De Eva a los bancos de esperma

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Andrea Blanqué

MULTIPLICARÉ EN gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz a los hijos, le dice Dios a Eva en el Génesis. Acababa de descubrir en el huerto a Adán desnudo y le preguntó:"¿has comido del árbol de que yo te mandé que no comieses?". Las consecuencias son conocidas; Adán ganará el pan con el sudor de su frente y Eva, la primera en ser juzgada, sufrirá en los partos.

El traer niños al mundo implica dolor para la mujer. Forma parte de su naturaleza. Entonces, los humanos occidentales han asociado embarazo y parto al hecho de sufrir y a la enfermedad. Algo tan natural como tener un niño se convirtió en un asunto médico.

Pero cómo es posible que los animales más cercanos a nosotros, los primates, tengan a sus hijos sin un doctor realizándoles ecografías y controles mensuales. Los orangutanes, que tanto se nos parecen, tienen sin embargo el cerebro más pequeño -un bebé humano tiene un cráneo voluminoso- y las humanas, para poder andar verticales, tienen los huesos de la cadera estrechos. El hecho de ser inteligentes y erguidos influye en el "alumbramiento": este es el momento de más riesgo en la vida de un individuo.

Desde siglos ancestrales los humanos han tratado de colaborar con la parturienta. La obsesión de todos ha sido que el niño nazca vivo y sano y que la madre no muera. Una obsesión suplementaria -véase a Natalie Portman y a Scarlett Johansson abortando y pariendo en el film La otra Bolena- era para los poderosos tener un hijo varón a quien dejarle el cetro y los privilegios. Por cierto, anhelaban que sus hijos fueran triunfadores como ellos. Un emperador romano tuvo un hijo con la cabeza envuelta en el velo amniótico: de acuerdo a las supersticiones vigentes, ese niño estaría destinado a la grandeza, pero papá y niño fueron asesinados nueve años más tarde.

El historiador de la medicina Thomas Formes declaró que la historia de la obstetricia es una historia de superstición. La especulación y las técnicas adivinatorias, los emplastos y el consumo de testículos de conejos machacados, hacían creer que el "gran viaje" llegaría a feliz término. La ciencia ha ido sustituyendo a la tradición, pero el tener un hijo sigue estando rodeado de misterios para los científicos (¿por qué ese óvulo y no otro, por qué ese espermatozoide y no otro?).

especial historia de la medicina. Randi H. Epstein es médica, periodista del New York Times y madre. Es la persona idónea para escribir un libro sobre embarazo y parto, considerando la vinculación entre estos hechos biológicos y la sociedad en la que se producen. Una historia del parto es una historia de la cultura.

El libro ¿Cómo se sale de aquí? Una historia del parto tiene la ventaja de ser ameno pero con una solidez científica e histórica que no suelen tener los manuales de embarazada. Epstein toma partido: mucho de lo más interesante del libro son las notas al pie de página; allí no intenta ser objetiva y arremete a menudo contra errores médicos cometidos una y otra vez. Narra anécdotas de personas que ha entrevistado y plantea preguntas para las que reconoce no hallar respuestas.

Han sido tantos los horrores médicos durante los siglos XVI, XVII, XVIII, XIX y XX que, estando en el XXI, cabe la perturbadora pregunta sobre qué errores médicos se estarán cometiendo contra los que habitan este mundo. La sensación de que dentro de tres siglos, se mirará el sistema de concepción y parto del siglo XXI con los mismos reparos con que hoy condenamos a aquellos médicos que atendían a las parturientas sin lavarse las manos, es intensa.

En efecto, luego de la Antigüedad y la Edad Media, el parto dejó de ser de las "comadronas": los médicos lucharon contra estas por el poderío de la obstetricia. El hecho de que los médicos hubiesen tenido estudios de anatomía y que las comadronas despojadas de su trabajo fueran analfabetas, no benefició a las madres. Los médicos durante siglos no conocieron la existencia de los gérmenes y atendían con las mismas manos que acababan de hacer una sangría a un enfermo infeccioso o de efectuar una autopsia a un cadáver. El resultado: las madres parían felices un bebé precioso, pero más tarde sufrían una fiebre altísima y al tercer día morían. Así murió la madre de Mary Shelley luego de dar a luz a la futura escritora. Mary Wollstonecraft era una filósofa y activista por los derechos de la mujer: se fue como millones de mujeres sanas y fuertes. Se considera que la causa de mortalidad más elevada entre las mujeres, durante años, fue la fiebre puerperal, hasta que los médicos descubrieron y reconocieron que eran los gérmenes que sus manos portaban los que mataban, y no la debilidad de las propias parturientas.

