Hugo Fontana
EN 1967 los hermanos Oscar y Esther Tusquets crearon en la joven editorial Lumen de España una colección llamada "Palabra e Imagen", con la intención de reunir a escritores y fotógrafos. Textos breves, autores de cierta trayectoria y algunos muchachos que recién comenzaban a publicar, entre ellos un peruano de apenas 30 años que ya había dado a conocer sus dos primeras novelas, La ciudad y los perros y La casa verde: Mario Vargas Llosa. Éste les envió, con el permiso de su editor Carlos Barral, una novela corta llamada Pichula Cuéllar, título que debieron cambiar, censura franquista de por medio, por el de Los cachorros. Convocaron al fotógrafo catalán Xavier Miserachs (1937-1998), quien por aquel entonces publicaba frecuentemente en diversos medios de prensa, y se pusieron manos a la obra.
En algunos casos, fotógrafos y escritores trabajaron de común y previo acuerdo; así editaron, entre más libros, La caza de la perdiz roja, de Miguel Delibes y Oriol Maspons, y Una casa en la arena, de Pablo Neruda y Graziano Gasparini. En otros, las palabras presidían a las imágenes o viceversa, como ocurrió con el volumen de Izas, rabizas y colipoterras, en el que Camilo José Cela escribió el pie de las fotos tomadas por Joan Colom y el mencionado Maspons. Para Los cachorros, Miserachs se ciñó a un texto ya redactado y definitivo, y lo hizo de manera brillante.
Esther Tusquets, en su prólogo, recuerda algunas palabras de Barral acerca del día en que conoció personalmente a Vargas Llosa, cuando el peruano tenía poco más de 25 años: "En la primera entrevista me pareció un personaje desconcertante. Un literato sobrio, de ideas tajantes, con frecuencia inesperadamente agresivas, pero en cuyas maneras transparentaba cierta cultivada indulgencia... A estas primeras conversaciones debo la idea central que me he hecho de Vargas con el tiempo y en la que se insertan mis opiniones críticas sobre su obra y la fe que tengo en su futuro literario: Vargas se piensa a sí mismo como un gran escritor, al nivel de aquellos que más admira, y está dispuesto a sacrificarlo todo a la verosimilitud de esa imagen que perfila todo el tiempo con todos los recursos de una inteligencia poderosa y sana".
Todo un visionario, un profeta, Barral.
Una forma de escribir. Los cachorros fue uno de los libros de Vargas Llosa que a mediados de la década del 60 conmovieron no solo al delgado canon literario latinoamericano sino también a toda una generación de nuevos lectores. Junto a Rayuela (de Julio Cortázar), Cien años de soledad (de García Márquez), Pedro Páramo (de Juan Rulfo), Tres tristes tigres (de Guillermo Cabrera Infante), Gran sertón: Veredas (de Guimaraes Rosa), El obsceno pájaro de la noche (de José Donoso), La muerte de Artemio Cruz (de Carlos Fuentes), se inauguró una nueva forma de escribir pero también de leer, de entender la literatura y el continente en donde ésta se creaba. El tiempo, individuo sabio si los hay, ha hecho olvidar algunos de esos títulos o les ha quitado aquel peso fundacional y, en consecuencia, su inmaculada posteridad.
Básicamente, Los cachorros es la historia de un grupo de muchachos de la alta burguesía limeña, más precisamente del barrio Miraflores, alumnos de uno de los mejores colegios católicos, el Champagnat. La novela da comienzo cuando, apenas preadolescentes, reciben en su grupo a un nuevo integrante, Cuéllar, destacado estudiante y mejor futbolista, a quien un perro danés ataca una tarde mientras se está duchando en el gimnasio del colegio. El episodio está narrado eludiendo todo dato explícito pero el lector se entera de inmediato que el muchacho es hospitalizado presentando un severo desgarro en su entrepierna. Poco tiempo después sus compañeros comienzan a llamarlo Pichula.
La deliberada bruma que envuelve este incidente confiere una ambigüedad metafórica al resto del relato, el que puede interpretarse como "una parábola de la integración social", como sostenía el crítico peruano Julio Ortega, hasta como una "ilustración psicoanalítica del complejo de castración", como exponía el español José Miguel Oviedo en el prólogo a una edición de bolsillo, también de Lumen, fechada en 1970. La novela transcurre luego auscultando el crecimiento de estos personajes, su entrada a la adolescencia, la formación de las primeras parejas, el ingreso a la Universidad y el descontrolado derrotero que toma la vida de Pichula.
Los cachorros presentaba entonces un intenso y hoy acaso fatigado vanguardismo de estilo. Vargas Llosa empleaba dos narradores, uno en primera persona del plural y otro en tercera del singular, omnisciente, entremezclándose en la misma frase ("Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas", dice el primer párrafo), e incluso tiempos verbales que cambiaban del presente al pasado, usados simultáneamente para ilustrar una y otra acción. Nada envejece tan rápidamente en el arte como los movimientos vanguardistas; la experimentación, su patrimonio esencial, conjuga siempre virtud y debilidad y sobrevive de modo casi aleatorio. Esta novela es ejemplo de ello, no obstante mantener una tensión y un rigor narrativo que con el tiempo se convertiría en la impronta central de toda la obra de Vargas.
Las fotos de Miserachs son tan poderosas como el propio relato: imágenes de muchachas con una rosa en la mano, de muchachos con una sonrisa en el rostro… Imágenes de cuando éramos mucho menos documentados y bastante más felices.
LOS CACHORROS, de Mario Vargas Llosa. Con fotos de Xavier Miserachs. Editorial La Fábrica, 2010, Madrid, 108 págs. Distribuye Océano.