Conflicto y alegría

Y 2010 se pasó entre bonanza, peleas, esperanzas y gritos de gol. Un número especial dedicado a los perfiles de cuatro personalidades y los temas cruciales para entender el año que se termina.

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Fernán R. Cisnero

Si los gobernantes tienen la capacidad de trasladar su temperamento al tiempo que les toca vivir, entonces sí, 2010 fue un año muy parecido al presidente José Mujica: contradictorio, hiperactivo, impredecible y optimista.

Hubo razones para todas esas conductas. La coincidencia de prosperidad económica y presupuesto quinquenal -una simultaneidad insólita en Uruguay- terminó siendo letal para el primer año de gobierno y un factor de inquietud más o menos constante. Sin embargo, algunos anuncios y el desempeño de la selección en el mundial de Sudáfrica, funcionaron como un alivio.

Con una oposición que tardó en acomodarse, el gobierno recibió las mayores críticas de parte de sectores que, se podría suponer, deberían ser compañeros de ruta ideológicos de este Ejecutivo. Los paros (a los que también se sumaron los privados que andaban negociando en Consejo de Salarios) fueron un estorbo importante, no solo para la ciudadanía que padeció basura acumulada y trámites postergados, por ejemplo, sino para un gobierno que se pasó parte del tiempo entre pulseadas, promesas y amenazas.

También para la interna de su partido. La mala distribución de la bonanza que denunciaban los gremios, hizo que el Partido Comunista saliera a reclamar políticas económicas que, está claro, este gobierno no está dispuesto a implementar. Un viejo camarada de armas del presidente, Julio Marenales, también disparó contra algunos desvíos del proyecto socialista original.

El presidente se empeñó en participar en cada uno de esos conflictos, lo que significó un desgaste de su popularidad y permitió que se echen dudas sobre su capacidad de liderazgo. Apariciones esporádicas y estelares del ex mandatario Tabaré Vázquez, hicieron recordar que hay alguien más interesado en esa responsabilidad.

Los principales dolores de cabeza del gobierno vinieron del lado de los conflictos sindicales con sus propios empleados. Esa pelea, más allá de los reclamos concretos, reveló una brecha social insalvable: la displicencia mutua entre los trabajadores públicos y privados. Acusados de prepotentes, perezosos e ingratos por los que no usufructúan sus beneficios, el momento más álgido de los públicos fue el de la basura en las calles de Montevideo, sí, pero el más revelador fue el episodio del ballet de Julio Bocca y COFE.

Durante 10 días el bailarín argentino se convirtió en el héroe personal de un sector de la sociedad que critica al funcionariado público. Consiguió que el ballet -una disciplina que hasta hace un rato se limitaba a niñas con rodete- se convirtiera en el bastión de un Uruguay moderno que prescindiría de los funcionarios públicos: la última trinchera de la resistencia de la clase media. El día de la función, en un suceso que en estas páginas el dirigente de COFE, Joselo López, califica de "pequeña batalla de clases", el público empilforado para la ocasión caminó rodeado por los insultos de los sans culottes del Estado. Un buen resumen de la molestia mutua que generó un conflicto mal explicado y mal entendido. Por esa razón, Julio Bocca integra la lista de los personajes del año. Y porque llevó el ballet a cada rincón del país, lo cual es tan meritorio como pelearse con Afusodre.

Si en algo hubo unanimidad fue en el festejo por el desempeño de la selección uruguaya en Sudáfrica. Y fue "La Celeste", ese ente abstracto tan significativo para los uruguayos, la que aglutinó tanta alegría. El resultado futbolístico es histórico, es cierto, pero lo será si además implica un cambio de paradigma, dicen, tal como pareció intuirse en medio del entusiasmo triunfalista. La posibilidad de creer que se puede mejorar es sustancial para cualquier cambio que se quiera programar desde el gobierno. El maestro Tabárez dice en su relato sobre las razones de la victoria celeste, que eso se debió a una planificación, una concientización y al trabajo en equipo, entre otras características. La Celeste es otro de los personajes del año por la alegría que generó y porque muchos ven ahí un gesto de esperanza trascendente.

A nivel internacional, Julian Assange consiguió generar una tormenta aunque de esas que soplan fuerte y no dejan daños demasiado permanentes. La filtración de información confidencial (desde la filmación de un ataque estadounidense que mató a civiles, al cuarto de millón de documentos diplomáticos) hizo enojar a algunos, elucubrar sobre el futuro del periodismo a otros y recapacitar a los servicios de seguridad.

Es difícil que WikiLeaks y Assange consigan transformar el ecosistema periodístico, una predicción a la que se le dedicó mucho espacio. Necesitó de la selección, edición y clasificación de los medios más tradicionales para difundir su material. Las teorías de conspiración que rodean su vida y su obra lo convierten, sí, en la clase de ídolo que busca una generación desesperada por encontrar referentes, pero demasiado perezosa como para salirlos a buscar.

Esas cuatro personalidades, cuyos perfiles encargamos a otros personajes con peso propio en algunos de los temas clave del año, son apenas protagonistas de un 2010 marcado por los conflictos y las alegrías: una de esas tantas contradicciones con las que los uruguayos acostumbramos a lidiar.

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