Mercedes Estramil
HAY VARIAS LEYENDAS. Una dice que fue un sex symbol de cuerpo apolíneo, ojos azules -si bien daltónicos- y sonrisa devastadora. Otra lo pinta como el esposo y papá perfectos, al estilo casita de la pradera. Otra, más cauta, certifica que no fue más que un actor correcto, cerebral y metódico, que debió sus éxitos a su belleza de almanaque y a la perseverancia más que al talento. Está la que asegura que la actuación fue sólo una constante laboral en su vida, pero sus verdaderas pasiones fueron el automovilismo y las obras de caridad. Y hay muchas más. Todas tienen algo de cierto, y todas mienten. Aparecen en la biografía póstuma que sobre Paul Newman publicó Shawn Levy en 2009.
Levy (n. 1961) es el típico biógrafo profesional (ya revisó las vidas del cómico Jerry Lewis en 1996 y del playboy dominicano Porfirio Rubirosa en 2005), y su trabajo es lo que cabe esperar: organizado, voluminoso y bien documentado (aunque extraoficial: comenzó el libro antes de la muerte de Newman pero no consiguió entrevistarlo nunca). Es el tipo de semblanza destinada a mostrarnos a los mortales espectadores que las glamorosas estrellas de cine viven y sufren como cualquiera. Pero también que hacen dinero como nadie, y son en un punto inalcanzables. En la época en que Newman surgió, la idea del glamour perfectito, atildado y aséptico estaba cambiando, o por lo menos aceptando de buen grado algunas innovaciones. Podía presumir de tenerlo incluso alguien que (dentro y fuera de la pantalla) fuera capaz de atiborrarse de cerveza, escupir en las calles o contar chistes obscenos delante de cualquiera. Así era él. Como si no hubiera querido ser quien era (es decir, como la mayoría).
MÉTODO PROPIO. Paul Newman nació el 26 de enero de 1925 en el tranquilo reducto de Shaker Heights (Cleveland, Ohio), donde su padre Art y su tío Joe, de ascendencia judía, llevaban adelante un comercio de artículos deportivos. Newman parecía el heredero y continuador natural, hasta que el pasatiempo de la actuación, adquirido en la Universidad, se le metió en la piel, y su paso por la Armada le modificó un físico desgarbado. Tras varias giras por teatros locales y un débil intento por ser comerciante, llegó con su recién formada familia a Nueva York. Las obras de Tennessee Williams y Arthur Miller hacían furor, y el Actors Studio enseñaba el fascinante método interpretativo de Konstantin Stanislavski, perfeccionado por el judío Lee Strasberg.
Después de algunos trabajos en la incipiente televisión dio el paso al cine con un debut que siempre lo avergonzó, El cáliz de plata (1954), un film de época dirigido por Victor Saville. Fue un fracaso en toda la regla pero lejos de darse por vencido siguió adelante. Primero, atado a la productora Warner Bros., y luego liberado y convertido en actor independiente a cambio de medio millón de los grandes, que no tardó en recuperar. Los genes de comerciante próspero estaban intactos.
Si fue el trabajo de hormiga, la buena suerte o el feeling con el público, lo cierto es que tanto en buenas como malas películas Newman fue imponiendo su presencia, sin importarle (o sí) que los críticos lo midieran desfavorablemente con Marlon Brando, que ya había llegado. Dio un paso decisivo cuando encarnó al boxeador Rocky Graziano en la clásica biopic de triunfador que sale del bajo y se redime con algún talento: El estigma del arroyo (1956, dir. Robert Wise) fue antesala de muchos films sobre antihéroes que interpretaría a lo largo de su vida, tipos rudos pero vulnerables, con toneladas de vivencia interior difícil de sacar afuera. Su simpatía displicente, su entornar de ojos y la sonrisa sarcástica eran créditos dulces que subieron en la faulkneriana Noche larga y febril (1958), curiosa traducción local para The Long, Hot Summer, primera de cuatro colaboraciones con el director Martin Ritt, con quien años más tarde fundaría una productora. Consiguió el primer premio de su carrera: mejor actor en Cannes. Se trataba de una comedia dramática en la que compartía cartel con el gran Orson Welles y con una joven actriz sureña, Joanne Woodward. Hacían pareja en el set, pero el largo y cálido verano del título lo vivían en la realidad, iniciando uno de los romances más duraderos de Hollywood, pese a que Newman estaba casado y tenía tres hijos con Jacqueline Emily Witte, una aspirante a actriz devenida ama de casa.
