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 Viernes 16.07.2010, 04:10 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


Novelas de Herta Müller, premio Nobel

Un mundo lleno de faisanes

Mercedes Estramil

HASTA AHORA, los escritores rumanos más conocidos en el mundo han muerto en París. Tristan Tzara, cofundador del dadaísmo, el dramaturgo Eugène Ionesco y el filósofo Émile Cioran emigraron de la periferia que es Rumania al centro geográfico e intelectual de Europa y llevaron consigo, como si se hubieran puesto de acuerdo, la idea de que la vida es absurda, ininteligible.

Herta Müller, reciente Premio Nobel de Literatura, va por ese camino, pero emigró a Berlín. Su relación con Alemania viene impresa desde la cuna. Müller nació el 17 de agosto de 1953 en una región germano-hablante de Transilvania, en Rumania, y sus padres eran en más de un sentido hijos malditos de la Segunda Guerra Mundial. Él era un ex-integrante de las Waffen-SS y la madre una deportada a los campos de trabajo soviéticos de Ucrania. Con ese legado, y bajo la larga presidencia comunista de Nicolae Ceausescu, Herta Müller empezó a escribir una narrativa contestataria que apenas surgió fue censurada. Su primer libro, En tierras bajas, se publicó completo en Alemania en 1984, después de una primera edición rumana, con cortes, dos años antes. Era un libro de perfil bajo, pero con demasiadas entrelíneas.

FRACASOS COLECTIVOS. El onirismo y la pátina de fantasía infantil que prima en En tierras bajas no debe llevar a confusión: es un libro de denuncia, áspero y desencantador, que por algo se ha comparado con la literatura del mexicano Juan Rulfo. Por sencillos que sean esos relatos, incluido el extenso que da título al volumen, lo que cuentan es la agonía de una sociedad acorralada con golpes sucesivos (guerra, posguerra, dictadura). Pobreza, miseria, promiscuidad y ausencia de futuro: una cachetada al régimen imperante. En "El baño suabo" todos los miembros de una familia, desde el más bebé al más anciano, se van bañando en el agua cada vez más sucia que deja el anterior. Parece absurdo lo que es realismo, cotidiano y del crudo. "Crónica de pueblo" es una especie de foto de lo que ofrece un pueblo de provincias al visitante, y que va tomando de pronto -con cierto humor- la forma de una lección lingüística y política sobre el modo en que se modula el idioma universal de la hipocresía.

Hay en este debut un colorido visual proveniente de la naturaleza y de la mirada infantil, pero al que se superpone el tono distanciado y crudo de una adultez sin esperanza. La prosa es límpida, escueta, de una sencillez casi escolar, pero el conjunto ofrece un espesor extraño, como el que dan las cosas largamente rumiadas, analizadas y sentidas en exceso hasta llegar a puntos muertos o a verdades obvias.

En 1986, Müller publica en Berlín la nouvelle El hombre es un gran faisán en el mundo, la historia de Windisch, un molinero bebedor que "ve el final en todos los rincones del pueblo", y quiere emigrar. Convive con su esposa, una ex prostituta que prefiere el sexo solitario al sexo en pareja, y con su hija Amalie, maestra de jardín que enseña a los niños la historia oficial sobre el padre de la patria, Ceausescu. El resto del pueblo no está mejor. El carpintero tiene preparado el ataúd de su vieja madre y al igual que el peletero aguarda los papeles para irse. La cartera es una delatora del régimen. El policía entrega pasaportes a cambio de sexo y el cura hace lo propio con las partidas de bautismo. Los empleados del gobierno llegan a las casas y requisan gallinas, papas, maíz, etc.

El precio del exilio (que termina pagando Amalie) es abyecto, nos dice Müller sin alzar el tono. Basta el episodio en que el personaje se viste y maquilla frente a sus padres, y su posterior recuerdo de cada una de las transacciones que debe hacer para obtener pasaporte y partidas.

Para ese mundo estancado, donde las conversaciones versan sobre asuntos climáticos o chismes ajenos sobre sexo y muerte o sobre quehaceres domésticos, el guardián del pueblo aplica la frase "el hombre es un gran faisán en el mundo", que en la imaginería rumana significa que el hombre es un fracasado, un ser que no puede o no quiere alzar el vuelo. Ese fracaso de doble faz, de los individuos y los regímenes, nacido de apuestas a ras del suelo, es el gran disparador de esta narrativa que tiene en esta nouvelle un punto de excepción.

EXCESO DE POESÍA. Lo siguiente que se tradujo obliga a un replanteo. A un ritmo de producción casi anual, Müller, como la mayoría de los escritores, empieza a repetirse. Se suceden los peluqueros, hojalateros, modistas, estudiantes, obreros, todos entrampados en una vida anodina con la esperanza futura de una fuga a otro país, que sin embargo -al igual que el sexo, o la mudanza del campo a la ciudad-, nunca será vivida como una liberación.

