Trenes, castillos y leyendas

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Mario Marotti

LONDRES ES, sin duda, la ciudad más cosmopolita del mundo; por ello, en su microcentro -Piccadilly Circus, Trafalgar Square- hoy resulta difícil distinguir entre la multitud a un inglés, por lo menos como uno lo imagina. En los típicos buses, en los comercios, los rostros son caribeños, árabes, indios, orientales; inmigrantes en la metrópoli o turistas que están de visita aprovechando el verano boreal. Pero al ingresar a la estación King`s Cross, a pesar de los modernos trenes, uno se siente mágicamente transportado a la Inglaterra victoriana. Algunas de las muchachas que allí esperan parecen escapadas de una novela de las hermanas Brönte; no sería descabellado pensar que, en cualquier momento, desde atrás de una columna pudiera irrumpir un desesperado Watson gritando "¡Mr. Holmes, Mr. Holmes!". Es sabido: los ingleses saben combinar tradición y modernidad como nadie, sin intersticios ni costuras.

ANDENES E HISTORIA. Frente a la exuberancia de su vecina St. Pancras -que hoy recibe los trenes del continente- King`s Cross es un claro ejemplo de lo que en 1852 se entendía por modernismo y funcionalidad. Punto de arranque de la línea ferroviaria de la costa este, la más directa hacia Escocia, todas las mañanas desde aquí partía -y de alguna manera aún lo hace- el expreso "Flying Scotsman" (literalmente "El Escocés Volador") rumbo a Edimburgo, un tren que, aunque bautizado oficialmente así en 1924, circula desde 1862. Los algo más de 630 km implicaban entonces más de diez horas de viaje (para 1938, el trayecto sin paradas, todo un logro para locomotoras a vapor, se hacía en poco más de siete horas). El "Flying Scotsman" es parte de la tradición y si bien hoy el servicio comprende un tren cada 30 minutos, al que parte de King`s Cross a las 10 se lo sigue llamando así; los modernos "InterCity 225" cubren la distancia en 4 horas y 25 minutos.

Una leyenda afirma que Boudica, la aguerrida reina de los icenos, muerta en el año 61 de nuestra era, está enterrada bajo las vías. Alta, pelirroja, de cabello largo hasta la cintura, Boudica enfrentó a las tropas del emperador Nerón incendiando Londinium en su lucha contra la ocupación romana de Britania; cayó derrotada en la batalla de Watling Street, una masacre con miles de muertos. Se cree que por ese nefasto saldo, Boudica se suicidó; "una mujer real hecha enteramente de palabras", se ha escrito ante la falta de evidencia no testimonial sobre su vida. Una estatua la recuerda cerca del Támesis; la acompañan los versos que el poeta William Cowper le dedicara en 1780: "Regiones que el César nunca conoció/ tus herederos dominarán".

LA VIDA EN LOS SUBURBIOS. "El comienzo de un viaje en tren, una de las grandes sensaciones de la vida", advertía Michael Palin, ex Monty Python devenido luego simpático trotamundos para la BBC. Al abandonar los sombríos andenes, el tren pasa a través de una serie de túneles; algo de ansiedad se apodera del viajero cuando, a continuación, los desmontes necesarios para subir la cuesta del Holloway Bank no permiten todavía disfrutar del paisaje. Al salir de la profunda zanja, las casitas adosadas de Finsbury Park perfilan el típico ambiente de barrio inglés; el tren atraviesa raudamente la estación cerca de la cual está el Emirates Stadium, la cancha del Arsenal Club donde seguramente viene todos los domingos el autor de Alta fidelidad, Nick Hornby.

A la izquierda, sobre una colina arbolada asoma la vidriada cúpula del Alexandra Palace, sobreviviente del tipo de edificios de vidrio y metal surgidos para alojar a las Exposiciones Universales realizadas en Europa a partir del siglo XIX. La más famosa fue la de París de 1889, que dejó como imprevista herencia a la Torre Eiffel; pero fue en la de Londres de 1851 (Darwin fue uno de sus entusiastas visitantes) donde el jardinero Joseph Paxton logró dar forma a un admirable edificio de techo y paredes transparentes, el "Palacio de Cristal", desaparecido décadas después en un incendio. Como contraparte en el norte de la ciudad, el Alexandra Palace se inauguró en 1873. La BBC realizó desde allí su primera transmisión televisiva en 1936. Municipal desde 1967, ese año albergó un concierto con bandas poco conocidas de la escena "underground" londinense; una de ellas tenía un nombre curioso: Pink Floyd.

El tren avanza; luego de salvar el valle del Mimram por un alto viaducto de arcos de ladrillo que data de 1850, abandona la cuenca del Támesis y desciende hacia la del Wash, una fértil llanura que se pierde en los pantanosos Fens, inolvidable escenario de la novela El país del agua, de Graham Swift; en Hitchin se separa la línea hacia la cercana Cambridge. Mucho más familiar de lo esperado, el paisaje de onduladas praderas con bovinos pastando, de conocidas reminiscencias, invita a pensar que aquellos viajeros ingleses que llegaron al Río de la Plata o que las compañías del imperio enviaron allá, no debieron extrañar mucho esta geografía. Con ellos llevaban este notable invento; entre las maletas, viajaba un inesperado polizón: el fútbol.