LA MUJER DE PAUL. Joanne fue su segunda esposa, también le dio tres hijos, y si bien compaginó su profesión y su matrimonio, lo hizo de un modo particular. Era una actriz de carácter y perfil bajo que sorprendió a todos al llevarse el Oscar en 1957 por su actuación en Tres caras tiene Eva (dir. Nunnally Johnson), un premio que recibió con cautela y que no le cambió la vida. El matrimonio con Newman sí lo hizo. Su conocida frase "mi vida es ser la mujer de Paul" (escándalo de cualquier feminista o no feminista) se afirmó por años en el hecho de que apenas le interesaba filmar si no co-actuaba con su esposo y/o era dirigida por él. Curiosa colaboración unilateral para una pareja que solía ser definida, con bastante mala leche, como la unión de la belleza (él) y el talento (ella).
El caso es que el propio Newman descreía de sus dotes actorales. Era como esos alumnos que se matan estudiando para comprobar que el día del examen los despreocupados sacan sobresaliente. El resultado era una desmotivación casi invisible pero latente. Parecía disfrutar más con los aspectos colaterales de los rodajes (la camaradería, las bromas a veces pesadas que lo hicieron popular entre sus colegas, la preparación de los personajes haciendo estudios de campo) que con la actuación en sí. Tenía un rostro de dios griego y un cuerpo gimnástico al que cualquier camiseta ceñida o toque de sudor convertía en infartante. Para muchos esas dotes eran un handicap, la superficie que refractaba todo intento de proyección auténtica (similar a lo que ocurre hoy con Leonardo Di Caprio, por ejemplo). Sonaba injusto, porque Newman no exponía las vísceras pero actuaba con todo el cuerpo, tenía profundidad en la voz, y era capaz de dar una réplica absoluta moviendo apenas el labio inferior. Sin embargo...
Las técnicas del Actors que habían sacado o sacarían afuera a los leones internos de Brando, James Dean, Al Pacino, Robert de Niro o Jack Nicholson, encontraron en él algo más parecido a un gatito hogareño, travieso pero no peligroso. Lo suyo iba más en la línea actoral de un Spencer Tracy, un Henry Fonda o un Clint Eastwood. Hacía la mímica exterior, comunicaba, pero no llevaba la actuación al terreno del autoanálisis, ni dejaba que el rol se apoderara de él. Lo que esto tenía de malo, era que siempre iba a ser muy "él mismo" (curiosamente, también ocurría con los leones antes mencionados), incluso porque no solía "sacrificar" su físico, engordando veinte quilos o afeándose, para elaborar un personaje. Lo que tenía de bueno era que lo liberaba de tics exagerados y que su desempeño no iba a eclipsar a sus películas ni a sus personajes.
La técnica de Newman demostró sus bondades con el tiempo. Los papeles de madurez de las últimas décadas, desde el abogado fracasado y alcohólico de Veredicto final (1982, Sidney Lumet) al villano culposo de Camino a la perdición (2002, Sam Mendes) mostraban a un actor de peso, seguro de cada paso y liviano como una pluma. Como dijo en uno de sus papeles entrañables: "caigo bien de a poco". El amigo abogado añadía: "la inteligencia, el trabajo duro y ser apuesto a la larga da sus frutos". Esos parlamentos de Las cosas de la vida (1994, dir. Robert Benton, sobre novela Ni un pelo de tonto de Richard Russo) eran un adecuado retrato suyo. Entonces, con o sin gafas oscuras (harto, decía, de exhibir sus ojos azules) ya era una leyenda viva y cualquier actor inteligente consideraría un honor trabajar a su lado.
DUPLA DE ORO. Algunos directores pensaron lo mismo. Si bien la relación con estos fue en general buena, trabajar con los "grandes" no le dio mayores dividendos. Era puntual y disciplinado, pero se inmiscuía, trabajaba en exceso los personajes, quería detalles. Hitchcock le puso un stop rápidamente en Cortina rasgada (1966), donde hacía de doble agente involucrado en espionaje científico, un film menor con alguna escena antológica como aquella en que Newman y una mujer sudan lo suyo para matar a un hombre. Con John Huston rodó El juez del patíbulo (1972) y El emisario de MacKintosh (1973) y en este caso hubo química personal y buen humor, pero ni la crítica ni la taquilla los reflejaron. Se divirtió filmando para Robert Altman, con quien jugaba a quién gastaba más bromas al otro, pero ni Buffalo Bill y los indios (1976) ni Quinteto (1979) pasaban de films mediocres. Y qué decir de El gran salto (1994) de los hermanos Joel y Ethan Coen, que no repetía el exitazo de calidad de Barton Fink (1991) ni de lejos.
