JULIO PREVE FOLLE
Todo este tema de lo que la semana anterior llamamos la improvisación tributaria, ha dejado muy mal parado a un ministro de poco peso específico, ahora sostenido por aquello de que hay que apoyarlo porque podría venir otro peor, como señalan algunos productores. Ahora veremos cómo el gobierno sale de este galimatías tributario que se parece más bien al grito del tero, necesario para distraer la atención sobre temas más importantes que van quedando a la vera del camino sin resolver, para una administración que habla de todos los problemas y no encara ninguno. Lo que aquí ha ocurrido es quizás una cortina de humo para honrar desde la ideología, del olor a naftalina, a quienes dentro del gobierno han quedado desairados por temas de notoriedad. No estamos aquí frente a una contribución que se le pide al campo para encarar sus problemas de infraestructura; esto, de acuerdo a los valores que se han manejado es, como veremos, ridículo. Por otra parte no son las explotaciones rurales las que rompen los caminos o colman los puertos. En todo caso esto ocurre por el uso de toda la cadena de valor y, más aún, de los que lo agregan a partir de las materias primas. Pero no se trata tampoco de nada de eso.
ROBIN HOOD. Lo que hay aquí es una idea repetida que, para quienes están poco informados y se disgustan con el bien ajeno, resulta atractiva: saquémosle al campo simplemente porque le va bien y porque, según dijo el ministro erróneamente, tributa poco. En verdad, la suerte del sector agropecuario está confundida con la de los precios que obtienen sus productos, tanto aquí como en el exterior. No obstante habría que ser muy cuidadosos porque el crecimiento agropecuario se ha detenido, con la excepción por el momento de la lechería. Esto puede querer decir que aquellos precios no están absorbiendo incrementos de costos influidos casi todos ellos por políticas públicas: impuestos, tarifas, salarios y, en su componente de inflación doméstica, el retraso cambiario que, medido a través del índice de tipo de cambio real, nos sitúa en la peor relación de décadas, mucho peor que en los tempranos noventa. De manera que aun con precios buenos, con costos desbordados y una competitividad cada vez peor, señalar que el agro está bien es simplemente un error. A esto hay que sumar la mala calidad de las políticas públicas. Qué se entiende por calidad en este caso. No quiere decir que uno esté de acuerdo o en desacuerdo con ellas; simplemente quiere decir que son claras en sus objetivos -compartibles o no- y que utilizan instrumentos adecuados para conseguir esos fines. En este caso la mala calidad se manifiesta en que una semana se señala la necesidad de mantener una economía abierta, y otra se plantean restricciones a la importación, como ocurre en tantos productos del agro; una semana se plantea que la tributación debe basarse en la renta y luego se incrementa la correspondiente a la tierra; se quiere atraer extranjeros, para luego restringir sus operaciones; se quiere promover el mercado de capitales pero se ahuyenta a los grandes fondos que simplemente seguirán de largo. Esto es mala calidad de la política.
PAGAN POCO. Otro error es decir que el agro paga poco. ¿Con relación a qué? Es obvio que si el sistema se basa en la renta, si se sostiene que el agro paga poco es porque renta poco, no hay otra opción. Pero además hay que considerar que en este sector, solo en éste, se grava la tierra, con absoluta prescindencia, además, de lo que ella genera de renta. Por otra parte, se sostuvo cuando la inicua reforma tributaria, que el sistema debía tender a gravar más la renta que la tierra. Pues bien, ha ocurrido al revés. El MGAP publica anualmente lo recaudado por todos los impuestos del agro en los anuarios de Opypa. Siguiendo con paciencia esa historia, puede advertirse que, como consecuencia de lo realizado con la contribución inmobiliaria rural, en el año 2010 nuevamente, y como no ocurría desde hace años, los tributos a la tierra recaudaron más que los aplicados a la renta, lo que debería llamar a la moderación, porque ya es hoy la tierra el factor más gravado. Sí, es verdad que se paga menos -en términos de presión tributaria- que a comienzos de los noventa cuando el país debió enfrentar con valentía un ajuste fiscal determinado por circunstancias que no se parecen a las de hoy.
Dejando de lado la intención solo ideológica de gravar la tierra para detener su concentración, se ha hablado de quitar al sector para darle al Instituto Nacional de Colonización (INC), para mejorar la infraestructura, y para crear un fondo anti cíclico. Sobre lo primero -dar tierras al INC- se trata de un derroche de recursos y una confusión de roles: si hay que regalarle tierra a alguien por algún motivo político de dudosa legitimidad y probable politiquería (hasta hace poco había una foto de Sendic al entrar al INC), eso debe costearlo toda la sociedad, no un sector concreto. En cuanto al fondo anti cíclico, que no se hizo para la economía en su conjunto en el momento de bonanza, parece insólito reivindicarlo ahora. Y en cuanto a la infraestructura, si el impuesto que se va a incrementar es como se ha señalado de 4 dólares por hectárea, y para algunas extensiones, lo recaudado para este fin tal vez alcance para 20 km de ruta, un badén y dos alcantarillas. El camino para solucionar este tema ya está planteado y es el de las asociaciones público privadas, con capitales de dimensiones inimaginables para nuestro país, quizás solo para las AFAP, que deben ser atraídos y no perseguidos.
EL GASTO. Tampoco parece muy serio, cuando se ha incrementado el gasto como se lo ha hecho, cambiar el enfoque de la estructura tributaria por 60 millones de dólares más, sin apelar a generar estos recursos desde el ya legendario "espacio fiscal", considerando que esa cifra no llega ni a medio punto de IVA, y que la infraestructura se anunció se financiaría de otra forma.
Creo que se ha tratado de un estallido coyuntural, ojalá no más que eso, y espero que la sensatez prime en este momento, delicado para el agro porque puede estar en el albor de un período difícil. Y también subrayando que, dado el nivel de las tasas de interés mundiales, puede estar pasando el tren para que grandes fondos desembarquen para empujar la explotación del campo si no se enrarece el clima de negocios, más turbio por anuncios y polémicas públicas entre miembros del gobierno, que por realidades concretas.