LA REPÚBLICA INGLESA. Tras cruzar el río Ouse surge toda la grandeza de una mansión isabelina, Hinchingbrooke House, la residencia del siglo XVI de la familia Cromwell. Puritano, anticatólico, Oliver Cromwell (1599-1658) fue un controvertido personaje de la historia inglesa; Thomas Carlyle lo cita como un estadista fuerte que derrocó a la tiranía; David Hume como un traidor de esa misma causa. En 1640, el levantamiento de los presbiterianos escoceses obligó al rey Carlos I a convocar a un parlamento, disuelto años antes, que rechazaba su política impositiva y su ortodoxia religiosa. Representante por Cambridge, Cromwell impugnaba todos los edictos del monarca. El enfrentamiento provocó una guerra civil que se saldó con la ejecución del soberano y la proclamación de la república (faltaban aún 140 años para la Revolución Francesa), pero Cromwell disolvió las cámaras y se atribuyó poderes que excedían a los del mismísimo rey. El desorden que siguió a su enfermedad y muerte terminó en el restablecimiento de la monarquía. Carlos II, como póstumo castigo por haber matado a su padre, mandó embalsamar su cabeza y exhibirla; ésta recién sería sepultada en 1960. El macabro hecho explica por qué cada palacio inglés tiene a Oliver Cromwell entre sus fantasmas distinguidos.

Pero la historia de la finca tiene una faceta risueña porque un siglo después vivió allí John Montagu, IV Conde de Sandwich. Una noche de 1762 según se dice, este fanático de Handel pidió de cena un "roast-beef" entre dos rebanadas de pan, dejando así su título nobiliario asociado para siempre a cualquier comida rápida que involucre algo entre dos panes. Cierto o falso, Woody Allen recrearía las disquisiciones del improvisado inventor en un inolvidable cuento.

El tren se detiene en Peterborough; en su catedral, ejemplo de la arquitectura normanda del siglo XII, yace Catalina de Aragón, reina de Inglaterra hasta que Enrique VIII la dejara por Ana Bolena. El siguiente tramo recto se llama Stoke Bank, nombre poco revelador excepto para los aficionados al ferrocarril, ya que allí en 1938 se batió el record mundial de velocidad con tracción a vapor (aún vigente) cuando la locomotora 4468 "Mallard" alcanzó los 203 km/h. En el museo ferroviario de York se conserva la protagonista; es que, velozmente, el tren va acercándose a su propia cuna que está unos kilómetros más adelante.

YORK, CIUDAD AMURALLADA. "Los ferrocarriles son bazares irresistibles, que serpentean perfectamente nivelados por las desigualdades de cualquier paisaje, mejorando tu estado de ánimo con la velocidad y sin volcar nunca tu bebida", escribe Paul Theroux. En algunos puntos del trayecto, los tres sistemas de transporte surgidos desde la revolución industrial conviven: a la izquierda un viejo canal de esclusas transitado por unas pocas embarcaciones de recreo, al centro la vía férrea, e inmediatamente a la derecha, una autopista. Michael Palin rescataba una incierta pero bonita anécdota: en la década del 60, cuando el transporte automotor comenzaba a robarle su prestigio al tren, los maquinistas de las flamantes locomotoras diesel tenían orden de circular a la máxima velocidad permitida si una carretera se desplazaba al lado.

Algunos robles de esta zona son mudos testigos del otrora inmenso bosque de Sherwood, donde los viajeros del siglo XIII temían quedar a merced de Robin Hood. Después de pasar Doncaster, ciudad de talleres ferroviarios y sede de la carrera hípica más antigua del planeta (el premio St. Leger, establecido en 1776) y de haber ido rodeando a la gigantesca central eléctrica de Eggborough que se alimenta con carbón del área, surge recortada en el horizonte toda la magnificencia de la catedral gótica de York. Eboracum para sus fundadores romanos, la ciudad fue Eoferwic para los anglos y Jorvic para los vikingos que la ocuparon en 866. La basílica, de hermosos vitrales, fue construida entre los siglos XIII y XV. Otro edificio sorprendente es la propia estación con su desafiante claraboya en curva.

El tren continúa su marcha; a lo lejos se distingue el Caballo Blanco de Kilburn, una de las varias figuras de este tipo en Inglaterra. Es un equino de 97 por 67 metros esculpido quitando la capa de suelo que cubría a una formación de roca caliza. La siguiente parada es Darlington; en 1825, uniendo la ciudad con el pueblo de Stockton-on-Tees y remolcado por la famosa "Locomotion" de George Stephenson que se conserva en el museo local, circuló el primer ferrocarril público del mundo con tracción a vapor. El paisaje, más abrupto que el del sur en una zona de yacimientos carboníferos, justifica la invención. Hasta esa época, recordaba el historiador Tony Judt, las formas de movilizarse fueron las mismas que en tiempos romanos pero el agregado de ruedas a la máquina de vapor cambió al mundo (cosas tan insospechadas como la sincronización de relojes en distintos lugares surgieron como necesidades del ferrocarril).