Es gente pobre, inmersa en la angustia del mercado negro, de la obtención de mercaderías a cambio de favores, del trabajo sujeto a designios extra laborales. Rodeándolos están siempre y en todas partes los ojos del Poder, vecinos delatores, servicios secretos, árboles que escuchan o gatos que contienen en sus ojos las imágenes prohibidas. Sus personajes hablan y escriben con códigos secretos, utilizando el lenguaje cotidiano para decir otra cosa, haciendo que toda simplicidad esconda vueltas de tuerca. Igual hace la autora. Estamos frente a los mismos climas de miedo colectivo e imaginería popular que transita, en un registro menos cerrado, el albanés Ismaíl Kadaré.

En la novela La piel del zorro (1992), Müller sigue el deambular de varios personajes de ciudad: una maestra, los empleados de una fábrica, un agente de la Seguridad estatal y su amante, un soldado, etc. Una vaga trama de delación, corrupción, chantaje sexual, líos amorosos y la interminable espera silenciosa (o enmascarada en cánticos) de que el dictador Ceausescu muera, va cohesionando este relato denso y discontinuo, metafórico a la manera de los discursos clandestinos y de resistencia.

Otro tanto pasa con La bestia del corazón (1994), donde el ambiente universitario es el que sufre los daños directos y colaterales de la tiranía, cuando una joven estudiante se ahorca, agudizando la tentación suicida de la narradora y tres amigos. El mandato oficial de la reacción correcta ante el suicidio es un modelo de sarcasmo a lo Müller: "Dos días después de ahorcarse, a las cuatro de la tarde, Lola fue expulsada del partido y de la universidad en la sala de actos". Tal vez por estar narrada en primera persona y tener pocos y definidos personajes, la novela presenta una dureza y una distancia menores, pero no por eso resulta fácil o digerible su lectura. Y no es por la negrura o la visión de un mundo sin esperanzas que presenta. Naturalmente, la dificultad tiene que ver con el lenguaje.

Müller, al igual que Clarice Lispector o Elfriede Jelinek, se niega a transar con cualquier tipo de escritura universal, a transmitir lo simple o lo complejo de una manera sui generis. En ese camino, incluso con un Nobel, se ganarán analistas pero se perderán lectores. Es una elección, y nadie dirá que la autora no ha hecho coincidir el perfil ominoso del mundo que retrata con el lente oscuro de su cámara.

A primera vista, su narrativa seduce a través de una considerable carga poética y una estrategia cortante, pero no periodística, de frases breves y asertivas. A segunda vista, que es donde los textos se fijan o no, el procedimiento exige enlentecer la lectura (una exigencia del territorio poético, riesgosa para la narrativa), amoldarse al código de una escritura que respira de otro modo. De lo contrario, la prosa exquisita de Müller satura, muere en cada una de las cargadas imágenes que transportan la acción y el movimiento, detrás de las cuales sólo vendrán otras imágenes tan cargadas como las anteriores.

EN TIERRAS BAJAS y EL HOMBRE ES UN GRAN FAISÁN EN EL MUNDO, Punto de Lectura, 2010, Montevideo, 191 y 140 págs. respec. Distribuye Santillana.

LA PIEL DEL ZORRO y LA BESTIA DEL CORAZÓN, Siruela, 2009, Madrid, 244 y 192 págs. respec. Distribuye Gussi.

(Una nota de tapa sobre Herta Müller se publicó en El País Cultural el 20 de noviembre de 2009, Nº1043).

¿Alemana o rumana?

Esther Andradi

CUANDO EN 2009 Herta Müller obtuvo el premio Nobel de Literatura, muy pocos sabían quién era. En Alemania Herta es un nombre tan común, como llamarse María Pérez en castellano, y para colmo Hertha, en Berlín, es el nombre del club de fútbol más popular de la ciudad, el que hace sufrir a los berlineses porque siempre está a punto de caerse de la tabla de posiciones. Esta pequeña mujer, delgada y de grandes ojos tristes, no ha sido de las que arrasan con las ventas, ni la figura mediática que está en todos los cocteles. Y aunque recibió el Premio de Literatura de la ciudad de Berlín hace cuatro años, seguía siendo una desconocida, hasta que irrumpió el Nobel.