Tuvo otra suerte con el joven Martin Scorsese, de quien admiraba su film Toro salvaje (1980), la historia de un perdedor como los que solía encarnar. Con El color del dinero (1986) Newman retomaba, envejecido, el personaje del pendenciero jugador de billar Eddie Felson que había hecho en 1961 (El audaz, dir. Robert Rossen), y se llevaba el Oscar a mejor actor que se le venía escapando ya por seis veces, desde que fue candidato la primera por Un gato sobre el tejado caliente (1958), un buen Tennessee Williams de Richard Brooks (y Newman estaba correcto, pero era difícil competir con el jovencísimo volcán de Elizabeth Taylor o con el viejo Burl Ives). Resultaba cómico, porque el año anterior había recibido el Oscar honorífico a la trayectoria que la Academia suele dar a los muy viejitos o para enmendar olvidos injustificables. Newman no estaba tan viejo. De hecho, una de las leyendas decía que no envejecía.
Ahora bien, la dupla ganadora de su carrera actoral llegó en plena juventud y fue en realidad un trío, el que formó con el director George Roy Hill y con el otro rizos de oro de Hollywood, Robert Redford. Butch Cassidy (el económico título local para Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969) y El golpe (1973), fueron batacazos en toda la regla. Historias simpáticas y bien narradas sobre amistades masculinas -forajidos de un oeste crepuscular y mítico (la primera), o tahúres citadinos de los dorados años veinte (la segunda)-, que obtuvieron la sonrisa del público traducida en millones de dólares, que sedujeron a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y se llevaron -entre las dos- once estatuillas, y que no dejaron indiferente a nadie. Tal vez no eran obras maestras, pero su pareja masculina y las bandas sonoras de ambos films eran inolvidables. A raíz del primero, Redford bautizó el hoy imprescindible festival Sundance de cine independiente. Esa fórmula exitosa no se repitió pese a que ambos, grandes amigos, lo intentaron. Un proyecto acariciado por Newman era hacer juntos un drama homosexual entre deportistas.
La parcial simetría de sus biofilmografías también incluía el dato de que ambos se pusieron detrás de cámaras, Redford más tarde pero con mejor repercusión. Dirigiendo, Newman intentó galvanizar al espectador con choques de corriente emocional más obvios que los de sus actuaciones. Excepto en Casta Invencible (1971) un flojo drama rural con Henry Fonda, se trató de films familiares en los que aprovechó el registro multifacético y temperamental de Joanne: Rachel, Rachel (1968), la historia de una maestra solterona narrada con algún exceso de caramelo; la mundialmente conocida como El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas (1972) donde hacía de madre amargada; Padre e hijo (1984) tributo contenido a su hijo muerto por sobredosis; y la vibrante adaptación de El zoo de cristal (1987), un Williams perturbador, con Joanne en el papel de madre sufrida e insufrible.
VELOCIDAD Y ALTURA. La biografía de Levy muestra a un personaje desconforme consigo mismo. Una lectura somera indica que su padre no lo vio triunfar, su único hijo varón no soportó su triunfo, y su autoestima como actor no era alta. Con el tiempo se dedicó más y más a tareas alternativas: automovilismo, gastronomía, campañas políticas del Partido Demócrata, y una monumental obra de beneficencia.
En el renglón automovilismo, la preparación para el film de James Goldstone Quinientas millas (1969) lo llevó a aprender el oficio, y para Newman, que conducía Volkswagen trucados con motores Porsche, fue la entrada a un mundo de adrenalina y satisfacción personal. Pilotó como aficionado y luego profesional en escuderías propias y ajenas, llegando a competir a los 54 años en las 24 Horas del circuito de Le Mans, donde su equipo obtuvo el segundo puesto en 1979. Puede decirse que se despidió de cine y motores a un tiempo, cuando dio voz al auto coprotagonista en el film de animación Cars (2006, John Lasseter y Joe Ranft).
En el rubro gastronómico, en los ochentas Newman decidió comercializar el aderezo para ensalada que le salía tan bien en su casa y creó la marca Newman`s Own. Dos años después los beneficios ascendían a dos millones de dólares y siguieron creciendo. Destinó todas las ganancias a obras de caridad, fundaciones y campañas antidroga, creación de campamentos para niños con cáncer, etc.
