CARLOS STENERI
El viejo paradigma por el cual se entiende que los temas financieros son prácticamente globales, que los comerciales transitan mayoritariamente por lo regional y que los políticos se mueven en el ámbito local, hoy confluye en un delta donde casi todo es global.
Aunque los movimientos de capital se realizan a la velocidad de la luz, los flujos comerciales se movilizan a la velocidad de los contenedores y los cambios políticos ocurren en los tiempos de los ciclos electorales de cada nación, la realidad muestra que todos esos factores tienen como denominador común a los grandes trazos de la globalización y ello es particularmente válido en el área económica.
Todo ello hace que la política no pueda actuar más en el coto cerrado que le impone la atención de las aspiraciones del electorado. Lo que desde hace tiempo era ya valor entendido para los países menos desarrollados, hoy también dice presente en los países industrializados.
Mirando a Europa, cinco gobiernos tanto conservadores como progresistas han caído desde el año 2010 (Reino Unido, Holanda, Irlanda, Portugal, y Dinamarca) a los que ahora, ya con más dramatismo, se agregan Grecia, Italia y recientemente España. En capilla está el gobierno francés del presidente Nicolas Sarkozy, quien enfrentará el veredicto de las urnas el año próximo, con perspectivas poco halagüeñas.
En definitiva, la crisis de la periferia europea es el último ejemplo de las contradicciones entre las finanzas globales y el ejercicio local de la política. Nada genera tanta urticaria política y demostraciones callejeras que el anuncio de recortes presupuestales. No hay nada que inquiete más a los inversores extranjeros asustadizos que un gobierno lanzado a instrumentar ajustes sin una hoja de ruta para el día después.
La causal fue la crisis económica desatada a partir de 2007 en Estados Unidos, que desnudó falencias propias arrastradas desde tiempo atrás que despertaron una vez que fueron expuestas a la intemperie de realidades económicas adversas transmitidas por contagio. La globalización de las finanzas junto a la velocidad de las transacciones financieras internacionales, hace que resulte cada vez más difícil para los políticos contemplar los requerimientos de los mercados financieros sin enfurecer a los votantes.
En esa atmósfera, desaparecieron fidelidades ideológicas para dar lugar a un electorado que vota con el bolsillo, que piensa localmente y que rota en poco tiempo sus preferencias electorales hacia extremos antagónicos con la esperanza de revertir pérdidas como el desempleo creciente o mantener el statu quo de un bienestar que ven en peligro, aunque sospechen que es insostenible.
En Estados Unidos, el carismático presidente Barack Obama también está sujeto a ese tembladeral que pone en riesgo su reelección que poco tiempo atrás se daba por descontada.
América Latina. No es ajena a ese fenómeno, al mostrar ya algunos indicios de cambio en el espectro político ante los primeros vientos de adversidad de una realidad económica que la sociedad no visualiza con una prognosis floreciente. Los cambios de gobierno en Chile y Perú pueden explicarse, en buena parte, por un electorado decepcionado que requiere nuevos rumbos.
Y la reelección contundente de la Presidenta de Argentina fue lograda por las mismas razones. No hubo candidato opositor que pudiera ofrecer una mejor propuesta a nivel del bolsillo de los electores en términos de ingreso y empleo, aunque esto estuviera montado en una cadena de subsidios no financiables en el tiempo, peso sobrevaluado y una coyuntura internacional en su momento de máximo esplendor para los bienes que ese país exporta.
Nueva realidad. La política local se enfrenta y se confunde con restricciones que impone inexorablemente la dimensión global de la economía movilizada por los aspectos financieros y comerciales, lo que termina quitándole grados de libertad y exponiéndola a fuerzas cuyos actores tienen pocas posibilidades de modificar a su favor.
La confirmación de esa realidad queda delineada nítidamente cuando se aprecia que el tamaño del mercado de divisas es actualmente ocho veces más grande que hace dos décadas, siendo el monto de transacciones entre jurisdicciones diferentes un sesenta y seis por ciento cuando en 1998 era el cincuenta y cuatro por ciento. A su vez, desde 1990 la inversión extranjera directa aumentó seis veces, en tanto que los flujos internacionales de crédito se han multiplicado dos veces y media a partir del año 2000, mientras que el número de empresas de países en desarrollo listadas en la bolsa de New York se multiplicó por cuatro entre 1997 y 2007.
Por último, el comercio internacional de bienes manufacturados se explica más por factores regionales que por una generatriz global, a diferencia de las grandes corrientes de materias primas y el petróleo. La Unión Europea y el Mercosur son ejemplos paradigmáticos: son agrupaciones de economías abiertas entre sí que, en conjunto, se comportan como una economía cerrada comercialmente. Pero lo que en tiempos de bonanza luce favorable tropieza con dificultades cuando algunos de sus socios entran en crisis. En este caso, la política rápidamente deja de ser local para convertirse en regional. Y cuando lo regional tiene implicancias mundiales, entonces todo se hace global.
Esa es la realidad que caracteriza a Europa y, en particular, a su líder Alemania. Ya no es una cuestión solamente europea, sino que se trata de resolver un tema con escasos márgenes de maniobra donde hay efectos sobre el resto del mundo.
Y a una escala menor, pero con la misma lógica inexorable, el Mercosur atraviesa una situación similar. Sus socios mayores deben mostrar la responsabilidad que exigen las circunstancias. Sus decisiones, y por ende la política, dejaron hace rato de ser locales.
Una década atrás ya hubo desaciertos en la política económica argentina que nos afectaron de forma mayúscula. Hubo una emergencia generada por un hecho lejano como la cesación de pagos de la deuda doméstica rusa en agosto de 1998. De ahí en más, se encadenaron sucesos que afectaron a estas zonas y que culminaron con una crisis en nuestros socios mayores del Mercosur arrasando a Argentina en 2001 y que, luego, nos arrastró por caminos impensados.
Hoy, las tramoyas domésticas de dislocar o controlar mercados como el cambiario, frenar corrientes comerciales para evitar pérdidas de reservas, haber generado bienestar artificial subsidiando tarifas, o excesos de gasto público disimulados contablemente perecen indefectiblemente ante el fuego cruzado de las restricciones provenientes de una situación global en crisis. En particular, cuando su índole es financiera y, por ende, su velocidad de propagación a nivel doméstico o a través de las fronteras es casi instantánea.
LUCES AMARILLAS. Nos movemos en un mundo y en una región llenos de luces amarillas. Algunos políticos de países importantes siguen cargados de provincialismo político, ignorando las reglas de la globalización tratando de salvar su futuro. Eso va a contracorriente de las necesidades de la comunidad internacional y, más aún, las de sus socios regionales minoritarios. Y además, más temprano que tarde esa tensión entre la política doméstica y la global termina siendo penalizada por el electorado.