Los trenes han sido desde entonces inseparables de la cultura inglesa; tal vez su mayor afinidad sea con la literatura policial: "Guárdese usted sus libracos en verso y prosa, y a mí déjeme llorar lágrimas de orgullo ante un horario de ferrocarril", dice Gabriel Syme en El hombre que fue jueves de Chesterton. En cambio Dickens los aborrecía; para él eran verdaderos expoliadores del paisaje (tenía motivos; en 1865 se vio involucrado en un serio accidente). Hoy, un tren enriquece el carácter bucólico de cualquier postal.

LOS LÍMITES DE ROMA. En Durham, un alto viaducto regala una sorprendente panorámica de la ciudad con su catedral y el castillo construido por orden de Guillermo "El Conquistador". Entrando en Newcastle, el tren cruza el río Tyne por un colosal puente de hierro; unos metros más allá está la estación, obra del arquitecto John Dobson e inaugurada en 1850; el estilo neoclásico de Dobson y Richard Grainger caracteriza a todo el centro de la ciudad. Cerca de aquí se encuentra el extremo oriental de la Muralla de Adriano que, a lo largo de 117 km, atraviesa los campos de Northumberland desde el estuario del Tyne sobre el Mar del Norte hasta el golfo de Solway en el Mar de Irlanda. El emperador -Marguerite Yourcenar noveló su vida en Memorias de Adriano (1951)- la mandó construir en el año 122 para proteger los territorios romanos de los ataques de las tribus pictas. Su función pasó por un tiempo a la más septentrional Muralla de Antonino Pío pero la agresividad del enemigo hizo retornar los límites del imperio a su antigua marca. Finalizada la ocupación romana de la isla en 410, muchas edificaciones aledañas fueron levantadas con piedras tomadas de allí.

La vía corre ahora cerca de la escarpada costa con magníficas vistas del Mar del Norte. A la derecha, sobre un promontorio unido a tierra por una calzada que desaparece con la marea alta, están los restos del monasterio de Lindisfarne, uno de los primeros enclaves cristianos de la zona, lugar por donde atacaron los vikingos en 793. Pronto se llega a Berwick-upon-Tweed, último pueblo inglés antes de la frontera. Los nacionalismos se hacen notar en la cantidad de banderitas que ondean a uno y otro lado del marco fronterizo. Ya en Escocia, por un terreno más accidentado y poblado de ovejas, la línea va girando lentamente hacia poniente siguiendo la costa del estuario del Forth. En gaélico, el lugar se llama Abhainn Dhubh, tan poco poético como "Río Negro", y es mundialmente conocido por sus grandes efectos de marea que llegan incluso hasta Stirling, 50 kilómetros río arriba. Más allá de Dunbar, la continuidad de casas anuncia a la cercana Edimburgo.

LA CIUDAD DE STEVENSON. La estación Waverley está en medio de los bellos Princes Street Gardens, conjunto de jardines construidos en la depresión dejada por el Nor` Loch, un viejo pantano desecado. Del lado sur, coronado por el castillo, está el antiguo casco medieval; al norte, la "ciudad nueva" construida a partir de 1767. El "North Bridge" vincula ambos barrios pasando por encima de la estación. Dùn Èideann es la capital de Escocia desde 1437; su nombre latino puede rastrearse hasta una cédula de 1143 que ratificaba la cesión de tierras para un monasterio agustino. Allí se lee: "Ecclesie Sancte Crucis Edwinesburgensi"; Edwin de Northumbria (585-633) fue uno de los primeros reyes cristianos de la zona; la terminación "burgo" refiere a todo poblado surgido en torno a un castillo feudal. Otra palabra que se repite en la toponimia local es "Lothian", antiguo nombre de la región; lo fascinante es que parece proceder de Loth, monarca en la mitología del rey Arturo.

La topología de una ciudad de casi mil años es un intrincado laberinto de recovecos y angostas escalinatas que para el desprevenido visitante infunden algo de temor pero que son recorridas por niños y ancianos solos incluso de noche. En algunos puntos, calles pasan por encima de calles sin que exista la posibilidad de llamar a eso puente, con comercios y casas en ambos niveles. La procedencia del viajero de un país relativamente llano a orillas del Río de la Plata y su desconocimiento de los pasajes lo condenan a caminar muchas cuadras extra cada vez; pero los continuos cambios climáticos, motivo de broma entre los residentes, lo convierten en un lugareño más que no se sorprende de tener niebla, ardiente sol, fuerte viento y temporal de granizo en un mismo día.

Gaiteros recorren la ciudad generando un ambiente de continua festividad. Edimburgo es célebre por sus festivales, eventos cuya concurrencia puede duplicar su población. Destaca la fiesta del Hogmanay, cuatro días de actividades al aire libre y fuegos artificiales cuyo origen se remonta a la celebración pagana del solsticio de invierno. David Hume, Arthur Conan Doyle y Sean Connery nacieron aquí, y aunque murió lejos, el autor de La isla del tesoro también, en el seno de una familia de ingenieros constructores de faros.

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