Un día la imagen del eterno Newman saludable, que consumía cervezas como el Luke de La leyenda del indomable (1967, Stuart Rosenberg) consumía huevos o recibía palizas, se desmoronó de golpe. Murió de un cáncer de pulmón el 26 de setiembre de 2008. Entre la infinidad de necrológicas y recuerdos que eso disparó, el escritor argentino Alan Pauls hacía en Página/12 una interesante reflexión sobre ese exceso de salud, física y mental. A diferencia de Brando, Dean o Montgomery Clift que eran "el desequilibrio hecho carne", ver actuar a Newman "era verlo poner en práctica una especie de hobby, el tipo de pasatiempo al que se dedica con cuidado, con destreza, incluso con fervor -tres cosas que Newman siempre tuvo-, alguien a quien le sobra tiempo (es decir: salud)".
HERIDAS Y CURACIONES. Newman interpretó en la pantalla o en las tablas una galería generosa de perdedores, borrachos, reclusos maquiavélicos, inculpados inocentes y desesperados de todo tipo y calaña, mientras en su vida daba la imagen de un ganador. La llamada "suerte Newman" quizá tenía que ver con salir bien parado de cualquier situación, inventar un condimento para ensalada y hacerse (más) millonario, beber hasta la dipsomanía sin secuelas, o salir ileso de aparatosos accidentes en los autos en los que competía cuando ya estaba mayor para tanta velocidad. La biografía de Levy deja constancia de un par de sucesos que empañaron esa versión feliz.
El primer tropezón tuvo que ver con su único hijo varón, Scott, del primer matrimonio. Fue el típico hijo conflictivo de padre famoso. Trató de independizarse económicamente, aprendió algunos oficios, actuó en diversos telefilms y hasta compartió cartel con Newman, como bombero joven en una producción multiestelar de cine catástrofe (Infierno en la torre, 1974, dir. John Guillermin), pero nada de eso evitó sus recaídas en el alcoholismo y las drogas o actos aislados de vandalismo que la prensa estaba pronta para certificar. En la vida real, Scott hacía los papeles autodestructivos que su padre actuaba y por los que era admirado. Tuvo un final previsible en noviembre de 1978, tras una ingesta de sedantes y alcohol, versión oficial de accidente antes que de suicidio.
Newman corrió de inmediato una eterna cortina de silencio sobre ese desenlace, pero redobló sus inversiones en instituciones benéficas y su apoyo incondicional a las causas antidroga. La versión oficial también dice que a partir de ahí el tono de sus interpretaciones varió considerablemente, alcanzando esos registros de espesor emocional que algunos críticos le reclamaban. Sus elecciones también se afinaron. Menos pendencieros dispuestos a apostarlo todo, y más hombres arruinados pero maduros, dispuestos a aprender las lecciones de la vida. De adentro hacia fuera, iba saliendo un Paul Newman cargado de sabiduría y amargura.
Otros tropezones son menos trágicos y Levy disfruta con ellos. Por ejemplo, derribando esa especie de pedestal de marido fiel que lo acompañó toda la vida. Para quienes crecimos pensando que Paul y Joanne nacieron ya casados y eran la pareja más feliz de Hollywood, nada de eso. Su adulterio con Joanne en el transcurso de su primer matrimonio le pudo arrancar severas contriciones de culpa, pero no lo eximió de serle infiel también a ella. Su declaración pública de que no iba a salir a comer hamburguesas si tenía bistec en su casa (Joanne protestó un poquito por la metáfora), Levy la toma con humor. Al parecer, a finales de los Sesenta Newman vivió un romance de más de un año con la periodista Nancy Bacon (bacon = panceta). Los Newman no desmintieron nunca esa aventura y Bacon se encargó de difundirla con detalles e infidencias que dejaban al actor mal parado (borracho, culposo y no muy rendidor).
Significativamente, el Newman de la pantalla tampoco tuvo muchas oportunidades de gran desempeño romántico o pasional. A veces porque no tenía manera, como el preso de La leyenda del indomable, que observaba el show erótico de una vecina ninfómana limpiando un auto. Otras con una esperanza de última hora que no se concretaba, como su personaje de Las cosas de la vida haciéndole guiños a una sensual Melanie Griffith, para dejarla, con respeto, cuando ella avanzaba. En otros casos perdía la cabeza mal o desesperaba por no perderla: con la corrupta Sally Field de Ausencia de malicia (1981, Sydney Pollack), o la Lolita Davidovich de Blaze (1989, Ron Shelton), o mucho antes, con la gatuna Elizabeth Taylor que lo definía a Brick de un plumazo: un tipo que no perdía el aplomo ni cuando bebía.
PAUL NEWMAN. LA BIOGRAFÍA, de Shawn Levy. Ed. Lumen, Barcelona, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 586 páginas