PAUL KRUGMAN | DESDE NUEVA YORK
Al ver lo que pasa como política económica responsable en estos días, una analogía me sigue llegando a la mente. Sé que es desmedida, pero de todas forman la voy a decir: la elite política -directores de bancos centrales, ministros de finanzas, políticos que se presentan como defensores de la virtud fiscal- está actuando como los sacerdotes de algunos cultos antiguos, exigiendo que participemos en sacrificios humanos para apaciguar la ira de dioses invisibles.
¡Hey! Les dije que era desmedida. Pero acompáñenme un poco más.
A finales del año pasado, el conocimiento popular de política económica tomó un giro abrupto a la derecha. Aunque las principales economías del mundo apenas empezaban a recuperarse, aún cuando el desempleo siguió siendo desastrosamente elevado en gran parte de Estados Unidos y Europa, la creación de puestos de trabajo ya no figuró en la agenda. En cambio, se nos dijo, los gobiernos debían enfocarse en la reducción de los déficits presupuestales.
Los escépticos señalaron que recortar el gasto cuando la economía está deprimida no ayuda a mejorar la perspectiva presupuestaria de largo plazo y, de hecho, tal vez la empeore al deprimir el crecimiento económico. Pero los apóstoles de la austeridad -algunas veces llamados "austeros"- descartaron todo intento por sacar cuentas. Los números no importan, declararon: se necesitan recortes inmediatos para frenar a los "vigilantes de los bonos", los inversores que darían la espalda a los gobiernos manirrotos, incrementando el costo de su deuda y precipitando una crisis. Vean a Grecia, afirmaban.
Los escépticos contraatacaron con que Grecia era un caso especial; un país atrapado porque integra la eurozona, lo que lo condena a años de deflación y estancamiento independientemente de lo que haga. Las tasas de interés pagadas por las naciones más grandes con moneda propia -no sólo Estados Unidos sino también Gran Bretaña y Japón- no mostraron señales de estar al borde de un ataque de los vigilantes de bonos, ni siquiera de que existieran.
Esperen y verán, dijeron los austeros: los vigilantes de los bonos tal vez sean invisibles, pero deben temerse todo el tiempo.
Fue un argumento raro incluso hace algunos meses, cuando el gobierno de Estados Unidos podía endeudarse a diez años con una tasa de interés de menos de 4%. Se nos decía que era necesario claudicar en la creación de empleos, infligir sufrimiento a millones de trabajadores para satisfacer exigencias que los inversores de hecho no estaban haciendo, pero que los austeros afirmaban que harían en el futuro.
Pero el argumento se ha hecho aún más raro recientemente, conforme se ha esclarecido que a los inversores no les preocupan los déficits; les preocupan el estancamiento y la deflación. Y han estado señalando esa inquietud al reducir, y no aumentar, la tasa de interés del servicio de la deuda de las principales economías. A mediados de mes, la tasa de interés de los bonos estadounidenses a diez años apenas fue de 2,58%.
Entonces, ¿cómo enfrentan los austeros la realidad de tasas de interés en caída, no en aumento? La última moda es declarar que hay una burbuja en el mercado de bonos: a los inversores realmente no les preocupa la debilidad económica; simplemente se están dejando llevar. Resulta difícil transmitir el gran descaro de este argumento: primero se nos dijo que debíamos ignorar los fundamentos económicos y obedecer las órdenes de los mercados financieros; ahora se nos dice que debemos ignorar lo que esos mercados realmente están diciendo porque están confundidos.
Ahora usted entiende por qué pienso en términos de cultos extraños y salvajes que exigen sacrificios humanos para calmar fuerzas no vistas.
Y sí, hablamos de sacrificios. Cualquiera que dude del sufrimiento que se causa al recortar el gasto cuando la economía es débil debería ver los efectos catastróficos de los programas de austeridad de Grecia e Irlanda.
Tal vez esos países no tuvieron otra opción, aunque vale la pena señalar que todo el sufrimiento que se está imponiendo a su población no parece haber ayudado a mejorar la confianza de los inversores en sus gobiernos.
Pero en Estados Unidos sí tenemos opción. Los mercados no están exigiendo que abandonemos la creación de empleos. Al contrario, parecen estar preocupados por la falta de acción, por el hecho de que, tal como lo dijo Bill Gross, del gigantesco fondo de bonos Pimco, nos estamos "acercando al fin de los estímulos" los que, según advierte, "se alentarán a paso de caracol, incapaces de proveer suficiente creación de empleos".
Dado todo lo anterior, pareciera casi superfluo mencionar el insulto final: por supuesto, muchos de los austeros más vociferantes son hipócritas. En particular, vea la rapidez con que los republicanos perdieron interés en el déficit presupuestario cuando fueron criticados por el costo de conservar reducciones fiscales para los ricos. Pero eso no les impide que sigan pasando como críticos de los déficits cada vez que alguien propone hacer algo para ayudar a los desempleados.
Entonces, esta es la pregunta que me hago: ¿Qué se necesitará para romper la influencia de este cruel culto sobre la mente de la elite política? ¿Cuándo, si acaso, volveremos a la tarea de reconstruir la economía? THE NEW YORK TIMES