CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Con el índice Dow Jones coqueteando en estos días los 11.000 puntos, la economía norteamericana creciendo en términos anualizados alrededor del 3 por ciento, y Asia liderada por China aumentando sin tregua su Producto Bruto, el mundo parece haber retornado a los buenos tiempos.
Algunos indicadores posibilitan decir que la recuperación ha sido en forma de V, tomando menos tiempo de lo esperado.
Cierta bajada de guardia, o mejor dicho espíritu de complacencia ha comenzado a envolver a diferentes actores, sin importar su lugar de pertenencia geográfica. En definitiva, las emociones y la necesidad de buenas noticias son patrimonio universal de la humanidad.
Pero bajo esta realidad, ¿todo lo que reluce es oro? ¿O no estaremos todavía en presencia de un proceso de reconstrucción alimentado por medidas extraordinarias de índole temporal, financiadas por las grandes tesorerías del mundo? ¿Y no permanecerán aún las rajaduras que ayudaron a la irrupción de la crisis reciente, donde mostraba un mundo dividido en países con saldos excesivos en sus cuentas corrientes de signo diferente? Y en ese caso, ¿la dinámica de América Latina no será en buena parte más un apéndice del crecimiento de Asia, que una consecuencia del fortalecimiento de su mercado doméstico? Si a esto se le agrega que su inversión es financiada mayoritariamente con ahorro externo, dado que el propio es insuficiente, entonces se refuerza la idea de la enorme dependencia que los eventos externos imponen sobre sus economías.
La mayoría de estas interrogantes tienen respuesta positiva, lo cual propone escenarios cuya manifestación primera será la recurrencia de algún episodio de crisis, esperemos que focalizado; una merma en el nivel de actividad y, la confirmación que la cicatrización total de lo acontecido recientemente llevará su tiempo.
DETRÁS DE LA REALIDAD. La desocupación sigue flagelando al mundo desarrollado. El consenso muestra que permanecerá en Estados Unidos a niveles cercanos al 10%, a pesar que su crecimiento económico converge hacia sus niveles históricos. Esto abre otra interrogante respecto a si corresponde a aumentos de productividad desatados por la crisis, o simplemente que la economía aprovechando las circunstancias se va desprendiendo de aquellos sectores donde su viabilidad económica ya estaba echada de antemano. Cualquiera fuera la respuesta, eso impone consecuencias políticas que pueden traducirse en proteccionismo.
Tampoco existe consenso de cuándo y cómo comenzar a retirar el paquete fiscal y monetario extraordinario. Aquí se está en presencia de un caso típico de asimetría en la ejecución de la política: expandir es relativamente fácil. Como lo indica el arte de la guerra, las retiradas son las operaciones más difíciles y riesgosas. Al momento, no hay idea cierta de qué hacer salvo que aún es prematuro. Seguramente lo que se haga pertenecerá al campo de la prueba y el error, lo cual por definición es un llamado a una serie de efectos colaterales adversos, entre ellos el aumento de la volatilidad del financiamiento.
Por otro lado sigue abierto el debate de si China es un "manipulador" de su tipo de cambio como forma de ganar competitividad a expensas del resto del mundo, en particular con Estados Unidos. De ser así, podrían sugerirse sanciones por parte de la administración americana, cuyo denominador común es el proteccionismo bajo diferentes modalidades.
Para agregar más disonancias al tema, la academia no tiene una opinión común. Según la definición del tipo de cambio de equilibrio entre el dólar y el yuan utilizado, la sobre valuación estimada del dólar va desde el 12 al 40 por ciento. Si el extremo inferior de ese rango fuera la marca de la distorsión imperante, ajustes de productividad relativa y movimientos en los precios domésticos de ambos países bastarían para zanjar el desequilibrio. El tema es si la opinión se vuelca hacia el otro extremo: zanjar una brecha del 40% en los costos relativos entre dos países pone al desafío en una dimensión diferente, seguramente cargada de efectos adversos.
De tanto en tanto el tema adquiere voltaje político al más alto nivel entre ambas administraciones, marcando territorio. Cada cual da sus razones en defensa de su postura actual. Cuando la discusión se caldea, y parece llegado el momento de irse a las manos, la cordura impera. Es la mejor prueba que el problema sigue latente, que no tiene una interpretación única y que su resolución es difícil. Pero eso no implica que desaparezcan las distorsiones que de alguna manera ayudaron a prohijar la crisis reciente. Solamente se trata de reconocer que es más barato seguir conviviendo con ellas, que meterse en la resolución de un tema sobre el que aún no hay consenso en su instrumentación y donde una falla en ese proceso puede desatar una nueva ronda de problemas.
Los acontecimientos recientes en Grecia muestran que continúa una serie de restricciones latentes en materia de disipar crisis que tienen o pueden tener consecuencias internacionales serias. En primer lugar, sigue en el mundo de las buenas intenciones la puesta a punto de mecanismos adecuados para tales propósitos. La postura de la Unidad Europea, y en particular de Francia y Alemania, agrega una dimensión política al tema que diluye al multilateralismo como mecanismo para facilitar una salida. Su renuencia inicial a la participación del FMI en asesorar en la búsqueda de una salida, es una prueba contundente. En la práctica estaríamos en presencia de una suerte de multilateralismo donde el G7, en particular su segmento europeo, tiene mayoría y está destinado principalmente a asistir a los países en desarrollo en un evento de crisis. A pesar de la premura que imponen las circunstancias actuales para resolver la crisis griega, el eurocentrismo en el manejo de temas de potencial implicancia internacional intenta resurgir siempre que puede. Y así será difícil diseñar una nueva arquitectura financiera internacional con el objetivo de disminuir el riesgo de recaer en crisis y de ser necesario tener a mano mecanismos idóneos de salida. En suma, salvo modificaciones cosméticas, seguimos en la materia con representatividad política y reglas operativas pertenecientes a un mundo que ya fue, donde Europa está exageradamente sobre representada en detrimento de los países emergentes.
Como efecto colateral de la crisis griega aún no resuelta, se escucha cada vez de manera más reiterada hablar de los riesgos del contagio. Un detalle no menor es que la banca alemana está expuesta excesivamente en ese país, y en particular en líneas de crédito a su sector bancario. Días pasados hubo episodios virulentos de retiros masivos de depósitos en bancos griegos. Pasar de la iliquidez a la insolvencia es un camino corto. Y la pérdida de confianza es una categoría que no tiene fronteras, menos en el mundo financiero. El ejemplo vale, para entender el daño que puede generar un episodio de crisis en una economía pequeña, en un mundo cargado de rémoras de una crisis global aún no resuelta.
Eso nos conduce a nuestro último punto. Un mundo caracterizado por episodios de volatilidad, con irrupciones de riesgos inesperados es el marco adecuado para que la aversión al riesgo aumente. A su vez, con el paso del tiempo en los países desarrollados las expectativas de inflación se fortalecerán, lo cual se traducirá en un alza en las tasas de interés.
Ambos efectos conjugados son algunas de las condiciones necesarias para que se genere una reversión del financiamiento abundantemente del que hoy gozan las economías emergentes.
CONCLUSIÓN. Frente a todas esas alternativas hay que mantener la guardia en alto, pensando que la bonanza puede ser pasajera. O que al menos algún episodio de volatilidad está acechando atrás del horizonte. Una manera de protegerse y aprovechar los buenos tiempos es privilegiar la inversión antes que el consumo. Es la manera de convertir una bonanza que puede tener una dimensión transitoria en algo de carácter permanente.