Roberto Davison
Hace tiempo ya que la escritura de Jorge Arbeleche tiene un lugar seguro en la poesía uruguaya. Desde Sangre de la luz (1968) ha perfeccionado una manera de concebir la escritura poética. La sagrada familia es el resultado de su evolución y también de un proceso de desestructuración del estilo y aproximación a la escritura conversacional. El núcleo sigue siendo fiel a sí mismo: siempre ha sido un poeta preocupado por el manejo de los significados y por la obtención de belleza en ese manejo. Siempre ha transitado por esa línea de la poesía, más emparentada con los contenidos que con la forma. Sus logros como poeta van por ese lado, y este libro lo confirma.
Una lectura atenta revela detalles del trato con lo íntimo, lo familiar. Padres, hermanos, circunstancias personales y otros temas aparentemente ajenos son la ocasión para delinear una forma de representación y liberar un lenguaje expresivo autónomo. El lenguaje de Arbeleche no consiste en pasar en limpio las ideas sino en trabajar con ellas: va a lo puntual de un recuerdo, alterna la poesía "tradicional" con la escritura sin puntuación, la metáfora continua con la narración, sin perder pulso.
El objetivo es representar un asunto, concreto o abstracto. Esa representación necesita tiempo y velocidad para captar matices del modo de sentir o de decir lo que se siente. Es un poeta del sentimiento, y también de la profundización del sentimiento: no cede a la facilidad de creer que todo el peso de un poema debe caer en su tema. La manera de presentarlo, de dialogar con él, obliga a veces a retorcer el lenguaje, a oscurecerlo. Algunos textos, como "Un grito" (páginas 40-41) dan la medida del manejo de las emociones por la puntuación y el encabalgamiento.
La elegancia no es superficial: procura que el lenguaje recupere la fuerza de la experiencia. En ese juego de la expresión, la imagen tiene un rol central. Como señala Circe Maia, son "imágenes que permanecen luego en la memoria (…) que acompañan luego al lector, irradiando intensidad y belleza". Su exactitud (como "la estela furtiva de la barca se funde con la lumbre aún encendida del carbón") está en relación directa con la duración. Algo concreto da la cifra de la sensación; eso pasa al lector como experiencia. Es, además, una cuestión de sentido. La oscuridad cae sobre la emoción de una manera extraña y luminosa a la vez: las palabras son exactas en relación con el peso subjetivo de lo representado, como una manera expresiva "privada", donde encuentra su forma. El sonido es la clave de esa forma.
Ya sea que deje versos "colgados" entre una estrofa y otra, o puntúe "a destiempo", o alterne versos breves y largos, u oscile entre lo poético y lo narrativo, es el sonido lo que marca las alternativas del sentido y llega al lector como una modulación afectiva. Si una parte del valor está en la insistencia y el desarrollo de las metáforas, otra está en ese trabajo con el sonido, poema a poema y de modos diferentes. El yo dialoga con su tema en una lengua no estrictamente coloquial, sino íntima, que pasa intacta al lector.
Junto con las imágenes, ése es el rasgo más notable de este libro, que trata lo real y lo imaginario con la misma firmeza. Leer La sagrada familia es una experiencia de descubrimiento de la evidencia de un trabajo formal: es la celebración del recuerdo y del sentimiento, pero también de la escritura. Son ejercicios en el arte de la representación de un mundo privado, en el más alto grado de dignidad.
LA SAGRADA FAMILIA, de Jorge Arbeleche. HUM, 2010. Montevideo, 85 págs. Distribuye Gussi.