CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON D.C.
El retorno a la flexibilización cambiaria anunciada por China días previos a la reunión del G20 que acaba de finalizar en Canadá, fue una jugada política extrema: sacó de la agenda de discusión, según la visión norteamericana, uno de los chivos expiatorios de la actual crisis. Es así que, durante meses, el tema de los desbalances globales y su reequilibrio ocupó la atención de la agenda bilateral entre ambos países. En particular, algunos miembros del Congreso representando jurisdicciones con alto desempleo, plantearon declarar al país asiático "manipulador de su moneda" y por ende pasible de sanciones. En otras palabras, instrumentar medidas proteccionistas. Como es natural la administración Obama debió obrar en consecuencia, aplicando sus mejores artes diplomáticas, a veces discretamente y otras veces no, buscando algún tipo de compromiso en la materia. Pero la oportunidad del anuncio es lo relevante, pues dilató sanciones eventuales y nuevamente abrió la discusión tanto académica como política sobre el papel de la manipulación de esa variable.
UN POcO DE HISTORIA. Ya en la década del treinta del siglo pasado, el eventual desalineamiento de las paridades cambiarias entre los grandes países era fuente permanente de tensiones enraizadas en acusaciones de competencia comercial desleal y acumulación excesiva de reservas. Se vivía en un mundo de desbalances globales, donde algunos países como Estados Unidos y Francia acumulaban reservas (oro) en desmedro de Alemania e Inglaterra. Fue un lapso surcado de crisis, donde el proteccionismo y las devaluaciones competitivas fueron uno de sus hechos más representativos. En suma, la paridad de las monedas entre sí y respecto al oro eran el punto focal de las preocupaciones de las respectivas administraciones.
Pero explicando esos movimientos percibidos como disparidades en los tipos de cambio había hechos reales enancados en niveles de productividad diferentes. En aquellos momentos se consolidaba el ascenso de la economía norteamericana en desmedro de las viejas potencias europeas aún convalecientes de la primera guerra. Y en aquella oportunidad los niveles de tipo de cambio entre países fue el chivo expiatorio del momento. Y su manejo no evitó episodios de crisis recurrentes durante aquella década. Cincuenta años después, ante el avance vertiginoso de Alemania y Japón como potencias exportadoras, los principales países industrializados decidieron intervenir de manera conjunta en el mercado cambiario buscando devaluar el dólar respecto a las monedas de esos países. Esa decisión, adoptada en septiembre de 1985 y conocida como el acuerdo del Hotel Plaza, logró efectos en el corto plazo, pero no revirtió la presencia exportadora de ambos colosos. Tampoco el signo de sus cuentas corrientes, las cuales siguieron hasta hoy mostrando signo positivo.
Y ahora estamos en el mismo escenario, con China como su actor protagónico y en el banquillo de los acusados por promover un desbalance en los flujos financieros y comerciales globales a través de la subvaluación de su tipo de cambio. Una de sus consecuencias son altos niveles de desempleo en los países desarrollados, en particular Estados Unidos.
otrA VEZ LA POLÍTICA. Sin desconocer que la manipulación del tipo de cambio puede generar efectos en el corto plazo, su nivel de equilibrio de largo plazo responde a factores reales. Y actuando sobre estos aspectos es que operan las modificaciones permanentes en su nivel.
Esa realidad opera tanto para el que decide la acción de intervenir en el mercado de cambios, como para el país que se siente afectado.
Hay maneras diferentes de mirar al tema para entender sus implicancias y también comprender que la política siempre esta entremezclada en la búsqueda de soluciones. Cuando se acusa a China de mantener su tipo de cambio real subvaluado, lo que en realidad se está diciendo es que sus costos domésticos están siendo distorsionados a la baja y de esa manera generar competitividad artificial. La fuente principal de esa distorsión no puede ser otra que una masa salarial a la cual se la retribuye por debajo de lo que correspondería en un mercado laboral en competencia y sin ingerencia estatal. La contrapartida de ese argumento podría ser que en el país afectado, en este caso Estados Unidos, la intervención estatal o la presión sindical han llevado el costo de la mano de obra, corregido por productividad, a niveles tales que ciertas actividades dejan de ser viables ante la competencia externa.
Si se mira el tamaño de la divergencia entre las tasas de ahorro de ambos estados (40% del PIB en China, nula en Norteamérica) rápidamente se comprende que por detrás hay profundas diferencias de funcionamiento estructural entre ambas naciones, en las que el nivel del tipo de cambio poco tiene que hacer. El gigante asiático aún sigue siendo una economía preponderantemente rural, con un sistema de seguridad social inmaduro, y un sector financiero a la mano del ciudadano común primitivo. Su consecuencia es la autoprotección, de cuyo resultado deviene un bajo consumo y por ende un flujo permanente de fondos prestables que captura el Estado, que a su vez reinvierte en reservas. Buena parte de las mismas terminan financiando al consumidor norteamericano, al ser alocadas en la compra de sus papeles de deuda.
También podría preguntarse por qué se ahorra tan poco en Estados Unidos, haciendo que absorba sin pausa financiamiento externo, mayoritariamente provisto por China. Sobre el particular no hay opiniones únicas, pero todas confluyen hacia un punto. El deterioro de su distribución de ingreso observado en las tres últimas décadas, obligó a que su sistema político ensayara una solución basada en el aumento del consumo en base al endeudamiento, en particular en la compra de vivienda. Fue así que se relajó la normativa en la compra de inmuebles, generando las bases de la burbuja, primero inmobiliaria y que luego siguió apalancando más consumo.
Y por último, corresponde preguntarse cómo hacen Alemania y Japón para prosperar como potencias exportadoras a pesar que sus monedas, principalmente el euro, se fueron apreciando sustancialmente respecto al dólar en la última década. La explicación obvia es un aumento permanente de la competitividad a través de la adopción de las mejores prácticas productivas, a lo que se le acopla un sistema educativo y de entrenamiento de su mano de obra de primera categoría.
CONCLUSIÓN. La evolución del tipo de cambio real tiene raíces estructurales que provienen de la idiosincrasia de cada sociedad. Eso posibilita que pueda haber percepciones diferentes, todas legítimas, sobre cuál es su verdadero nivel de equilibrio. Pero en lo que no puede haber divergencias es que su modificación implica entrar en el dominio de los temas estructurales. Las manipulaciones que ofrece la macroeconomía para modificarlo son de tiro corto, pues no van a las raíces que explican el fenómeno.
Pero los horizontes de los políticos están surcados por las presiones del momento, y por ende son pasibles al cortoplacismo que lleva a la búsqueda de soluciones mágicas.
Como la historia lo ha mostrado reiteradamente la competitividad no se genera por un acto administrativo manipulando el tipo de cambio, convirtiéndolo en un axioma que no tiene fronteras ni se compadece del estadio de desarrollo de las naciones.
Sin duda, el compromiso de China de abandonar su política de pegar su moneda al dólar, yendo hacia la flexibilización cambiaria, no modificará sustancialmente los verdaderos problemas que se quieren resolver: disminuir el alto desempleo y el abultado déficit de la cuenta corriente de Estados Unidos. Su contrapartida es aumentar considerablemente el consumo doméstico del gigante asiático.
Esta vez el mundo de la política se equivoca: resolver esos aspectos tiene raíces estructurales que sobrepasan los alcances de una modificación de un régimen cambiario. Nuevamente, en este tema el mundo tropieza con la misma piedra.