MUJER SIN PATRIA. Hay más de una razón para esta ignorancia, pero la decisiva es que el nombre de esta escritora es como los personajes de sus libros. Herta Müller es la "María Pére" de la migración, de la persecución, del exilio, aquella que no tiene ni siquiera el refugio de un nombre con todas las letras de algún pasado glorioso o no, de algo que la defina. El suyo es un anonimato como el de aquellos que transitan por sus novelas, sus relatos, su poesía: los sin nombre, sin lugar, los miles y miles de expatriados, desplazados, forzados, privados de documentación. Un destino de millones en el mundo de hoy.

Herta Müller es hija de la minoría lingüística alemana de Transilvania, en Rumania, el país en el que le tocó nacer. Una gramática que se fue deslizando entre los Cárpatos como arena movediza a través de varios siglos y que generó a varios autores, a Paul Celan entre los más grandes.

En Rumania los libros de Müller no circulaban, o eran censurados. Trabajó por años en una fábrica donde "no se producía nada, no había nada, nadie llegaba a viejo. Cuando los obreros alcanzaban la edad de retiro ya estaban enfermos y, un poquito después, muertos". Al fin consiguió emigrar con su madre a Berlín Occidental adonde llegó en 1987, con 34 años. Se hizo conocida entonces, en esas lecturas poco concurridas de "los extranjeros", porque el alemán de su escritura sonaba "diferente", como si se tratase de español antiguo para nosotros. Es el extrañamiento que se produce cuando se escribe desde el lugar de la lengua exiliada, de la lengua recuperada, como quería Cannetti, otro Nobel.

¿Es alemana? ¿Es rumana? Se preguntaron los grandes medios y también la Academia. Ambos parecían ignorar que la literatura alemana viene siendo atravesada desde hace más de veinte años por los autores que llegan desde las márgenes, lo que encarna un compromiso vital con la lengua elegida, y en el caso de Müller, con la lengua de una minoría discriminada en un país de régimen totalitario.

EL FAISÁN RUMANO. La suya es literatura alemana contaminada por el rumano, un idioma que Müller aprendió a los quince, y que ha influenciado su manera de ver, de sentir. "Hablo muy mal el rumano pero, estructuralmente, por mi tesitura interna y por lo que realmente me convence, también en poesía y sensualidad, soy rumana. En mi caso, el rumano siempre coparticipa en la escritura. Porque ha crecido en mi mirada. Está en mi cabeza, igual que el alemán. Lo uno no excluye lo otro. De modo que tampoco puedo decir qué es rumano y qué alemán. Y que así sea, es una suerte para un escritor, lo mejor que puede pasarle".

"No hay que ser un autor del propio país para escribir un libro sobre `ese` país", dice Herta Müller. Recuerda lo que le pasó con Cien años de soledad de García Márquez: "Macondo era para mí Nitzkydorf [su pueblo natal], porque era un pueblucho similar con mucha soledad dentro. O aquel páramo en El otoño del patriarca. No en vano, algunos países sudamericanos estaban también marcados por dictaduras".

EL NOBEL Y LAS MUJERES. Cuando le preguntaron a Marcel Reich Ranicki, el papa de la literatura alemana, sobre la flamante Nobel, respondió: "No voy a hablar ahora de la Müller. No pensé que este año se lo darían a una mujer". Y basta. En la conferencia de prensa, Müller estuvo muy clara: "El Nobel es un premio y está bien, pero es algo externo, la escritura llega desde otro lugar. No puedo ser una Nobel todo el tiempo, mientras frío un huevo o voy a comprar papas al mercado". Daría la impresión que cuando las escritoras ganan el Premio mayor, se sienten a lo sumo sorprendidas, sin ningún tipo de orgullo, o ambición, como si tuvieran que justificarse. Por lo menos, los últimos tres premios en esta década fueron así: baste recordar el espanto de Elfriede Jelinek, quien apenas posó para los fotógrafos y ni fue a Estocolmo a recoger el premio; o la sencillez de una Doris Lessing, quien luego de pocos minutos despachó a los periodistas diciéndoles: "Perdón, pero ahora tengo que hacer las compras".

Reconforta que sea un Nobel para el idioma alemán que no llega de los países centrales, sino de la periferia. Podría entenderse, por extensión, como un premio a quienes insisten en escribir en su lenguas materna, aunque vivan en medio de otro idioma. Para el caso vale recordar que W.G. Sebald no habría podido escribir una línea en una lengua que no fuese el alemán, aunque hacía ya varias décadas que vivía en Inglaterra."No se me ocurre escribir en inglés, no podría, es imposible", se excusaba siempre que se le preguntaba. Lo único que apena es que Christa Wolf, la gran dama de la literatura alemana, siga con las manos vacías. Claro que ella es más que una disidente, es la exiliada de un país que ya no existe. Pero si la patria es el idioma, ese espacio seguirá registrándola como un tesoro. Como esas cosas que nunca se alcanzan.

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