de Convención y Paysandú, el barrio pensó que venían tiempos mejores. Pero surgió un nuevo dolor de cabeza: un refugio del Mides.

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Marta Aguilera, Paula Barquet

Cuando vio el apartamento que luego alquilaría, Selma no se dio cuenta en dónde se metía. No culpa a nadie, y en sus palabras no hay juicios de valor. Pero asegura que cuando venza el contrato en diciembre de 2011, se mudará. Es una decisión tomada, no hay marcha atrás.

Lo mismo han hecho ya varios inquilinos y algunos propietarios de esa cuadra ubicada sobre la calle Convención, entre Paysandú y Cerro Largo. La fachada del local lindero a lo de Selma, antes una panadería, avisa que "se vende". Había una peluquería que ya no está. En ciertas casas nadie responde al timbre. Como si una epidemia hubiera pasado por allí, los vecinos se han ido escabullendo.

Pero la cuadra no está desierta. Una decena de indigentes la habita desde hace un par de años y otros tantos la visitan con frecuencia. Además, todos los días llega gente desde distintas partes de la ciudad a pedir una ducha, una bolsa de ropa, un pedazo de pan.

El movimiento, que varía según las horas pero que nunca desaparece, se explica por la presencia de Puerta de Entrada, un local del Ministerio de Desarrollo Social (Mides). Funciona como centro de derivación para todos los que busquen refugio en Montevideo, y se ha vuelto una suerte de punto de encuentro de gente en situación de calle. Pero, además, ha alterado la vida de todos los que viven o trabajan en esa cuadra de la calle Convención.

malas impresiones. Una mujer camina a paso firme. Mira siempre hacia el suelo, se la ve apurada. Como si lo hiciera todos los días, mantiene la vista baja cuando se topa con un bulto de frazadas, ollas y desechos orgánicos que atraviesan la vereda. Simplemente se corre unos metros hacia la calle y continúa el paso por la mitad de la calzada.

Como ella, otros transeúntes eluden los campamentos humanos sin escandalizarse. Andrea, que vive frente a la vereda invadida, en el mismo apartamento que Selma, se toma unos minutos para resumir lo que le toca ver cada tarde.

"Están en bolas, tienen relaciones sexuales y hacen fuego. Sabía que había un merendero para la gente sin hogar, pero no esto". No necesita más tiempo para expresar su enojo e impotencia.

A Selma le cuesta admitirlo, pero la situación le "deprime" y le da "vergüenza". Tanto ella como su hijo de 18 años advierten a quienes visitan su hogar de lo que se van a encontrar: "una mala impresión", define cuidando sus palabras.

Algunos cuentan que los moradores de la cuadra suelen pelearse entre ellos, que fuman pasta base y orinan en público. Los vecinos denuncian casi a diario la situación, aunque la Policía se excusa: "Nos llaman para correrlos, pero es imposible. No podemos decirles nada, ¿a dónde los vamos a llevar?", comenta rendido un agente de la seccional 3a., la de la zona.

Andrés, dueño del bar de la esquina, está convencido de que sus clientes tienen miedo de que suceda algún "hecho de violencia". Se siente "anclado" porque es propietario del local. Igual, ha pensado varias veces en venderlo. Y lo vuelve a pensar cada vez que, antes de abrir el bar, baldea la vereda intentando eliminar el olor a orín. O cada vez que debe "correr" a los indigentes instalados en su puerta, borrachos o anulados por la pasta base. "Cansa", dice.

Con todo, la delincuencia ya no integra el repertorio más frecuente de las quejas de los vecinos. La cuadra estaba mucho peor un año y medio atrás, porque había un conventillo que funcionaba como boca de venta de pasta base. "Esa sí fue una época grave", dispara Roberto, uno de los coordinadores de Puerta de Entrada.

En aquel tiempo, los vecinos de la cuadra -y de toda la manzana, que incluye una dependencia del Ministerio de Economía y la terminal de ómnibus- decidieron movilizarse. Ruben, el dueño de una ferretería en Paysandú y Río Branco, organizó reuniones con las autoridades del Ministerio del Interior. Lograron que se colocara una "imaginaria" (un móvil de vigilancia las 24 horas) hasta que finalmente cerraron la boca.

