Nicholas D. Kristof,
The New York Times
A partir de los debates en Wisconsin y otros lugares sobre los sindicatos en el sector público, se podría tener la impresión de que estamos al borde de la quiebra porque se le paga demasiado a los maestros.
Eso es una falacia perniciosa. Un reto educativo básico no es que los maestros amasen fortunas, sino que se les paga poco. Si queremos competir con otros países -y minar la pobreza en todo Estados Unidos- entonces necesitamos pagarles más a los maestros para atraer mejores personas hacia la profesión.
Hasta hace unas cuantas décadas, la discriminación en el empleo fortaleció perversamente a nuestra fuerza docente. Mujeres brillantes se convirtieron en maestras de Primaria porque los mejores empleos no estaban disponibles para ellas. Fue profundamente injusta, pero esa discriminación benefició a los niños estadounidenses.
Hoy, las mujeres brillantes se dedican a empleos más redituables que la docencia. Y el 47% de los docentes desde el jardín de infantes hasta el 12° año proviene del tercio de universitarios con peores calificaciones. La cifra es del estudio Closing the Talent Gap ("Cerrar la brecha entre talentos``) de McKinsey & Company.
Los cambios en los salarios relativos han reforzado el problema. En 1970, en la ciudad de Nueva York, un profesor recién ingresado en una escuela pública ganaba cerca de 2.000 dólares menos que un abogado que comenzaba en un prominente despacho legal. Hoy, los abogados llevan 115.000 dólares más que un maestro, según la investigación.
Todos nos damos cuenta intuitivamente de la diferencia que hace un gran maestro. Pienso en Juanita Trantina, quien intoxicó a mi grupo de quinto año con la emoción de aprender y lo fascinó con los acontecimientos actuales sobre los que nos hablaba. Es probable que ustedes tengan a una señorita Trantina en su propio pasado.
Otro estudio realizado en Los Angeles, encontró que tener a una maestra del grupo del 25% más calificado durante cuatro años consecutivos sería suficiente para eliminar la brecha de logros académicos entre blancos y negros.
Estudios recientes indican que los buenos maestros, incluidos los del jardín de infantes, incrementan los ingresos de sus alumnos en el futuro. Eric A. Hanushek de la Universidad de Stanford encontró que un maestro excelente (uno mejor que el promedio, o mejor que 84% de los profesores) incrementa los ingresos de toda la vida de cada alumno en 20.000 dólares. Si hay 20 estudiantes en la clase, son 400.000 dólares extras que se generan, en comparación con un maestro apenas promedio.
Un profesor mejor que el 93% de los demás agregaría 640.000 dólares al salario de toda la vida de un grupo de 20 alumnos, según la misma investigación.
No soy un fanático de los sindicatos de maestros. Utilizaron su control para obtener seguridad en el empleo más que salarios, por tanto, hicieron que el trabajo fuera seguro para quienes obtienen bajos resultados. Las normas de la docencia son a menudo inflexibles, los beneficios son generosos pero relativos a los salarios, y es difícil o imposible despedir a los maestros que son incompetentes.
Sin embargo, nada de esto significa que se pague demasiado a los profesores. Si los gobiernos le quitan parte de las pensiones y reducen la seguridad laboral, entonces deben pagar mejores salarios. Para emparejar las cosas.
Más aún, parte de la compensación es la estima popular. Cuando los gobernadores se burlan de los maestros por ser flojos, incompetentes y codiciosos, degradan a la profesión y dificultan más poder atraer a los mejores y más brillantes. Deberíamos ascenderlos, no lanzarles dardos.
Habría que considerar a tres otros países con un desempeño educativo de renombre: Singapur, Corea del Sur y Finlandia. En cada uno, se extrae a los maestros del tercio más capacitado de su generación, son enormemente respetados y se les paga bien (aunque esto es menos cierto en Finlandia). En Corea del Sur y Singapur, los profesores ganan, en promedio, más que los abogados e ingenieros, encontró el estudio de McKinsey.
"No tendremos mejores maestros a menos que les paguemos más``, nota Amy Wilkins del Fideicomiso Educación, una organización para la reforma educativa. Asimismo, Jeanne Allen del Centro para la Reforma Educativa dice: "Somos los primeros en decir, denles 100.000 dólares, denles lo que sea que se necesite``.
Tanto Wilkins como Allen agregaron de inmediato que el pago debería ser por desempeño, con evaluaciones más rigurosas. Para mí, eso tiene sentido.
Para empezar, tendría que aumentarse el salario magisterial, que hoy promedia 39.000 dólares anuales a 65.000 para llenar la mayoría de las vacantes docentes en escuelas con grandes necesidades. Y llenar esas vacantes con egresados del tercio con mejores calificaciones de su generación, se postula en el estudio de McKinsey. Eso sería una ganga.
En efecto, tiene sentido recortar gastos en otros rubros para incrementar los sueldos docentes. Cada vez más se menciona como un modelo a seguir el japonés, que cuenta con grupos más grandes, pero con profesores sobresalientes, respetados y bien pagados.
El magisterio es inusual entre las profesiones en cuanto a que se paga poco, pero se tienen protecciones sindicales fuertes y procedimientos estándar para incrementar salarios. Es un modelo de compensaciones fabril, y los críticos tienen razón en poner reparos. Sin embargo, lo esencial es que deberíamos pagarles más a los maestros, no menos. Los políticos que falsamente califican a los maestros están dificultando atraer el tipo de profesores que queremos para nuestros hijos: los mejores.