Crimen, datos y las expectativas

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Los mensajes que recibimos de la prensa sobre la criminalidad son mezclados: escuchamos que aumenta; por otro lado, dicen que no es tan alta; alguien acota que la sensación de inseguridad es solo sensación térmica. Una de las más recientes intervenciones públicas del ministro Bonomi fue que las rapiñas presentan guarismos más altos de lo que le gustaría, y que el objetivo es llevarlas a una meseta para luego comenzar a reducirlas. El tono de las declaraciones de jerarcas públicos ha cambiado en los últimos tiempos aunque todavía hay referencias a que los medios de prensa, en particular la televisión, son culpables de la sensación de inseguridad ciudadana. En esta nota analizaremos algunos aspectos sobre la temperatura (los datos duros de criminalidad) y de sensación térmica (qué piensa la gente y qué relación tiene con los datos).

CRÍMENES EN NÚMEROS. Un viejo dicho entre quienes trabajamos con cifras es "los números no mienten, quienes mienten son las personas". Para tratar de hacer más serio el debate sobre criminalidad y el manejo de datos, en agosto del año 2005 se lanzó en la órbita del Ministerio del Interior el "Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad". Este observatorio tiene dentro de sus objetivos la elaboración de la información estadística sobre violencia y criminalidad. Definitivamente, su creación fue un paso adelante en la comprensión de un tema tan complejo, pero la interpretación de los datos sigue siendo problemática: el alejamiento de su director, Rafael Paternain, se dio después de una presentación donde el ministerio hizo, según Bonomi, un "desglose cualitativo" de los datos.

Ha habido un deterioro en rapiñas desde hace tiempo, con una aceleración reciente, y un aumento en los homicidios. En cuanto a los hurtos, hay una leve tendencia decreciente. Aunque pueden haber caído genuinamente, la teoría y los datos nos dicen que, cuando se deteriora la seguridad, a menudo la gente no reporta los crímenes más leves. Eso es porque pueden pensar que es inútil, porque la policía tiene otras cosas de qué ocuparse, o contraproducente (si los policías son parte del problema). También, las medidas de prevención de la gente contra delitos más graves (las rapiñas) pueden resultar en una reducción de los delitos más leves.

La comparación de los homicidios con otros países es preocupante (ver Gráfico N° 2), porque el aumento reciente nos ha llevado a pasar a países que en el imaginario popular sufren de una mayor tasa de homicidios. En 2005 por cada 100.000 habitantes hubo en Chile 3,5 asesinatos mientras que en Argentina, Uruguay y Estados Unidos hubo unos 5,5. En 2009, Argentina se mantuvo aproximadamente en ese número, Estados Unidos lo bajó a 5 mientras que en Uruguay se ha mantenido sobre 6.

EXPECTATIVAS. Un estudio reciente del BID para la región analiza "la paradoja de las expectativas", según la cual la percepción de la gente de algún tema (ingreso, educación, crimen, etc.) no responde tanto al nivel mismo, sino a la relación entre el nivel y lo que la gente espera que sea ese nivel. Por ejemplo, en varios países con bajos niveles educativos hay una alta satisfacción con la enseñanza y lo contrario sucede en países donde los datos indican una mejor situación de la enseñanza. La paradoja refiere a que uno está satisfecho o insatisfecho con algo en función de la realidad objetiva, pero también en función de lo que uno espera de esta realidad y cómo se prepara para ello.

En relación a la seguridad personal se encontró un patrón similar, como ilustra el Gráfico N° 3. En un contexto amplio de países latinoamericanos, Uruguay tiene (o tenía) un nivel objetivo de homicidios menor a otros. Asimismo, el referido gráfico nos muestra que en la insatisfacción con la seguridad en Uruguay es de las mayores de la región.

Las autoridades públicas han hecho referencia a este hecho en varias oportunidades, y como adelantamos, habitualmente culpan a la prensa. Pero no necesariamente esto es así. En Uruguay estábamos acostumbrados a niveles de seguridad elevados, a jugar en la calle sin temor. Hoy no nos animamos a dejar a nuestros hijos de la forma que nos dejaron a nosotros. La población en general actúa para cubrir los problemas de seguridad. Esto va desde quienes se han armado, enrejado su casa, puesto cercos eléctricos o que simplemente van a buscar a sus hijos a lugares de donde antes hubieran vuelto solos. Claramente, esto genera insatisfacción en los padres que sabemos que fue posible vivir en mejores condiciones de seguridad. En concreto, los números no son tan malos como serían si la gente no se hubiera protegido: la situación de seguridad es peor de lo que reflejan los números.

Lo triste es que las expectativas se adaptan. Hoy es hasta normal que a un chico le roben el calzado deportivo a plena luz del día. La lucha contra el crimen depende en parte de que los ciudadanos reclamen políticas efectivas. Esperemos que estos chicos no lleguen a adultos satisfechos con la (in)seguridad en la que viven.

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