Lima, 22 de marzo de 1966
Querido Ángel:
La situación del Perú es cada vez más lóbrega. Es posible que los Museos del Estado no tengan como funcionar. Mi propia suerte está decidida por mí mismo. Te envío el último cuento que he escrito en estos días. (...) Yo ando muy agobiado y no me quedan fuerzas para revisarlos. Ojalá que el cuento último te parezca aceptable. He cerrado, acaso, con ese relato algo. Te envío también un artículo que escribí en Estados Unidos y un cuento sobre el mismo tema. Lo dejo todo a tu excelente criterio. Si el cuento vale la pena, inclúyelo en tu edición. Está inédito. La colección podría llevar por título quizá el del último cuento, "Amor mundo". (...) Cuando recuerdo tus intervenciones en Arica, las de Mario Monforte, las de Buenaventura, la de Szyszlo; nuestras largas charlas, me animo mucho. Latinoamérica es fuerte como Uds. como era yo hace algunos años, y generosa. La gente peruana que es de la calidad de Uds. está agrilletada y van a tratar de agrilletarlos más. Gobiernan los corruptos, los sirvientes de extranjeros; pero llegarán a ser tan repugnantes que acaso no sea tan difícil derrotarlos. Lo que me preocupa es que la juventud está cayendo en confusión, por la confusión en que aparece, también, la visión de los problemas y de cómo han de ser resueltos en el mundo. Los de mi generación tuvimos suerte. La esperanza de un mundo justo, o de la construcción de un mundo menos cruel parecía firme.
(...) Si algo me sucede, ya verás lo conveniente. Me complace muchísimo, Ángel enviarte estos trabajillos. Tú los darás a conocer bien. Los "aindiados" latinoamericanos somos tan buenos como los "europeizados" y los africanizados. ¿Nos podíamos haber entendido mejor tú, Mario, el propio Millas (buena gente) y yo? Cada quien distinto y aun más igual. Puro Heráclito, hermano.
Te abraza,
José María
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4 julio de 1966
Querido Ángel
(...) Tu carta me ha vuelto a dar bríos. Paso por un período bravísimo. Oscilo entre la exaltación y la depresión, en mayor grado que en los últimos tiempos. Antes era pura dinamita. Creo que si venzo la crisis haré una buena novela con el tema del puerto y le encontraremos un título adecuado, porque tu reflexión sobre "Amor Mundo" es muy acertada .
Con Fernando [Szyszlo] nos hemos casi angustiado ante la idea de que has de estar en Caracas y no vas a poder pasar por Lima. ¿No podrías siquiera estar un día? En Lima está volcado todo el Perú: si nos anuncias tu llegada, te alojas en mi departamento y te mostramos el Perú en horas; te preparo un programa de danzas que te meterán el corazón del Perú en el tuyo, que bien lo necesita. Te ruego reflexionar seriamente en esta necesidad. Es tanto tuya como nuestra. ¡Solo un día! Para que pruebes este gran licor que es el Perú y vuelvas tan pronto como te sea posible y por más tiempo.
(... ) La vida nos exige más que a muchos y tiene derecho a exigirnos. No seremos de fierro pero estamos obligados a ser de acero. Yo te lo digo, que estuve tan en la puerta de la nada ¿Por qué ir a la nada, cuando la vida es formidable especialmente para nosotros? ¿Podrás creer que la felicidad encontrada en aquello que creía que la felicidad no existía me tiene aturdido, y hasta angustiado y hasta algo deprimido? Debe ser, también que estoy algo ebrio. ¡Ven, Ángel!; estáte sólo un día en Lima! ¡Te prometo firmemente que verás la danza de la agonía de Rasu Ñiti, mejor que en ese relato que de veras te gusta. Este llamado te lo hago a nombre de Fernando y dos o tres más que valen más o menos como él! Te abraza,
José María
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12 de Julio de 1966
Querido Ángel:
Recibí ayer tu última carta. El mismo día llegué de Santiago. Fui a consultar con una psicóloga que me libró de un período de depresión muy agudo en 1960. Me ha encontrado en condiciones de reponerme. También tenía que arreglar asuntos de familia. Los dos hijos de mi mujer actual están todavía en Santiago. Los llevaron cuando sufrí el "accidente".
(...) La juventud se encuentra, como aquí, desorientada, sin tener a quien escuchar con verdadera fe. Yo hablé ante unos quinientos jóvenes de un liceo nocturno y tuve la suerte de enardecerlos hablándoles de cómo en el Perú la lucha es dura entre quienes desean que las comunidades se conviertan en una parte más del mundo llamado occidental en el cual el poder por la acumulación de la riqueza es el perverso impulso que mueve a las gentes, y entre quienes creemos que no debe destruirse en los comuneros lo que tienen de fraternidad, de convicción de que el mal de un individuo es también el mal de los que forman parte de su comunidad. Pero salí agotado de la charla. Me llevaron al liceo para tener una conversación informal con una sección y el Rector decidió que hablara a todo el liceo.
