László Erdélyi
ERA MEDIODIA en un local de comida rápida, hace unos diez años. Tomé la bandeja llena de hamburguesas y papas fritas y refrescos, y enfilé hacia la mesa donde me esperaba mi familia. Pero me topé con Washington Abdala, por entonces Diputado nacional, que me cerraba el paso. Con una amplia sonrisa y un "¿¡Cómo andás!?" demasiado efusivo, el encuentro no presagiaba nada bueno. En ese instante recordé la reseña dura, impiadosa, que yo le había dedicado al último libro de Abdala, y que recién se había publicado. Sin saber cómo, de pronto quedé apoyando la espalda contra una pared, bandeja en mano, haciendo equilibrio, e inmovilizado por el gran histrión que no paraba de hablar y gesticular simulando el encuentro "con un viejo amigo". Entonces ocurrió: Abdala comenzó a comerse las papitas de mi bandeja una a una. Las saboreaba. Por un rabillo del ojo observé la mirada desconcertada de mi familia que veía cómo un señor importante, un político famoso, les robaba sus papitas. Me sentía impotente. Comencé a transpirar y a creer que el resto de la gente también me miraba. Pero el centro del show no era yo. Era él, porque sólo él hablaba. Nunca perdió el control. El local de comidas era escenario y público a la vez, y nosotros meros actores de reparto. Y ahí vi, en un destello de sus ojos, cómo Abdala lo estaba disfrutando.
A diferencia de mi familia, que desde entonces odió al Turco Abdala ("el que nos robó las papitas"), mis sentimientos hacia él tienen matices. Comprendí que esa capacidad por estar siempre en el centro de la escena era una destreza poco común. Nunca pasaba desapercibido. Su estilo lo convertía en un marginal de la propia política, pues se distanciaba del político gris, previsible, del ideal de servidor público republicano. Abdala siempre hacía algo distinto, en forma deliberada, y eso generaba más odios, más irritación, o más admiración. Era impensable, a su vez, que alguna vez dejara la política. Pero ocurrió. Era improbable, también, que publicara un libro de "memorias" estilo Turco Abdala. Pero sucedió, se titula You Turk, Delirios Bipolares, y tiene 320 páginas.
LIBRO BIPOLAR. Washington Abdala tuvo una trayectoria política exitosa de casi 30 años en Uruguay. Abogado, docente universitario, varias veces reelecto diputado (fue presidente del cuerpo), y en la última oportunidad elegido con votos propios, desempeñó múltiples cargos públicos, y se codeó con decenas de estadistas extranjeros quienes, seguro, no lo han olvidado. Su estilo, siempre excesivo, locuaz, territorial, provocaba odios o risas, estupor o desconcierto. Parecía que los medios de prensa, sobre todo la televisión, lo amaban. El carácter pulsional de sus apariciones era la materia perfecta para un medio como la televisión donde abunda el reduccionismo y la manipulación. Pero era una exposición desmedida. La piel tostada por el sol con que Abdala apareció en las entrevistas en el último verano que hizo política era un presagio: estaba quemado.
Pero no estaba muerto. El libro You Turk, Delirios Bipolares aborda todo, desde la pobreza endémica al "estilo" Mujica, desde la dinámica Facebook hasta cualquier paro del transporte. Está dividido en capítulos sugestivos. El primero, por ejemplo, se titula "Toques eróticos, sexuales y dolorosos"; el quinto, "Ladilleos y pensamiento disperso". El tratamiento de la materia sexual es por momentos hilarante. Sucede por ejemplo en la descripción de los efectos "colaterales" del uso del Viagra: el lector no podrá parar de reír. Otros, como el subtitulado "De chiquito fui chorro" (p. 120) anuncian a un buen narrador. Pero fracasa al construir estereotipos de "chetos", "machos", "minas biaaannn", "veteranas tuneadas" o cualquier cosa que se le ocurra. Parecen construcciones de mesa de boliche, improvisadas, sin ambición. Apela al lugar común, como si de golpe el personaje Turco Abdala, el que por momentos describe situaciones concretas con agudeza, se hubiera quedado sin batería.
Ese es el conflicto que plantea el libro: cuando el personaje está presente, hay empatía y conexión con el lector; cuando desaparece el libro decae. Este ir y venir de narradores diferentes, de distintas "plumas", como el propio Abdala advierte en el prólogo ("no necesito psicólogo para escribir de formas distintas [...] aclaro esto porque no faltará quien me objete lo que hago") puede ser fatal. Si hay algo que el lector crítico reclama es un interlocutor concreto, un narrador bien definido con el cual poder dialogar. El problema se agrava cuando el lector sabe que el autor proviene de un mundo -la política- donde la mentira es el arma por excelencia, y donde los actores desprevenidos nunca sobreviven casi 30 años.
INCONSCIENTE FREUDIANO. Los ojos de Abdala en la tapa de You Turk, Delirios Bipolares dicen mucho. No son los mismos que los del episodio de las papitas. Tienen algo de afiebrado, como los de alguien que estuvo pensando largo rato al sol. Anuncian la llegada de algo "pesado". En el mismo prólogo Abdala advierte que en el libro se vienen "Momentos liberadores de algo que tiene que explotar por algún lado". Todo indica que luego de casi 30 años de política, un notorio hombre público decidió abrir su inconsciente freudiano, pulsional, contradictorio, paradojal, y volcarlo, devolverlo, vomitarlo, y además por escrito, en un libro, y firmado. Una catarsis, por cierto, de dimensiones épicas.
Pero eso sólo ocurre apenas. La amenaza sólo fue el anzuelo para volver a montar el escenario, convocar al público y recuperar la atención perdida.
YOU TURK, DELIRIOS BIPOLARES, de Washington Abdala. Gárgola Editora, 320 págs. Montevideo, 2011. Distribuye Gussi.