Los líderes del G8 que se reunieron hace unos días en Camp David volvieron a dejar la impresión que hay una gran distancia entre que deseen el crecimiento de las economías desarrolladas, y lo que pueden realmente hacer para que ello ocurra. El comunicado final de la reunión ha sido una declaración de deseos que desnuda la incapacidad que desborda a los jerarcas de las naciones más poderosas, para sortear la situación económica y financiera más crítica que han vivido en las últimas ocho décadas. Obama, en plena carrera electoral, aprovechó para centrar sus opiniones en lo que ocurre fuera de Estados Unidos, un país que vuelve a tener un crecimiento lento y con muy limitada generación de empleos. Acompañó al resto de los mandatarios de la línea que ahora refuerza el nuevo presidente francés, el socialista Francois Hollande, que se distancia de la solución natural que tendrá la crisis de Europa y que es la que ve la canciller alemana Angela Merkel, para simplemente expresar deseos sin aportar soluciones. El comunicado final de la reunión expresa el deseo de que Grecia no se aleje del grupo del euro y que es necesario que reaparezca el crecimiento económico.
SITUACIÓN COMPLICADA. Desde hace tiempo, Europa es la expresión del capitalismo solidario. Democracias políticas, desde el punto de vista económico complementan a la opción del mercado con fuertes intervenciones estatales para cubrir más que un mínimo bienestar de quienes no son alcanzados totalmente por los beneficios de una economía capitalista. La socialdemocracia es la expresión más acabada del deseo de todo europeo y ha sido ejemplo tomado en países del tercer mundo como alternativa a la "deshumanizada" expresión de un capitalismo más intensamente aplicado en Estados Unidos. Hasta en nuestro país se ha hablado mejor de los regímenes económicos europeos que del norteamericano, al que se le ha criticado a partir de una no desapasionada comparación política. Pero hoy, tras la crisis de las hipotecas y luego la provocada por la quiebra de Lehman Bros., a las que muchos calificaron como la estocada final al sistema de mercado, también a las naciones socialdemócratas europeas se las ha herido de tal manera que reavivarlas de una manera indolora es imposible. Peor aún, la herida impide que se vuelva a la base: la solidaridad económica.
LAS MEDIDAS. Para solucionar problemas económicos, los países generalmente emplean a la política monetaria, a la fiscal y a la política cambiaria. Desde 2007 Estados Unidos ha aplicado medidas monetarias y fiscales expansivas. Se ha reducido prácticamente a cero la tasa de interés y se ha ido a la "expansión cuantitativa" de dinero para estimular el gasto interno e impulsar el crecimiento de la producción. Con igual propósito se han reducido impuestos personales y empresariales. Pese a esas medidas y a la consecuente debilidad del dólar a la que ellas llevaron y que es también apropiada para el crecimiento de la producción, la expansión ha sido muy lenta y el alto desempleo, que llegara a dos dígitos, se mantiene hoy en 8,1%, nivel que hace más de cincuenta años no tenía.
En Europa la economía está en recesión. Se han tomado también medidas sumamente expansivas desde el punto de vista monetario, pero no así desde el punto de vista fiscal. Aumento de impuestos pero fundamentalmente disminución del gasto público, ante déficits nacionales que en varias naciones llegan a superar los dos dígitos en relación con la producción de bienes y de servicios y una deuda pública altísima impiden continuar con una política fiscal expansiva y la revierten a tener que ser contractiva. Ello, en momentos de recesión sea por causa o consecuencia, desata crisis sociales y cambios de gobierno de administraciones socialistas a centristas (España) o de centristas a socialistas (Francia). Y peor aún, se agravan los obstáculos para que crezca la economía. No aparece la salida de la recesión de manera rápida y sí se intuye una salida muy dolorosa que tardará varios años en concretarse.
El caso de Grecia está en el centro de la consideración general. Es un problema insoluble con la mezcla de políticas económicas que hoy dispone y solo el paso del tiempo traería la solución natural que será lentísima, cruenta y difícil de soportar por cualquier administración política. La solución natural no es otra que el aumento del desempleo y con el hastío de la desocupación extensa, la aceptación de salarios nominales menores que devuelvan competitividad a la producción griega para poder crecer. Se trata de una nación insolvente que por su pertenencia a la eurozona carece de políticas monetaria y cambiaria propias para aplicar expansivamente y que debe llevar adelante un manejo fiscal necesariamente contractivo. ¿Cómo podría Grecia financiar una expansión del gasto público o bajar los impuestos para apuntalar el crecimiento si no tiene quien le financie su ya impresionante déficit fiscal actual? Solo yéndose del grupo, adoptando un nuevo dracma con el cual financiar el déficit fiscal llenando a la economía con dicha moneda y generando alta inflación y una gran devaluación, así como una notable caída del salario real. Se recuperaría, de golpe, un realismo que hoy rehuye y al que tardaría mucho en acercarse naturalmente. Un choque doloroso del que se recuperaría más rápidamente que seguir, como hoy, con la piedad transitoria de los restantes países del grupo y de nuevos rechazos de pagos de deuda como los que ha realizado este año. La situación griega es contagiosa. La renuncia al euro agregaría problemas al sector financiero de la eurozona, que se sumarían a los que ya vive España, por ejemplo, ante su recesión y su alto desempleo. Bancos en problemas, el cuarto estatizado y a dieciséis que se les baja su calificación de riesgo, enfrentando retiros importantes y negativas o dilatorias a entregar sus cuentas a depositantes que las reclaman cada vez con mayor intensidad. Tampoco España entonces, tendrá una salida rápida de la crisis y tras la probable salida de Grecia del grupo del euro quizás se comience a hablar de una probabilidad mayor que también España u otros periféricos le sigan.
POCA IMAGINACIÓN. Ante estas situaciones, es poca la imaginación de los líderes mundiales demostrada en Camp David para aportar soluciones económicas. Como también es poca la valentía para ir a soluciones más allá de las convencionales, como lo sería reconocer que el gasto público, por más fin social que tenga, tiene su costo, que los déficits permanentes hacen reconsiderar su disposición a hacerlo, a quienes les financian. En el fondo, Angela Merkel tiene razón: no es momento de pedir medidas de reactivación que no tengan financiamiento, como renovó esta línea en Camp David el presidente francés. Después de todo ser socialista como Hollande requiere también, tener responsabilidad para dar soluciones factibles de concretar.