(...) Hoy no me siento bien. Los traumas de mi infancia y adolescencia fueron muy quebradores. Tu carta me hizo un gran bien ayer. Dormí algo mal y hoy amanezco como sin aliento. Pero he de seguir peleando, Ángel. Te lo prometo. Mi mujer es excelente, pero he roto amarras formidables para unirme a ella y debo haberme herido fuerte al desgarrarme de esas ataduras. Además estoy viviendo de otro modo. Disfrutando de lo que antes consideraba como maldito. Y también esa es una lucha.
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25 de agosto de 1966
Querido Ángel:
Estaré en Buenos Aires desde el 2 hasta el 11 de setiembre. Estoy considerando la posibilidad de ir a verte aunque sea por un día. Yo no conozco Montevideo y, además, sería temerario no visitarte quedando tan cerca. Voy a intervenir en un simposio sobre el origen del folklore en América. Puedo viajar a Montevideo el 12. No dispongo de mucho tiempo porque acabo de ingresar a la Universidad Agraria, como Profesor a tiempo completo dedicado exclusivamente a la investigación. Es una situación algo contradictoria. Porque no me dejará, más que tiempo, sosiego suficiente para continuar con esa novela sobre la harina de pescado, industria que ha revuelto una parte del Perú y ha creado un universo humano inverosímil, más extraño que cualquier ficción.
(...) Lo malo es que no ando muy bien de salud. Sobre la secuela de las cosas que me ocurrieron e hice me agobia una situación emocionalmente confusa, ahora. Todo viene de mi falta de adaptación verdadera al mundo urbano. Hay zonas de esta vida que no entiendo y me pierdo cuanto más trato de comprenderlo y de hacerme a sus exigencias. Hay "impurezas" en la ciudad que mi carne no aguanta. Quizá sea perder tiempo hablar de esto. Te hago telegrama de Bs. As.
Un abrazo,
José María
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Mar del Plata, 6 de set. 66
(manuscrita)
Querido Ángel:
Espero llegar a Montevideo el domingo. Te telegrafiaré mañana. Atravieso por una crisis peligrosa. Todos mis puntos de apoyo verdaderos se resquebrajan. He vacilado mucho en decidirme a ir en estas condiciones y no aparecer en la Universidad, lo que en otras condiciones habría hecho.
Te pido un favor condicional: si conoces un psiquiatra en quien confías de veras te ruego separarme una cita para el lunes o martes. Se trata de intentar con él una apreciación del grado de desequilibrio emocional que padezco. Habrá de ser una cita de por lo menos una hora. En el Perú no hay sino uno bueno que está en Europa. Tengo un antiguo enredo, traumas, adquiridos en la infancia. Se había superado aparentemente, pero creo que un hecho sin importancia para cualquiera, me hundió nuevamente en una crisis más aguda. Anhelo conocer el grado de esta crisis y cómo debo encauzarla. Ya que estoy vivo conviene funcionar como tal; no aceptamos la simple apariencia de la vida, o sea la del impotente, del inválido.
Me preocupa ir a Montevideo en estas condiciones, pero, por otro lado acaso sea bien o hasta providencialmente bien que vaya, si encuentro un médico que me ayude.
Ya hablaremos, aunque tengo una fatiga grande.
Gracias por todo,
José María
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Lima, 3 de mayo de 1967
Querido Ángel:
He demorado algo en escribirte porque la depresión que sufro desde hace algún tiempo se me agudizó últimamente. Haré un esfuerzo para ir en el segundo semestre a Montevideo y permanecer allí acaso unos dos meses. Creo que estoy pasando por un período verdaderamente peligroso y el Dr. Viñar me ayudaría como ninguno a salir del atolladero. Me siento algo extraviado y se me escapa la vida en cuanto en lugar de aprovecharla y, como es nuestro deber, incrementarla, la estoy menospreciando. Los sucesos de México no fueron precisamente estimulantes. Mi neurótico aturdimiento se intensificó allí. No me sentí con entusiasmo suficiente para acercarme a personas a quienes consideré constantemente como focos de orientación y de energía: Fernández Retamar, Benedetti, tú mismo. Ojalá haya sido yo el único en sentir así las cosas. Mario Benedetti me dio a ratos la impresión de estar revestido o insuflado de una seguridad levemente despectiva hacia los que no pensaban exactamente igual que él; Fernández Retamar aparecía como metido en un círculo bastante exclusivo del que hacía salidas simpáticas pero no verdaderamente influyentes. El Congreso se convirtió en un campo movedizo; faltó de parte de los mexicanos hombres bien cristalinos, de verdadera calidad en todos los sentidos. Nos ofrecieron ceremonias de corte monárquico sobre las cuales acaso me habría podido erguir y en las cuales me habría montado de estar mejor de salud. (...)
