DR. PABLO PERA PIROTTO
Días atrás fue otorgado el Premio Nobel de Medicina al británico Robert Edwards, el creador de la fecundación in vitro. Sus aportes científicos fueron definidos por la Academia Sueca nada menos que como un mojón fundamental para el desarrollo de la medicina moderna.
Es que, más allá de las discrepancias éticas, morales o religiosas que despertaron sus investigaciones décadas atrás, el hecho es que, desde el año 1978, cuando nació la primera bebé de probeta hasta la actualidad, cuatro millones de niños llegaron al mundo gracias a esta técnica.
Edwards es un ejemplo de dedicación, esfuerzo y constancia, características esenciales para poder obtener logros importantes en el mundo científico.
Ya desde muy joven, en la década del cincuenta comenzó a interesarse en el tema, como lo demuestra su tesis de doctorado de la universidad de Edimburgo, que se centró precisamente en el estudio del desarrollo de los embriones.
Años más tarde, logró identificar con más precisión cómo se producía el proceso de maduración de los óvulos en el ser humano y el rol que cumplían las distintas hormonas. También determinó las condiciones en las que los espermatozoides son activados para producir la fertilización.
Esto le permitió llevar a cabo en una probeta o tubo de ensayo de su laboratorio en Cambridge (y por primera vez fuera del organismo de una persona) la fecundación de un óvulo humano.
Corría el año 1969, pero aún no había logrado su objetivo, ya que todavía restaba resolver un gran problema: conseguir que posteriormente se sucedieran las múltiples divisiones celulares que se van dando durante el proceso normal de desarrollo.
Aquí es donde cobra gran importancia el rol del ginecólogo Patrick Steptoe, quien por aquellos años era uno de los pioneros de la laparoscopía.
Su dominio de esta técnica fue lo que le permitió obtener de los ovarios óvulos mucho más aptos para su fertilización, así como para su posterior desarrollo embrionario y reimplantación en el útero.
Pero, cuando lo más difícil parecía haber quedado atrás, ambos científicos se quedaron sin el fundamental apoyo del Medical Research Council británico, que decidió suspender el aporte financiero que hacía posible sus investigaciones.
Lograron entonces obtener donaciones económicas de manos privadas que permitieron que el equipo siguiera adelante, lo que finalmente produjo en 1978 el nacimiento de Louise Brown, quien se hiciera mundialmente famosa por ser la primera bebé de probeta.
Los responsables de otorgar el Premio Nobel destacaron que, a esta altura de los acontecimientos, y con la aplicación y mejoramiento de las técnica de Edwards y Steptoe, no cabe duda que se trata de un método seguro cuyos logros están a la vista en todos los países del mundo.
Además, es un hecho que muchos de esas "bebés de probeta" a su vez ya han tenido hijos totalmente normales y sanos.
"Hoy, la visión de Robert Edwards es una realidad y brinda alegría a las personas infértiles alrededor del planeta", se resalta específicamente en los motivos que acompañan a la adjudicación del premio.
Para valorar el aporte científico del británico sólo hay que tener en cuenta que nada menos que el 3,5% de la población mundial sufre de esterilidad, y el 10% de todas las parejas no logra tener hijos.