Deuda, crecimiento e impuestos

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Hace poco un amigo decía que este gobierno es "voraz" y me pareció una palabra muy apropiada. Ha continuado la baja de la evasión del IVA, que en el año 2000 era de 41% y en 2010 estaba en 16%, pero también ha buscado aumentar la recaudación con un control más estricto del IRPF. En esa dirección, solicitó información a automotoras, y ahora a colegios y clubes. Pero su afán recaudador no frena ahí, pues ha propuesto aumentos de tasas y tributos, como mayores aportes para el sistema de salud o la creación de una franja más alta de IRPF. La controversia más reciente es la creación de un impuesto a las extensiones de tierra de más de 2.000 hectáreas.

Dos razones que se han mencionado para no implementar este impuesto son: que recaudaría poco y por tanto violaría un principio básico de la buena tributación (simplicidad) y que en realidad el Estado uruguayo hoy debería preocuparse mucho más por brindar servicios mejores con el dinero que tiene, y no por aumentar su recaudación. En particular, dos servicios básicos que en teoría está proveyendo el gobierno, y que por su mala calidad son foco de mucho malestar en la población son la educación y la seguridad.

Hoy, sin embargo, quiero centrarme en otra dimensión distinta de este tributo y es cómo ilustra lo mal que nos puede ir si el gobierno da rienda suelta a su voracidad.

IMPUESTOS Y BIENESTAR. Para que un Estado funcione, necesita recaudar impuestos. Pero cuando uno recauda impuestos pasan dos cosas, una que es mala para el individuo que los paga, y otra para la economía en su conjunto. Por supuesto, al individuo no le gusta que se reduzca la cantidad de dinero que tiene disponible, pero lo que es malo para el individuo es bueno para el que lo recibe. En ese sentido, parecería que si todo lo que yo pagara fuera a parar a otro individuo, los impuestos no serían tan malos. El problema es que, cuando se ponen impuestos aunque todo lo recaudado vaya a dar a alguien, se pierde algo en el proceso de recaudación.

Imaginemos un mercado donde se transan 5 unidades de un bien, a un precio de $ 5 por unidad. Supongamos también que el gobierno pone un impuesto de $ 2 por unidad, y que las cantidades transadas se reducen a 4, a un precio de 6 (las firmas reciben $ 4 y los consumidores pagan $ 4 más $ 2 de impuesto). La caída en las unidades transadas ocurre en este caso porque los consumidores no estarían dispuestos a pagar $ 7 (el precio viejo de $ 5 más los $ 2 de impuesto) por la quinta unidad que compraban, por lo que el precio debe bajar, y también las cantidades. El problema con el nuevo equilibrio es que hay una "pérdida de bienestar": los consumidores estarían dispuestos a pagar más que lo que cuesta la producción de esa última unidad que ya no se transa (su costo era a lo sumo 5, pues ese era el precio antes del impuesto) y los productores estarían dispuestos a vender esa última unidad al precio antiguo. Hay algo que vale la pena producir, que no se produce, y pierden tanto consumidores como productores.

Imaginemos, en cambio, que los consumidores necesitaran "sí o sí" las 5 unidades que se transaban, y que estuvieran dispuestos a pagar cualquier monto por el bien si no tuvieran sus 5 unidades (pero que no les interesa en lo más mínimo consumir más de 5). En ese caso, el equilibrio sin impuestos sería que se produjeran 5 unidades, y que el precio fuera $ 5 (igual que antes). Si se introdujera un impuesto como antes, se seguirían produciendo 5 unidades, y el precio sería $ 5 más los $ 2 de impuestos. Como los consumidores no cambiaron su comportamiento, no hay "pérdida de bienestar" (los consumidores deben pagar más que antes, pero ese dinero es sólo una transferencia al Estado). Se sigue produciendo la misma cantidad del bien que antes del impuesto, la cantidad óptima, que maximiza el bienestar.

AL CAPITAL O AL CAMPO. En casos como el anterior, los economistas dicen que la demanda es "inelástica" (no se mueve mucho, ante cambios en el precio), y se sabe que cuanto más inelástica es la demanda (también es cierto para la oferta) menos graves o menos distorsivos son los impuestos. Pero una ventaja adicional para el Estado es que, cuando la demanda o la oferta son poco elásticas, la recaudación es más alta, pues los consumidores no dejan de comprar ante una suba en el precio.

Como un ejemplo adicional de ofertas o demandas inelásticas, cuyas cantidades no responden mucho a los impuestos, pensemos en el capital instalado, o en el campo: si se pone un impuesto a la tierra, la tierra no tiene dónde irse (ni tampoco lo tienen las máquinas instaladas en una fábrica). Por lo tanto, el gobierno podría extraer tanto dinero como quisiera de una fábrica ya instalada, y ello no sería distorsivo.

El problema con este ejemplo es que estamos asumiendo que la fábrica ya está instalada. Luego de la aprobación de un impuesto de este tipo, cualquier inversor que considerara instalar una fábrica en nuestro país lo pensaría muchas veces antes de "enterrar" una inversión, ya que una vez hecha, podría ser el blanco de la voracidad del gobierno.

Por este motivo, los inversores son cautelosos, y antes de invertir se fijan en las cosas que ha hecho un gobierno en el pasado (si tiene una reputación de ser serio, y no salir a expropiar inversiones, o a ponerles impuestos muy altos, que es similar) pero también se fijan en los incentivos que tiene un gobierno a poner impuestos altos (en particular al más "tentador", al más inelástico, que es el capital instalado). Así, si un gobierno tiene mucha deuda, por ejemplo, eso es un incentivo adicional a poner impuestos altos al capital instalado, y eso llevará a una baja tasa de inversión y a un menor crecimiento.

DEUDA Y CRECIMIENTO. El argumento anterior no es un "argumento teórico", sino un hallazgo empírico muy relevante, y fue demostrado en un trabajo "Growth in the Shadow of Expropriation" de Mark Aguiar y Manuel Amador del Quarterly Journal of Economics de mayo 2011.

El gráfico adjunto muestra que hay una correlación positiva entre los activos que acumuló un país entre 1970 y 2004 (o lo que cayó su deuda) y lo que creció en ese período (cuánto más o menos que Estados Unidos creció en el período).

En el eje vertical, mido la tasa de crecimiento anual promedio (menos la de Estados Unidos) del PIB real per cápita (en moneda local constante). En el eje horizontal, mido el cambio promedio (en T = 34 años) en el cociente entre activos públicos externos netos y PIB entre 1970 y 2004 (1). La muestra incluye países con un PIB per cápita en 1970 menor o igual a 10.000 dólares estadounidenses de 2000.

Vemos que casi todos los países que crecieron más que Estados Unidos en el período acumularon activos externos (redujeron su deuda). Uruguay está entre los que acumuló deuda (crecimiento negativo en activos) y creció menos que Estados Unidos.

El argumento de los autores para explicar esta relación (en los países en desarrollo) es precisamente que un alto nivel de deuda significa una tentación demasiado grande de expropiación del capital, y que por eso la gente no invierte, y eso reduce el crecimiento.

Poner impuestos al capital instalado o al campo es una mala idea desde un punto de vista dinámico, porque es una mala señal sobre quiénes somos y eso reduce el crecimiento económico. Más en general, deberíamos estar reduciendo nuestra deuda, y no manteniendo déficits durante la parte alta del ciclo. La inversión extranjera es hoy muy alta; pero eso es también cierto para el resto de la región, y si no hacemos las cosas bien, esa realidad se puede revertir.

(1) Ver Aguiar y Amador - 2011.

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