Las cosas por su nombre

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Oscar Brando

El 1 de junio de 1970 fue ejecutado en Argentina el Gral. Pedro Eugenio Aramburu. Se trataba de la primera acción visible del grupo armado Montoneros. Si toda la guerrilla de los años sesenta en América Latina es compleja de explicar y entre los razonamientos entran las opresiones, el imperialismo, las banderas de las liberaciones nacionales y el ejemplo cubano, el caso de Montoneros cuenta con una complicación extra y es la de su adhesión al peronismo y su funcionamiento dentro de él. De manera que la única forma inteligente de poder entrar a la lógica montonera (si la hubiera) es a partir de una explicación del tantas veces inexplicado movimiento que encabezó Juan Domingo Perón. El peronismo siempre marcó un plus a los encuadres en los que se lo quiso analizar: populismo, socialismo nacional, fascismo, tercerismo fueron rótulos insuficientes para una estrategia que tuvo tiempos muy distintos a lo largo de los 30 años de actividad política de su líder.

El libro de Pablo Giussani quiere acusar los errores del movimiento Montonero, pero lejos de caer en la facilidad de contar sus muertos, sus fallas, su derrota, su tilinguería violentista, su esnobismo, su militarismo, sus alianzas y su posterior degradación, busca seguir la historia en la compleja relación que entabló con la política argentina. De allí que la mitad del libro esté dedicada a un intento de comprensión de las raíces del peronismo, sus tácticas en el poder y luego fuera de él, su retorno y el período final que es el del protagonismo montonero.

Puede verse como el acierto mayor del libro de Giussani realizar un fino y complejo análisis político sin usar ninguno de los términos de las ciencias políticas, recurriendo a un lenguaje y a referencias de procedencias muy variadas, incluyendo sus propias experiencias, antes, durante y después de sus vínculos con el movimiento guerrillero. Es central entender, para la explicación de Giussani, la idea de que el peronismo organizó su partido desde el Estado y que esta inversión del modelo liberal (el Estado es el lugar vacío que llenan de sentido los partidos y sus ideologías) Perón la abrevó de la experiencia fascista, que conoció de cerca en Italia a fines de los 30 y principio de los 40. Cabe agregar la importancia que tuvo en Perón la existencia de un mundo bipolar luego de la guerra y la presencia de la URSS, verdadero vencedor en el conflicto, según alguna vez expresó.

Expulsado del Estado y desde el exilio, Perón debió pilotear algo informe que no tenía organicidad y a lo que fue dando un guión que le asegurara su sobrevivencia y, si se podía, su regreso al poder. Esto desbarata multitud de enfoques a los que les gustó desplazar el protagonismo hacia la figura de Eva: el único estratega del peronismo fue Perón. En esa estrategia creó un espacio posible para una guerrilla que creía ingresar por la izquierda. Sin embargo, la posibilidad que el líder había creado poco tenía que ver con la izquierda y mucho con el autoritarismo, el verticalismo y la concepción antiliberal. Montoneros aceptó ese papel y actuó creyendo despertar un sentido socialista en una organización en la que ese concepto quería decir otras cosas.

Giussani, que se aproximó a los Montoneros durante un tiempo a través de su prensa, escribió este libro en 1984, una vez caída la dictadura y ya resuelto su apoyo al proceso democrático iniciado por Raúl Alfonsín. No niega sus responsabilidades pero se siente ajeno al militarismo infantil y suicida que practicó Montoneros durante su vida en Argentina y luego en el exilio. Su intención expresa es indagar por qué pueden surgir esos endriagos políticos y cómo se puede caer en sus redes o en el temor, simuladamente bienpensante, de criticarlos.

Montoneros. La soberbia armada, de Pablo Giussani. Sudamericana, 2011 (1ª edición 1984). Buenos Aires, 318 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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