Pocos como tú me han ofrecido un punto de apoyo ahora que ando muy quebrantado y salgo creándote un conflicto. Hasta supersticioso me he vuelto en estos días. Empiezo a creer en la mala suerte. Pero te prometo que no me quebraré. Una combinación diabólica de circunstancias íntimas y externas se han conjurado para neutralizarme, ahora que por mi edad debería estar produciendo con más temple. Por fortuna sé que la tal conjura es parte de una crisis en la que se están quemando perturbadoras supervivencias infantiles. Si salgo avanti quizá pueda escribir un relato menos "palpitante", más lúcido y en el cual este feroz remolino que es el Perú se muestre no tan sólo como confesión de un testigo y observador sino como una obra que sea para el bien de los que gustan del arte. Aquí se prepara un porvenir muy duro para gentes como nosotros. Nos aniquilarán en la contienda si no nos organizamos como una fuerza suficiente para detenerlos ya que no para vencerlos de inmediato; no nos asustarán, no nos acallarán. Y si aguantamos un tiempo los otros quedarán ahogados por su propia podredumbre. Así ha sido siempre.
El más afectuoso abrazo para ti y mi cordialísimo recuerdo a tu inspirada esposa,
José María
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Lima, 9 de setiembre de 1967
Querido Ángel:
(....) Todas las cosas andan muy bien, menos yo mismo. Tengo excelentes propuestas para el próximo libro que escriba o que se supone que estoy escribiendo, pero la verdad es que las perturbaciones que siento desde el mortal accidente de abril del año pasado no han mejorado. En París tuve la oportunidad de hablar aunque no detenidamente con un joven médico especialista portugués; me asustó algo más porque dijo que requería un tratamiento largo y costoso. Pero, hasta ahora, ha sido el Dr. Viñar a quien me hiciste recomendar quien me dio la impresión de mayor lucidez y seguridad sobre la forma cómo debía ser atendido. Estoy procurando reunir unos dollares (sic) y, precisamente, en ese trance los dueños del Perú han conseguido devaluar el dollar, de 27 ha subido a 34 y es posible que suba más. Pero tengo unos dollares ya y puedo obtener creo hasta unos mil. ¿Cuánto tiempo puedo vivir en Montevideo con mil dollares, con cierta comodidad, pues la falta de sueño, la edad misma, la especie de "degeneración" que sufrimos los oriundamente campesinos en las ciudades crueles, muy crueles como Lima, han estropeado mi fortaleza. Por mi parte voy a escribir al Dr. Viñar acerca de lo que me costaría el tratamiento, para eso es muy posible que pueda conseguir unos dollares más. Ahora dicto tres cursos en la Universidad y estoy ahogándome con ese trabajo que antes era para mí tan noble; es que ando muy inseguro, y me asusto, a veces en estos salones muy solemnes de la Universidad Agraria. Tengo un proyecto de novela que es aceptable. Lo he variado mucho después de haber estado dos meses en Chimbote, el puerto que produce el 33 % de la harina de pescado del Perú. Ya hasta tengo el título: "El zorro de arriba y el zorro de abajo", tomando de un antiguo mito quechua. Tengo que defenderme; el psiquiatra que me estuvo tratando aquí es una buena mula tucumana, casi me echa a perder más las cosas. Ese Viñar, en cambio, es un águila afectuosa.
Creo que podría viajar hacia mediados de Octubre en que finaliza el curso más importante que dicto. No me envíes ningún centavo, guárdame los centavos del modo más seguro que sea posible. (...)
Bueno, si voy, iré en condiciones todavía de buen estado, de modo que no sea para ti una carga pesada, hasta podría dar alguna charla, aunque estoy, creo, menos bien que el año pasado. Pero como podrás apreciar por esta misma carta, estoy todavía en línea y, por lo general, me creo peor de lo que estoy.
Muchos recuerdos afectuosos a tu esposa y a tus dos herederos; no te olvides del gato. A propósito, tu mujer es poeta con un lenguaje tan puro como ese paisaje de Montevideo desde el cerrito. Nunca vi una montaña tan grande ni tan baja. Es ciudad grata Montevideo. La recordé en París, como se acuerda uno casi invariablemente de ese monstruo aburrido y cargante de Buenos Aires.
Bueno, querido, muchas gracias por todo. Ojalá pueda ir a Montevideo en octubre, para estar bien para enero en que iré a Cuba.
Un abrazo de
José María
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13 de noviembre de 1967
Querido Ángel:
He demorado mucho en contestar tu última carta por la confusión que padecía respecto a casi todo. La sorpresiva llegada del Dr. Viñar, y las dos entrevistas que tuve con él me auxiliaron mucho. Tuve la fortuna de tratar con Viñar, en la última entrevista, de manera verdaderamente amistosa. ¡Es un tipo formidable! Si por algún milagro alcanzo a tener dinero iré a Montevideo. Me ocurre con tu ciudad lo que sucede con los lugares en los que todo se conjuró durante algunos días para hacer la vida de maravilla. Entonces uno sueña con ir a ese lugar para liberarse de todos sus males y renacer. Sueño con Montevideo, y cuando estoy agobiado me pongo a trazar planes fantásticos que me permitan estar allí y eso me alivia. (...)