SERGIO ABREU
La respuesta de Uruguay a la combinación de sus relaciones de vecindad, el funcionamiento parcial y desequilibrado del Mercosur y la situación y alternativas de evolución de la economía internacional, debe tener tres componentes: el propio modelo de desarrollo, las relaciones de vecindad y una reactivación del Mercosur.
MODELO. El proteccionismo es un negocio que puede ofrecer beneficios a corto plazo, con costos a largo plazo. Para Uruguay no es una opción. Se debe defender la competencia en el mercado doméstico, pero siempre dentro de un esquema de economía básicamente abierta.
El crecimiento sostenido, posterior a la crisis financiera de 2002/2003, se basó en la exportación de materias primas agrícolas, productos agroindustriales y servicios y en el incremento de la IED relativamente diversificado sectorialmente. Ese "paquete" puede verse afectado por los efectos de la coyuntura económica internacional, pero superados estos, su combinación con exportaciones industriales a los mercados vecinos constituye un camino adecuado para aumentar la competitividad basada en disponibilidad de factores, ventajas comparativas dinámicas y condiciones de acceso a los mercados vecinos.
En los servicios vinculados a la economía del conocimiento y a la logística, Uruguay ha ganado una posición de liderazgo en la región en determinados segmentos. Parte de estos servicios pueden seguir creciendo sin fronteras y contribuir a dinamizar sectores de actividad más tradicionales.
El Gobierno tiene que resolver la situación coyuntural que combina un déficit fiscal difícil de reducir, presiones inflacionarias e incrementos salariales despegados de la productividad. Las restricciones a la solución de esos aspectos son fundamentalmente políticas y tienen su base en la debilidad del Poder Ejecutivo para enfrentar las presiones corporativas y sindicales.
VECINDAD. En la coyuntura actual y en el tiempo que vendrá, debemos administrar una mejor relación con nuestros vecinos, permanecer en el Mercosur y, al mismo tiempo, ganar autonomía en la orientación de nuestra economía y en las negociaciones de vecindad. Esto se logra mediante una estrategia firme y profesional que plantee una reactivación del Mercosur orientada a una nueva vecindad a mediano plazo.
Las relaciones bilaterales entre vecinos de diferente dimensión, que comparten raíces históricas, suelen ser complejas y variables. Con Brasil, en los últimos 50 años, las relaciones han marcado lógicas diferencias, mayormente en cuestiones puntuales, pero sin grandes altibajos salvo la devaluación brasileña de 1999. Por otro lado, las relaciones con Argentina han tenido un gran impacto tanto por la inestabilidad de la economía y por los cambios en su política económica y comercial como los que se avizoran en estos días después de la reelección de Cristina Fernández. La controversia por la inversión de Botnia en Fray Bentos marcó quizá el nivel más bajo en las relaciones bilaterales. Sin embargo, el fallo de la Corte de La Haya y el esfuerzo diplomático que condujo a la reapertura de los puentes sobre el Río Uruguay, ayudaron a mejorar el diálogo pero dejaron secuelas que repercuten directamente en temas bilaterales como el dragado de los canales de Martín García y, en especial, las construcciones portuarias comunicadas a la Argentina en el ámbito de la CARU.
En el comercio, el hecho que en el año 2010, aproximadamente un 30% de las exportaciones uruguayas se destinaran a Argentina (8,5%) y Brasil (21,1%), es un motivo para mantener la atención en esos mercados. Parte de las exportaciones industriales depende de la combinación de la admisión temporal de insumos, con reglas de origen que no exigen valor agregado o lo hacen con un tratamiento preferencial, y difícilmente tengan mercados alternativos. En consecuencia, resultan muy vulnerables. Uruguay debe mantener y mejorar su posición comercial con los vecinos pero, para reducir la vulnerabilidad, debería también ganar en competitividad en los rubros que puedan tener demanda en mercados alternativos y apoyar los sectores productivos que utilicen en mayor proporción la dotación de factores y/o creen ventajas comparativas dinámicas.
Un segundo factor de riesgo está en los servicios que dependen de la infraestructura y navegación y requieren de tránsito por Argentina o de decisiones argentinas sobre utilización de recursos compartidos en los cuales se avanza muy lentamente. También Argentina sigue siendo la mayor fuente de ingreso de turistas pero, sin descuidar el turismo argentino, la promoción del turismo internacional y regional puede atenuar la vulnerabilidad.
Un tercer factor es la dependencia de decisiones argentinas en materia energética que se manifiesta en las discusiones sobre el tránsito de la electricidad paraguaya por las redes argentinas y la lentitud de las decisiones para construir conjuntamente una planta de gasificación.
En el corto plazo, las medidas que aplica Argentina y las tendencias que se observan en la economía brasileña nos ubican, como enclave de economía abierta, en medio de estas conductas pero sí aplicar con mayor rigor una política de defensa de la competencia. La reciprocidad en el acceso a los mercados es el pilar de todos los procesos de integración actuales y pasados, y aunque Uruguay no pueda imponerla, es esencial para crear y mantener la equidad dentro del Mercosur.
MERCOSUR. Debemos aceptar que el Mercosur de hoy y del futuro previsible, va a estar dominado por las relaciones económicas entre Brasil y Argentina. Paraguay y Uruguay deben insertarse en ese contexto, por lo que una visión realista del futuro impone la convivencia con enfoques bilaterales y regionales de las relaciones económicas entre los cuatro socios.
En otras palabras, Uruguay debe contemplar tres aspectos: el político, el económico comercial y el institucional.
La definición política de los países sobre los compromisos de corto plazo y la orientación de mediano plazo del sistema de integración es la clave para que el Mercosur salga de la virtualidad y vuelva a la realidad. La base de las definiciones es el sinceramiento sobre qué disciplina están dispuestos a aceptar los países en sus relaciones económicas y qué intereses políticos están dispuestos a compartir.
En lo económico y comercial, se debería comenzar por acordar los aspectos que constituirían el núcleo del Mercosur. En él se ubicarían tres temas:
a) Compromisos de acceso a mercado que consoliden las corrientes de comercio prioritarias para los países y protejan la operación y desarrollo de cadenas productivas regionales. Se debería invertir el orden de la negociación: hoy se restringe el comercio primero y se negocia después; en el futuro se debería negociar sobre las restricciones al comercio antes de aplicarlas a los demás socios.
b) Programas de integración sectoriales o por segmentos productivos que mejoren la competitividad de la región y ofrezcan posibilidades ciertas de participación para los socios menores.
c) Incluir flexibilidades para negociar con terceros países que tengan en cuenta las diferentes estructuras productivas de los socios del Mercosur.
Por último, el tema de la seguridad jurídica se ha transformado en un pantano de incertidumbres. Y para recuperarla -aunque sea parcialmente- Uruguay debería, al menos, proponer competencias acotadas para el Tribunal del Mercosur con el compromiso de que sus laudos sean respetados e incorporados al derecho nacional de cada Estado Parte.
Aquí queda la propuesta como contribución a una Política Exterior de Estado. No podrá decirse que la crítica se plantea primero, pero llegará si el Gobierno no define qué es lo que quiere y lo consulta con todos los sectores del país.