Con la voz de una niña

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Soledad Platero

ALREDEDOR DE veinticinco años dicen que pasó Silvina Ocampo trabajando en este libro. No llegó a publicarlo, y es dudoso que lo haya considerado terminado, pero se sabe que no era una escritora inclinada hacia los finales. Al contrario: hay entrevistas en las que expresa el desagrado que le produce que una novela tenga que tener final.

La protagonista de La promesa es una mujer que cayó al agua desde el barco en el que viajaba, y que recuerda, mientras flota a la deriva, a varias personas que conoció en su vida. Algunas son menciones, apariciones más o menos rápidas, mientras que otras regresan tercamente para irse dibujando a lo largo de las páginas, sin llegar por eso a ser figuras acabadas.

LA NIÑA IMPLÍCITA. Silvina Ocampo (1903-1993) -hermana de Victoria- fue una experta en el arte de dotar a sus protagonistas de una perspectiva infantil algo monstruosa, caracterizada por una percepción exacerbada de lo que hay de extraño en el mundo que nos rodea. Muchos de sus textos recuerdan a los de Felisberto Hernández, pero en Silvina Ocampo lo raro es menos vistoso, o menos juguetón. La niña implícita en ella tiene pensamientos sucios. Podría postularse que mientras Felisberto espía el mundo con la ñata contra el vidrio, Silvina está del otro lado del vidrio, deseando la libertad del que está afuera, del que puede andar descalzo y con las uñas negras, sin poner cara de idiota para las visitas.

La mujer de La promesa es adulta y en su recuerdo hay experiencias y certezas de adulto, pero es la niña que fue, que no ha dejado de ser, la que conduce a través de los recuerdos. Silvina Ocampo siempre atribuyó a los niños una inteligencia que no tenían los adultos. "Yo era muy inteligente cuando era chica, mucho más que ahora", le dijo a Noemí Ulla durante las conversaciones que se publicaron en 1982 (Encuentros con Silvina Ocampo, Buenos Aires, Universidad de Belgrano). Esa convicción acerca de la inteligencia es extensiva a otras habilidades infantiles irrecuperables por los adultos, como la destreza para representar a través del dibujo, o la intuición para apropiarse de las palabras sin preocuparse por la sintaxis.

Pero los niños poseen, además, otro superpoder: son seres sexuados pero no marcados. Son ambiguos, volubles y polimorfos. Son ávidos, irrespetuosos y atrevidos, mucho más aptos que los mayores para ejercer su tiranía demandante y narcisista.

La novela tiene -además de la perspectiva infantil típica de Ocampo, que hace que la voz narrativa parezca la de una niña- a una nena recurrente, llamada Gabriela o Gabriel. La madre quería un varón, y aunque sabe que tiene una niña, la llama indistintamente en masculino o femenino. Esa niña persigue a su madre para descubrir en qué anda, que la espera en la vereda "sentadita sobre un banco de madera verde comiendo una naranja y mirando, sin saberlo, la puerta por donde ella había entrado", imaginando que hace cosas buenas, que es lo que hacen las madres cuando son puras.

En el ir y venir de Gabriela, de Irene (su madre), y de Leandro, amante de Irene, las ambigüedades son constantes. La narradora evoca a Gabriela pero habla de Irene, y luego recuerda a Irene y se ocupa de Gabriela. Leandro se mete en el turno de los otros (los recordados se van acumulando en una lista encabezada por cada nombre, o por el nombre con que están en la memoria de la protagonista) y compone, junto con Irene y Gabriela/Gabriel un equipo privilegiado, constante, que se cuela por casi todas las puertas. La narradora, por su parte, tiene un lugar equívoco en sus propios recuerdos: muchos le pertenecen sin ser suyos. Son el recuerdo de los recuerdos de otro, memorias falsas o adulteradas, escenas imaginarias, cuentos referidos no se sabe por qué a una mujer cuyo estatuto en la historia es incierto.

CUENTAS DE FAMILIA. Hablar de Silvina Ocampo y no mencionar la sombra que tendió sobre ella su hermana Victoria sería ignorar la importancia de un secreto a voces. Cuando Silvina publicó Viaje olvidado (1937), la primera reseña del libro fue de Victoria (en Sur, en agosto de ese año). La avasallante Victoria, reina indiscutida del agite cultural argentino del momento, fue condescendiente e infame con su hermanita menor. Gastó varios párrafos en hablar de sí misma y de su importancia en la vida de la autora que estaba reseñando, para despacharse luego con comentarios que tienen la dudosa virtud de desmentir las observaciones más lúcidas a pura fuerza de encono y malevolencia de maestra ciruela. Carlos Gamerro (en Ficciones barrocas, ver El País Cultural Nº 1108) observa que la influencia nefasta de esa reseña sobre Silvina fue tan abrumadora que le hizo ignorar la respetuosa y digna crítica de José Bianco en la revista El hogar, de la misma época.

Entre los personajes evocados por la narradora que creó Silvina en La promesa, hay una mujer joven que escribe una novela que trata del odio entre hermanas. Si bien ese es un punto explícito de penetración del tema amor-odio, hay que decir que no es el único. Todo el texto es un discurrir sobre relaciones violentamente afectivas, exigentes y atormentadas, tan penosas cuando emergen a manera de reclamos como cuando se muestran bajo la forma de la indiferencia o el descuido.

El resto es la increíble habilidad de Silvina Ocampo para ver a las personas y a las cosas de un modo siniestro o inquietante. Los personajes son recordados minuciosamente por las partes que los componen (que componen su cara o su cuerpo) o por las figuras grotescas o insustanciales a las que se parecen (una "boca oscura que parece un riñón o un rulero de goma pluma", una "cara variable como el tiempo"). Lo contrario también sucede: las cosas se animan, tienen gestos y apariencia de seres vivos; los animales se parecen a las personas conocidas, y en la semejanza se encierra un poderoso y secreto código de parentescos morales o espirituales.

Algunos personajes vuelven, prestando cierta estructura a esa enumeración que se propuso ser, en principio, una lista confeccionada para pasar el tiempo, o para tener una misión que cumplir más allá del puro mantenerse a flote. Pero también se repiten párrafos completos, páginas que vuelven a colarse en el relato en medio de otros nombres. Ese ritmo de ida y vuelta de la memoria consigue así evocar el vaivén del cuerpo abandonado al ritmo del agua, sin desesperación ni impaciencia, tan incapaz de salvarse como de morir.

Fragmentada, distante, fuertemente sexual o física, la voz narrativa hace suyo el espacio de la ficción con una majestad que solo se ve en los niños. El resultado es que no importa si es o no verosímil que una mujer flote durante horas a la deriva, y mientras tanto escriba mentalmente una cadena de memorias, y que esas memorias sean luego un libro. No importa, tampoco, si las comas están mal puestas, o si algunas veces la sintaxis es notoriamente incorrecta. No importa nada, porque lo que se impone es la enorme capacidad de Silvina Ocampo para seguir siendo, ya adulta, tan inteligente y perturbadora como fue de niña.

LA PROMESA, de Silvina Ocampo, Lumen/Sudamericana, 2011. Buenos Aires, 142 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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