UE: lecciones para el Mercosur

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CARLOS STENERI

El escenario europeo actual pasará a la historia como una de las etapas hacia el ocaso de los experimentos profundos de integración política y económica a nivel regional. La Unión Europea intentó ese camino cargada de esperanzas una década atrás, cuando decidió crear una moneda común y renunciar a la soberanía monetaria. Era un paso que trascendía la fórmula tradicional de crear un espacio comercial ampliado y una red regional de infraestructura y energética, cohesionando naciones diversas en la búsqueda de un objetivo de prosperidad común. Pero el experimento entró en crisis, ante la incapacidad de instrumentar soluciones para una realidad de dificultades de índole relativamente menores que empezó un par de años atrás y que ahora arriesga con arrastrar a Italia, su tercer socio en importancia. En definitiva, consideramos que estamos en una bifurcación histórica que pone en tela de juicio las visiones de integración ciclópeas que intentan aglutinar naciones con estadios de desarrollo y culturas diferentes.

Como siempre ocurre, las constataciones de las fragilidades o las contradicciones en el funcionamiento del sistema aparecen en las situaciones de estrés impuestas por las crisis. O dicho de otra manera, éstas son consecuencia de sus limitantes que florecen en episodios de fuerte inestabilidad muchas veces por causas fortuitas ajenas. Como consecuencia se pierde la credibilidad en el sistema, su capacidad de resolver las crisis sin fracturas y su viabilidad.

FRAGILIDADES. La viabilidad del euro se apoyaba en la creación de un Banco Central encargado casi exclusivamente de cumplir un objetivo inflacionario y proveer liquidez al sistema financiero bajo reglas estrictas. Por otro lado, la autodisciplina fiscal de los Estados miembros, contenida en una regla preestablecida pero etérea de no superar el 3 por ciento de déficit respecto al PIB, actuaba como el cerrojo de la consistencia macroeconómica Era un paso previo a la renuncia total de la soberanía fiscal aunque, de todos modos, una decisión en la dirección correcta. Pero vale mencionar como anécdota que quienes se suponía iban a salvaguardar la regla -Francia y Alemania- fueron los primeros en violarla argumentando causas de fuerza mayor.

Con ambas reglas se intentaba proteger al sistema de los desequilibrios del sector público, pero haciendo poco para prevenir aquellos originados por los flujos financieros entre países canalizados a través del sector privado. Por las razones que fuera, dentro de la Unión Europea se fueron conformando dos conjuntos de países: uno liderado por Alemania con saldos positivos en su cuenta corriente explicados por aumentos de exportaciones y de capital. Como contrapartida, otros acumularon saldos negativos que se fueron convirtiendo en saldos de endeudamiento crecientes. Esa realidad fue la que financió un torrente creciente de exportaciones de Alemania hacia el resto de la Unión Europea, generó burbujas inmobiliarias y expuso excesivamente al sistema bancario acumulando créditos incobrables o deuda soberana. En realidad, los problemas de hoy provienen en su mayoría de desbalances generados en el sector privado que, en muchos casos, fueron traspasados al sector público a través de los mecanismos de rescate implementados.

La única escapatoria hubiera podido ser que la parcela de la Unión Europea deficitaria hubiese tenido la posibilidad de acumular balances positivos con el Resto del Mundo. Pero la fortaleza del euro frustraba esa alternativa.

SOLUCIÓN DE LA CRISIS. La incapacidad para resolver crisis es una de las falencias extremas de la Unidad Europea. Lidiar con situaciones extremas expone las virtudes y las debilidades de cualquier realidad. En este caso, la realidad europea luce desnuda. Después de casi dos años de marchas titubeantes, los resultados fueron magros en el marco de una situación que se deteriora aceleradamente. Por el lado positivo, los bancos europeos parecen haberse afirmado gracias al apoyo del Banco Central Europeo, que ante la necesidad se extralimitó en sus funciones.

Y de ahí en más, lo que hay para mostrar es poco y cada vez más preocupante. De aquí proviene la pregunta del millón. La realidad actual, ¿es fruto de la incapacidad o de la imposibilidad de instrumentar las medidas necesarias dadas las restricciones políticas domésticas de cada uno de los socios? Nos inclinamos más por lo segundo por lo que, de estar en lo cierto, podemos concluir que el sistema tal como está concebido, está herido de muerte.

Si fue difícil eliminar la soberanía fiscal, por hecho o por derecho, qué puede quedar entonces para la creación o funcionamiento de un sistema de resolución de crisis supranacional que entre sus cometidos puede estar la imposición de políticas que van en contra de la voluntad de los ciudadanos de una nación en problemas. En estos días, los episodios de Grecia e Italia son sintomáticos. En ambos casos por la vía sutil de los gestos, las declaraciones y a veces hasta con presiones directas se pide públicamente la remoción de sus cabezas de Estado. Sin duda, estamos ante una realidad que no es estable políticamente y se encuentra en el punto neurálgico de la resolución de una situación de emergencia. Es como si ante la eventualidad de un naufragio, ni el liderazgo ni las reglas a cumplir están bien definidos. A lo que puede sumarse el desacato de algún tripulante en cumplirlas.

Ver en estos días a la arrogante Europa indecisa y mezclando la resolución de sus problemas en los vericuetos anodinos de la reunión del G20 en Cannes, es una muestra de los extremos a los que se ha llegado.

EL FUTURO. El resto de la comunidad internacional, aparte de su impaciencia creciente por el giro que han tomado los hechos, luce desconcertada. El FMI más que brindar el consejo técnico, es impotente para comprometer recursos sustanciosos.

Sin duda, Alemania es parte de la solución pero, también, del problema. Es quien cuenta con los recursos necesarios para apalancar una salida donde la liquidez es indispensable para generar confianza. Pero al mismo tiempo, es quien durante todo este tiempo ha continuado prosperando a través de sus exportaciones que empujan el crecimiento. Esa realidad amortigua las urgencias y genera prescindencia. Pero también establece una regla más sutil pero importante: el ritmo y las características de la salida la imponen siempre el o los socios mayoritarios.

Aquí nos adentramos en un aspecto de los mecanismos de integración poco incursionados. Generalmente, el análisis tradicional mira las ventajas netas en términos de desvío o generación de comercio, pero prescinde de un enfoque más amplio donde se tiene en cuenta cómo se descargan los costos de la resolución de una crisis dentro del esquema de integración regional.

Por lo que vienen mostrando los hechos, el peso económico que se traduce en peso político no está ajeno al tipo de propuestas ni tampoco al ritmo de su implementación. También cohabitan los "free riders" que llegado el momento y aprovechando la regla de la unanimidad miran para el costado o llegan incluso a oponerse frontalmente a la estrategia que vienen diseñando las mayorías. Países pequeños y distantes del problema como Finlandia y Eslovenia, son el ejemplo más reciente.

A manera de conclusión, mucho de lo que estamos viendo es un banco de pruebas irreemplazable para conocer las dinámicas probables en esquemas de integración como el Mercosur ante eventos similares.

Sin duda, la realidad europea muestra que las naciones más pequeñas, son las que al final del día están segregadas de las grandes decisiones, en particular cuando de resolución de crisis se trata. Si bien la geografía manda, es un error amplificar esa realidad participando en mecanismos de integración extremos, o no buscando alternativas a través de tratados de libre comercio bilaterales que alivien la fuerte dependencia regional en lo económico y en lo político.

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