Hoy, que el conventillo está tapiado, que no se sufre tanto la inseguridad, que ya no se escuchan constantemente las alarmas de los autos, que ya no asaltan los comercios, los vecinos enfrentan este otro "problema": el refugio del Mides.

La mayoría no entiende exactamente qué pasa en Puerta de Entrada. Observan a las personas durmiendo afuera y cuestionan al ministerio por no albergarlos. Selma es una de las pocas que sabe que "si no están ahí, es porque no quieren".

Roberto, el funcionario del centro, explica en qué casos se niega la entrada: "Si no quiere mejorar su situación de calle, sin una actitud de salir adelante, esa persona no ingresa. Nosotros damos prioridad a la gente que quiere mejorar".

De todas formas, Roberto reconoce que a veces les gana la sensibilidad y a gente como Miguel, drogadicto con domicilio fijado en cualquier vereda de la zona, le permiten entrar a ducharse y a lavar la ropa. "Pero sólo porque tiene una buena conducta", aclara. Los educadores de este centro de derivación han sido amenazados en muchas ocasiones por los "usuarios", que les llaman.

Trece refugios de Montevideo dan cobijo a unas 700 personas. Pero según dijo a El País Jorge Diz, del Equipo de Fortalecimiento del Mides, la gente en situación de calle es el doble: entre 1.000 y 1.200. Significa que el ministerio sólo logra albergar a la mitad de los sin techo.

Hay refugios para hombres, mujeres, familias, mujeres con hijos, veteranos de más de 60 años... "Pero lamentablemente no tenemos lugar para todos, hay algunos que quedan afuera", expresa Roberto.

El problema no es sólo la falta de espacio. Javier, el cuidacoches de la cuadra, es tajante al criticar el estado de los refugios. "Son un asco. Nadie sabe lo que es vivir entre piojos". Por eso estuvo un año entero viviendo justo allí, en las veredas de esa cuadra. Apenas logró reunir el dinero, se fue a una pensión, donde ya lleva seis meses. Ahora sigue cuidando los autos porque ya lo conocen, afirma.

Verónica, de 26 años, es una de las que hoy vive en la vereda. Suele instalarse a metros de Puerta de Entrada junto a su pareja y otros hombres jóvenes. En total son unos 10 indigentes que no ingresan a los refugios y a los que, según Roberto, "se les ha dado mil oportunidades".

"El Mides no nos ayuda porque dice que somos unos drogadictos de mierda", plantea Verónica con agresividad. Asegura que no le dejan ni darse un baño. Flaca y de a ratos sobregirada por el consumo de pasta base, prefiere seguir resguardándose de la lluvia bajo los techos de los edificios antes que acatar las normas de Puerta de Entrada.

La Policía no puede hacer nada, la intendencia tampoco, el Mides no encuentra solución y los vecinos se van yendo. Pareciera que el conflicto de esa manzana en el Centro de Montevideo fuera irresoluble. Igual, las autoridades del ministerio estudian algunas medidas. (Ver entrevista en página 11).

A pesar de tanto disenso, Javier, el cuidacoches, reconoce tímidamente que "nadie quiere tener un basural en la puerta de su casa". Y Ruben, el de la ferretería, se esmera en destacar que entre los drogadictos y los delincuentes, hay algunos que "vale la pena rescatar". Quizá entre la impotencia, el hartazgo y la vergüenza, todavía quede margen para el entendimiento.

Casi Refugio

Además de la ducha y la posibilidad de lavar ropa, en Puerta de Entrada se ofrece pasar la noche cuando hace frío. "No tenemos camas, pero tiramos unos colchones y con los sillones damos acogida a unas 25 personas", dice un educador.

Cuidado al repartir donaciones

En bolsas alojadas en varios roperos, los funcionarios de Puerta de Entrada guardan las donaciones de ropa y artículos de higiene. Establecen prioridades y antes de hacer los repartos, valoran el estado de la que la persona trae en el momento en que pide y si ya se le dio algo en días anteriores. "Si me pedís un pantalón te lo doy, pero si venís mañana por otro, no te lo voy a dar porque hay otra gente que también lo necesita. Además, posiblemente no tenga más porque vuelan", asegura Roberto, uno de los educadores. "A veces nos traen ropa buena como estos Levi`s", dice mostrando un pantalón de jean. "Hay que tener cuidado y saber a quién se lo das, porque en cualquier momento los venden para ir a la boca", explica.

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