El rostro de Panamá busca emerger como el Singapur de las Américas. Una fila de rascacielos y megaproyectos inmobiliarios de lujo serpentea frente a la bahía de la capital -nervio y motor económico del país- y al lado de islas postizas o inventadas por robos al mar y modernas carreteras, en un permanente espectáculo de opulencia que adereza la nueva pintura del paisaje panameño.
La febril actividad empresarial de negocios de todo tipo sigue creciendo, en una tierra apetecida en las postrimerías del siglo XVII por el pirata Henry Morgan y ocupada desde el inicio del siglo XX por el presidente Theodore Roosevelt, para edificar el canal de Panamá y unir el Pacífico con el Atlántico en el angosto istmo. Décadas de escasas regulaciones estatales hicieron del país bazar y escondite para múltiples negociados legales e ilegales, desde armas y drogas hasta conspiraciones políticas y blanqueo de dinero.
El cóctel panameño tiene varios ingredientes: un canal, un centro bancario internacional, la primera flota mercante del mundo, una zona de libre comercio que es una de las principales bases continentales de acopio y reexportación de mercancías, un ferrocarril interoceánico, siete puertos privados y decenas de casinos. Permanece la huella de haber sido uno de los importantes paraísos fiscales de la región. Panamá se colocó en 2011 a la cabeza del crecimiento económico de América Latina y el Caribe, con un incremento del 10,6% del producto interior bruto, frente al 9,2% en 2010, según cifras oficiales.
La economía panameña recuperó el ritmo de aumento de dos dígitos que registró antes de la crisis mundial que estalló en 2008. El PIB pasó de 20.300 millones de euros en 2010 a 26.420 millones de euros en 2011, con lo que Panamá marcó distancia con el resto de países iberoamericanos y caribeños anglosajones.
Pese a que el oasis panameño deslumbra en un vecindario de economías frágiles, las dudas persisten sobre el sostenimiento del proceso a medio y largo plazo. Muchas de las nuevas grandes construcciones siguen vacías y cunden las sospechas por el origen del dinero, en un país con fama de haber servido en el pasado para acoger y legitimar capitales sucios.
Las cifras financieras van y vienen en el debate cotidiano, mientras la miseria y la pobreza extrema golpean a muchas capas de la población de un país que esconde un rostro de exclusión, aunque se promociona internacionalmente como una especie de arcoíris permanente de oportunidades y de éxito, con una posición estratégica para la banca, el comercio, los seguros, el transporte marítimo y aéreo mundial y una extensa lista de servicios navieros, portuarios, financieros y de telecomunicaciones.
"Es cierto: Panamá es el país de los negocios", dice Tomás Drohan, director jubilado y exingeniero jefe del Canal. "Pero la distribución de la riqueza es pobre, es una de las peores en América Latina, aunque hay una riqueza per cápita buena. Y eso puede causar problemas sociales... ya vemos algunos" declaró Drohan. "En las regiones de indígenas hay un 99% de pobreza", aseguró Milton Henríquez, líder del opositor Partido Popular.
Después de Belice, que se independizó de Gran Bretaña en 1981, Panamá es la segunda nación más joven de la América continental, ya que obtuvo su independencia de Colombia en 1903 por la presión de Estados Unidos, que se apropió de una franja de suelo panameño -inicialmente a perpetuidad- en la que de 1904 a 1914 construyó el Canal, con una zona aledaña para sus fuerzas militares.
Panamá, además, es una democracia joven. Invadida en 1989 por tropas de Estados Unidos, para deponer a un régimen militar golpista instalado en 1968 por el ahora fallecido general Omar Torrijos y sostenido al amparo de la oscuridad de los negocios del narcotráfico por el ahora encarcelado exgeneral Manuel Noriega, no fue sino a finales de diciembre de 1999 cuando salió el último soldado estadounidense. Con la intervención militar de 1989, se inició un periodo de alternancia partidista en el poder político tras 21 años de régimen castrense. (José Melendez, El País, España)