La eventualidad de intervenciones en el precio de la carne vuelve a ocupar titulares. En este caso, sin embargo y según ha trascendido, el gobierno se encamina a soluciones muy diferentes a las propiciadas años antes cuando obligó aquellos acuerdos que sólo trajeron enredos y ningún efecto económico, o cuando la Oficina de Planeamiento y Presupuesto se dedicó a amenazar a la cadena con poner detracciones si el precio no bajaba. Como las causas del aumento no estaban en productores e industriales, las medidas no sirvieron para nada y los precios al público continuaron su marcha, como corresponde a lo ocurrido en el exterior para un bien transable internacionalmente. El caso es relevante ya que los uruguayos suelen creer en una proporción importante que tienen un derecho llamémosle natural a disponer de carne barata. Si se leen aún hoy cartas de los lectores referidas a la carne, esta idea básica está de fondo.
LA REALIDAD. Desde hace muchos años se eligió como estrategia para la carne su completa inserción externa. Esto quiere decir que se determinó que serían las señales externas de precios las que debían conducir el proceso económico. Esto fue muy exitoso y la producción de carne hasta el año 2006 no paró de crecer desde el año 1990. Estos cambios en la producción han sido acompañados por otros en la productividad, que permiten sostener elevados niveles de extracción todos los años. Así por ejemplo desde el año 2004 se faenan todos los años más de dos millones de cabezas, algo impensable años atrás. Esto hay que destacarlo en un contexto de fuerte expansión del área agrícola, con desplazamiento de la pecuaria de sus mejores suelos. Siempre señalo la diferencia esencial de nuestra política con la de Argentina resumida en una frase de su presidenta: "no podemos permitir que los precios internacionales determinen la mesa de los argentinos...". En Uruguay esto es exactamente al revés: la política busca, o más bien no evita, que los precios internos arbitren con los internacionales; y así el uruguayo paga el valor de exportación o no se lo atenderá. En este sentido, no conozco un solo informe mundial que advierta sobre caídas de precios de los alimentos. Más aún, cada día se agrega demanda de los países populosos que comen mejor, como China e India, y poco a poco los países ricos recuperarán niveles de consumo. Los stocks mundiales, Organización Mundial del Comercio mediante, han desaparecido prácticamente, y nuestro país se encamina a acceder a mercados todavía de mayor valor como por ejemplo Suiza, que tendrá sin duda un valor emblemático. La oferta mundial no cesa de caer. En efecto, el desplazamiento de la agricultura se da en varios países productores como Brasil, Estados Unidos, Australia, Argentina o Uruguay. Por nuestra parte, a la escasez previsible, en parte compensada por aumentos en la productividad, hay que sumarle los efectos de sucesivas sequías que harán caer la oferta. Así por ejemplo, el medio millón de terneros que no nació se convierte en caídas de la faena a partir del año 2012. Finalmente y en cuanto a los precios, el ganadero uruguayo está recibiendo valores equivalentes a los de sus colegas en Brasil, Estados Unidos o Australia, con variaciones mínimas producto de contingencias climáticas pasajeras.
Completando este contexto hay que señalar que desde el año 2006 la producción de carne no crece, más bien cae algo, soportando con productividad el desplazamiento geográfico de la agricultura.
IDEAS LOCAS. Una que vuelve es la de los acuerdos de precios bajos, como los logrados prácticamente a la fuerza a comienzos de la administración anterior. Un estudio del ingeniero Juan Peyrou presentado en las jornadas de FUCREA demostró que estos acuerdos fueron financiados casi íntegramente por la producción. ¿Qué ocurriría ahora si se insistiera con ellos? La respuesta técnica hace depender los efectos, de las situaciones de oferta y demanda de ganado. En un momento de sobreoferta, por ejemplo año 2006, cualquier merma en el precio cabía esperarse pasara al proveedor de la materia prima. Hoy en cambio, en un momento de sobredemanda, con más industrias que en aquel momento y una oferta menor de ganado, el precio del acuerdo no lo pagaría el productor y sí con seguridad el valor agregado industrial, con más cierre de fábricas, menos salarios, etc. De manera que en lo inmediato esos arreglos pegarían y duro en la industria hoy, y tal vez en la producción mañana. Debo señalar, de paso, que poco a poco la ganadería va encontrando combinaciones con grano que le van a permitir no ceder más terreno a la agricultura, producto de mejoras en sus precios y sobre todo en su productividad, con la explosión del uso del grano que hoy está en muchos rincones, y que sería una pena torcer. Precisamente las intervenciones, al cambiar las relaciones de precios entre la carne y por ejemplo la soja, pueden hacer que la gente, si percibe que el gobierno le va a impedir lograr el precio pleno del mundo, se apure en entregar el campo para otro propósito, esta vez agrícola. Y ahí sí va a sufrir más todo el valor agregado incluyendo el empleo industrial.
Estamos pues en un equilibrio de cristal entre sectores. Esto también incluye a la exportación en pie, que es a la que se opone más rápido el Pit-Cnt, y cuya eliminación sería letal para sus propios intereses. En efecto, de caerse el precio del ganado cuyo piso sustenta la exportación, ocurriría lo mismo que con un acuerdo de precios a la baja: en momentos de sobredemanda como el actual, podría caer la producción por el aliento a otras alternativas. Por cierto me refiero a la exportación en pie normal, y no a su caricatura, que se realiza como producto de travesuras tributarias que no le hacen bien a nadie, como las efectuadas a Turquía.
IDEAS BUENAS. Sin tocar precios en cualquier dirección, que tendría costos elevadísimos hoy pero sobre todo a mediano plazo, el gobierno podría orientarse a operar sobre el ingreso de algunos consumidores de carne en determinadas circunstancias. Se ha mencionado devolverles el IVA a algunos, para ciertos cortes, con arreglo a un procedimiento sencillo. Esto me parece bien, porque se trataría de un objetivo costeado por toda la sociedad, no por un sector, y no tendría efecto en la formación del precio que es muy competitiva y transparente. El gobierno debe saber no obstante que el problema no es coyuntural, que estamos en momentos casi récord de consumo doméstico, y que dado nuestro nivel a escala mundial, no parece que se asista a una necesidad básica insatisfecha de proteína de la población. Pero esa es otra discusión.