JORGE CAUMONT
Hacia el final de 1998 se decía que el entonces ministro de Hacienda del gobierno brasileño de Fernando Henrique Cardoso, Pedro Malán, le había informado al gobierno uruguayo que no devaluaría al real. La moneda brasileña estaba, en ese momento y desde hacía ya no menos de año y medio, muy presionada a la baja por problemas de competitividad, de déficit fiscal y de cuenta corriente. Con similares problemas, varios de los países del sudeste asiático habían devaluado sus monedas desde el último cuarto de 1997 hasta el primer trimestre de 1998 y, no menos importante antecedente, en agosto Rusia había tenido su gran crisis con default de parte de la deuda incluido.
Todos estos países, como Brasil entonces, tenían además un fuerte déficit del comercio de bienes y de servicios y las reservas declinaban. En ese entonces la autoridad monetaria brasileña tenía un sistema cambiario que consistía en fijar al comienzo de cada año una "banda ancha" de flotación del tipo de cambio para todo el año y varias minibandas de flotación mensuales. El límite superior de la minibanda de diciembre de cada año coincidía con el límite superior de la banda ancha fijada, en enero, para todo el año. Cuatro semanas después del momento que Malán habría afirmado que no se devaluaría el real, el Banco Central do Brasil (BCB) decidió dejar de usar las minibandas y dejar flotar al tipo de cambio en la banda ancha que pocos días antes, al comienzo de enero, había definido para que se moviera el dólar hasta fin de 1999. El límite del que se partía el 1º de enero era 1,20 reales por dólar y al que se llegaría al finalizar el año, al 31 de diciembre de 1999, era 1,30 reales por dólar. En la tercera semana de enero, al eliminar las minibandas el real se devaluó y el dólar se cotizaba al tope de la banda ancha, o sea, el tipo de cambio que se esperaba para el final de 1999. Para evitar subas por encima de ella, el BCB vendía reservas a ritmo acelerado y el bajo nivel al que llegó su stock de activos externos disponibles le obligó a dejar de lado el compromiso de honrar el límite superior y el dólar comenzó a flotar libremente. En poco tiempo el tipo de cambio pasó de 1,20 a 2,15 reales. Nuestra política cambiaria -muy atada en ese entonces a la convertibilidad del un dólar por un peso argentino del momento y a la política cambiaria brasileña- no varió -como tampoco la argentina-, a pesar de la fuerte devaluación en el país vecino y nuestra recesión se extendió por varios años más, hasta culminar con la crisis financiera de 2002.
NO ES LO MISMO. Hoy se teme que Brasil devalúe y afecte nuevamente a Uruguay que tiene al gigante norteño como su principal comprador de mercaderías, como un creciente cliente por servicios -turismo, financieros, etc.- y como comprador de empresas, campos y otros activos uruguayos de significación económica y financiera. Se le adjudica algún anuncio de devaluación, según supe, a Dilma Rousseff, la presidenta electa, que la habría implícitamente admitido en alguna de sus poco creíbles declaraciones, al menos para el mercado financiero internacional que lo refleja en sus respuestas a los títulos de deuda, futuros, opciones y acciones de Brasil. Hoy, sin embargo, Brasil no vive la situación de 1998. Por el contrario, pasa por una muy diferente, lo que nos hace pensar que no devaluará, algo que, debemos tener presente, tampoco anticipan los analistas del vecino país.
Es cierto que el real se ha apreciado fuertemente en estos años por las exportaciones de mercaderías -siempre superando a las importaciones desde 1998-, y por el ingreso de capitales por inversión extranjera directa y por el carry trade (inversiones financieras externas impulsadas por diferencial de tasas de interés). Las importaciones en fuerte ascenso tanto de mercaderías como de servicios no alcanzan para absorber toda la moneda extranjera que ingresa al país desde hace años. El desequilibrio en la cuenta corriente de la balanza de pagos, es decir la diferencia entre las divisas que entran por exportaciones de bienes y de servicios y las que salen por igual motivo llega a algo más del 2,4% del PIB, y se espera que alcance a 58 mil millones de dólares a fin de año, cifra equivalente al 2,7% del PIB. Pero el ingreso de capitales señalado es y seguirá siendo por montos superiores al déficit anotado y ha obligado al BCB a comprar el exceso de moneda extranjera para evitar una mayor presión bajista sobre el dólar, lo que le ha llevado a acumular 300 mil millones de dólares en reservas internacionales. Reservas que, vale la pena señalar, serán usadas en sentido contrario ante una eventual presión devaluatoria, que solo puede propiciar alguna circunstancia externa. Por otra parte, la deuda pública brasileña se ha desdolarizado prácticamente, siendo la denominada en moneda extranjera, con vencimientos de largo plazo, del orden de 190 mil millones de dólares.
NO HABRÁ DEVALUACIÓN. Considerando los datos señalados y, adicionalmente, que el déficit fiscal no es aún comprometedor -la semana pasada se acordó entre Lula y Dilma reducirlo-, y teniendo en cuenta también la continuidad de bajísimas tasas de interés en el resto del mundo y más altas en Brasil, se debe concluir que se mantendrá el ingreso de capitales, que los dólares abundarán y que, a pesar de todo, las exportaciones con buenos precios internacionales para los commodities, seguirán creciendo. No se debe tampoco olvidar la progresiva influencia que tendrá la explotación de los hallazgos petroleros de los últimos años, lo que podría provocar lo que se denomina la "enfermedad holandesa" (apreciación de la moneda y baja de la competitividad de la producción transable por los ingresos que genera un recurso nuevo).
Por esos motivos y porque en 1999 la situación de la deuda mostraba vencimientos en dólares acuciantes; porque también era dramático el bajo nivel de las reservas; porque el "atraso cambiario" era mayor y porque el déficit fiscal era también superior, hoy la situación no está para una devaluación. Hasta que no cambien las condiciones internacionales y fundamentalmente hasta que no suban las tasas de interés relevantes en los países desarrollados y en particular en Estados Unidos -que aprecien al dólar y hagan declinar el precio de los commodities-, Brasil no nos dará una sorpresa cambiaria. Sorpresa que lo sería también para los economistas brasileños que contestan la encuesta del BCB sobre expectativas macroeconómicas y que desde hace tiempo -desde antes y después de la elección de Dilma- prevén para finales de 2011 un dólar a 1,75 reales, levemente por encima de su valor hoy y menor en aumento relativo al que prevén para los precios al consumo. En definitiva, el rumor sobre lo que habría dejado entrever Dilma sobre una devaluación en Brasil, hoy, afortunadamente para nosotros, no está sustentado por los fundamentos macroeconómicos de nuestro vecino.