Una guerra que no parece ser tal

JORGE CAUMONT

Los países desarrollados bregan por reanimar sus economías y mejorar el empleo. Cuando el desempleo es bajo existen chances de preservar posiciones políticas. Economías estancadas o en receso sólo ayudan a la oposición como bien lo sabemos. Bush padre perdió la reelección ante Clinton por la recesión económica; Sarkozy derrotó al socialismo francés por los magros resultados de la era Mitterrand y Piñera a Frei por el estancamiento del Chile de la Concertación. Cuando los políticos no dan satisfacción a lo que los votantes desean y afectan su empleo y su ingreso, éstos se vuelcan a otra alternativa. Si el estancamiento y el "double dip" vuelven a las economías desarrolladas, la pérdida de apoyo a Obama para una reelección o a los delfines de Sarkozy, Berlusconi y Rodríguez Zapatero, o al propio conservador David Cameron, pese a su alianza con los liberales, les hará entregar el poder a la oposición.

Los líderes mencionados buscan entonces, por todos los medios, la recuperación económica en el contexto de una situación difícil como algunos heredaron. Y para ello emplean las políticas que tienen a disposición: la monetaria, la fiscal y la cambiaria. Al flotar sus monedas, los países desarrollados no pueden directamente devaluarlas o revaluarlas. Pero en el intento por lograr la recuperación económica y hacerla más rápida, utilizan instrumentos que indirectamente sí modifican la paridad de sus monedas. En los últimos tres meses el dólar ha sufrido su devaluación más pronunciada en una década y, por ello han surgido denuncias de "guerra cambiaria". A pesar de ello Estados Unidos y Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, ven que sus monedas no se han depreciado tanto frente al yuan y critican a China. Brasil, por su parte, encuentra competencia comercial desleal de Estados Unidos y le reclama que no deje caer al dólar para ganar competitividad afectando a los países emergentes. Otros reclamos van en igual sentido.

¿HAY GUERRA? La reunión en Washington del FMI centró las discusiones de los 187 países miembros, incluido Uruguay, en la necesidad de coordinar las políticas cambiarias, estrategia cuyo diseño finalmente quedó a cargo del Grupo de los 20 -constituido por las principales economías desarrolladas y emergentes del mundo- que se reunirá el mes entrante en Corea. El comunicado final de la reunión señala la vulnerabilidad de la economía global debido a los flujos de capitales volátiles -especulativos-, a las oscilaciones de los mercados cambiarios que ellos provocan y al creciente volumen de reservas que obligan a comprar a algunos países para evitar la apreciación de sus monedas. "El papel del G-20 en el mundo postcrisis" era el tema original y único de la reunión de Seúl, hasta la que finalizó hace ocho días en Washington. Ahora, el tema fundamental es el de la necesaria colaboración entre las naciones para evitar una "guerra cambiaria".

Pero, ¿es verdad que hay guerra?, ¿o la apreciación de numerosas monedas frente al dólar y al euro se debe a otras circunstancias, a otras políticas incluso las que siguen recomendando el FMI y los participantes de la reunión de Washington que afirman la conflagración cambiaria? Observando el panorama general se debe concluir que, efectivamente, en general y salvo excepciones de algunas monedas, el dólar se deprecia. Sin embargo, en un país como Estados Unidos o en el grupo de dieciséis países que comparten al euro y a una única entidad que puede emitir dinero -el Banco Central Europeo-, sus monedas flotan libremente. Sus autoridades monetarias no intervienen comprando o vendiendo moneda extranjera para mantener, apreciar o depreciar los tipos de cambio. Es el mercado el que en el contexto monetario y fiscal -que todos los países recomiendan a los desarrollados- opera para que ello ocurra.

La recesión que han vivido los países líderes y en particular Estados Unidos y los de la Eurozona, han obligado a emplear -reitero que con el beneplácito mundial- políticas fiscales y monetarias sumamente expansivas. El propósito fundamental ha sido y sigue siendo, por un lado, estimular el gasto público -lo que ha llevado a déficits fiscales sin precedentes- para movilizar la declinante producción. Y, por otro, desestimular el ahorro e impulsar el consumo privado y la inversión privada para lo cual han reducido primero, mantenido hasta hoy, y seguirán por un largo tiempo en adelante, bajísimas tasas de interés, las más bajas históricamente: 0-0,25% anual en Estados Unidos; 1% el Banco Central Europeo y 0,5% el de Inglaterra. Tan bajas tasas de interés implican fuertes expansiones de la cantidad de dinero en circulación -no tanto de medios de pago- e incentivan el "carry trade" y la depreciación consecuente de las monedas de esos países. Brasil tiene una tasa de interés básica, la Selic, de 10,75% por lo que resulta atractivo traer dólares a nuestro vecino, cambiarlos por reales y colocar esos reales a tasas más redituables que en los países desarrollados. En algún momento, que no es aún cercano, recogerán la ganancia y volverán a sus lugares de origen. Hoy, el retorno no es aún conveniente porque las tasas en origen seguirán siendo reducidas por mucho tiempo. El diferencial de tasas de interés de los países emergentes con los desarrollados -más altas en los primeros- es lo que estimula los flujos de capitales volátiles -especulativos, de los que se hablara en la reunión del FMI- que, como corolario aprecian a las monedas de los emergentes, deprecian a las de los desarrollados y restan competitividad a sus producciones transables, como también se hablara en esa reunión. También las inversiones extranjeras directas y la propia desdolarización, por igual motivo que en el carry trade, aprecian a las monedas locales y son inversiones bienvenidas por ellos.

SIN INSTRUMENTOS. En definitiva, no hay "guerra cambiaria". La depreciación de las monedas fuertes y del dólar en particular y la apreciación de las monedas de los emergentes, son corolario de los instrumentos naturales que tienen los países desarrollados para lograr el sustento de la recuperación económica que todos los países, no solo ellos, desean. Pero si, por un lado, se promueven políticas monetarias y fiscales expansivas para recuperar a la actividad y, por otro lado, se busca evitar la apreciación de las monedas de los países emergentes y restarle depreciación al dólar, estaremos frente a objetivos incompatibles y entonces sí, será necesario descubrir un nuevo antídoto ante el fracaso de la expansión fiscal y monetaria de los países desarrollados para hacerles crecer y con ellos al mundo, sin que sus monedas se devalúen. Sin duda los países emergentes deben, por su lado, encontrar las razones por las cuales sus tasas de interés son tan atractivas y fomentan la apreciación de sus monedas. Tal vez en ese caso encuentren que sus políticas fiscales deben ser mucho menos expansivas de lo que hoy ocurre.

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