Pese a los errores de la ciencia, matando gente que no hubiera muerto de otro modo, la medicina avanzó. Un capítulo entero del libro está dedicado al descubrimiento de los fórceps, un instrumento que una familia de médicos ingleses, los Chamberlen, ocultó desde el siglo XVI al XIX como secreto de Estado. Estos médicos celosos lograban sacar a los niños atascados y su récord de neonatos vivos era muy superior al de sus colegas. En realidad, usaban dos cucharones de sopa unidos por un cordel.

Otro acontecimiento que apesadumbra es cómo fueron usadas las esclavas de Alabama en el patio trasero de la familia Sims, parteros que usaban como conejillo de indias a las esclavas para sus investigaciones -¡sin anestesia!- pero en las que lograban coser los desgarramientos producidos por el bebé en la vagina de la madre. Así salvaban a las mujeres que con el parto sufrían fístulas que las llenaban de orina, etc. y les generaban infecciones.

El tan sonado siglo XX. Los capítulos más complejos del libro de Epstein son los referidos al siglo XX.

Una vez combatidos los gérmenes y perfeccionadas las cesáreas y los modos de sacar bebés, era de esperar que las muertes de madres y niños bajaran drásticamente.

Eso sucedió, pero la medicina inventó nuevas peligrosas necesidades que antes no existían. Por ejemplo, los rayos X. Durante décadas se usó en embarazadas para ver qué tan bien venían los bebés y así dejar contentos a los padres de que su hijo sería perfecto: pasó mucho tiempo para que se descubriera que las personas que habían sido sometidas a radiación durante su propia gestación, tenían el doble de posibilidades de desarrollar cáncer.

El colmo fue el uso del DES, hormonas artificiales -dadas a mansalva- , supuestamente para fijar el bebé y evitar abortos espontáneos. En efecto, las madres con riesgo de pérdida de embarazo daban a luz el bebé tan soñado, pero años más tarde, las bebés crecidas, con 20 años, desarrollaban un horroroso cáncer en la vagina. Y eso, para no hablar de la nefasta talidomida, que en los años ´60 se indicaba para controlar las náuseas de las embarazadas y provocó el nacimiento de niños sin extremidades o con ellas atrofiadas.

La frutilla de la torta de esta investigación es el mercado de óvulos y esperma, un negocio que enfrenta a médicos defensores de la ética y a negociantes que venden esas preciosas células como si fueran dueños de un supermercado. Aquí sale a relucir que muchas mujeres en Los Ángeles, ricas y triunfadoras, congelan sus óvulos para retardar su maternidad, aprovechar profesionalmente su juventud, y tener sus hijos a los cuarenta y largos.

Las mujeres que venden sus óvulos (mucho más raros y preciados que los espermatozoides, que en cada eyaculación surgen por millones), cobran fortunas y aparecen en Internet mostrándose bellas, atléticas y triunfadoras. La realidad es que ya hay hijos que han sido resultado del uso de un banco de semen y hoy, en el siglo XXI, están buscando desesperadamente a sus medio-hermanos también a través de Internet. Y por supuesto, a su padre biológico.

¿CÓMO SE SALE DE AQUÍ? Una historia del parto, de Randi H. Epstein, Turner, 2010. Madrid, 274 págs. Distribuye Océano.

Google baby

GOOGLE BABY, -un film israelí emitido por HBO- muestra cómo se compran por Internet óvulos, espermatozoides y embriones congelados, mientras la gestación se lleva a cabo en una clínica remota y modesta en la India. Las madres "en alquiler" permanecen nueve meses en reposo, bien cuidadas: cuando por medio de cesárea dan a luz, el niño que albergaron pasa a manos de padres y madres extranjeros.

La directora Zippi Brand Frank muestra de modo documental cómo Doron ha montado una miniempresa a través de Internet con la cual consigue en forma económica que seres humanos que anhelan ser madres y padres lo logren, aunque su propia biología lo impida. Doron, un chico israelí homosexual, tuvo esta idea a partir de que con su novio tuvieron una hija a través de un vientre "en alquiler", previa compra de un óvulo en Estados Unidos. Los espermatozoides eran de ellos, pero no pudieron comprar el óvulo en Israel puesto que allí no es legal. Doron es feliz con su hijita y su novio, y cree que puede hacer feliz a mucha gente con un costo mucho menor que si se realizara en los Estados Unidos. Consigue los óvulos y espermas a través de páginas web, viaja a Estados Unidos para que la fecundación se produzca de inmediato, y luego, portando una "marmita" de donde sale humo, como si fuera un bolso de mano, se lleva en avión los embriones a la India, donde se implantan a mujeres pobres que recurren a la clínica para ganar un poco de dinero. Así podrán comprarse una casa, criar a otros hijos y salir del pozo terrible de pobreza en el que viven. Un vientre "de alquiler" en Estados Unidos cuesta cien mil dólares, en la India: seis mil. Claro que un gran porcentaje de esto se lo lleva la dueña de la clínica, una bella doctora india que defiende su trabajo con argumentos fundados, pero que trata a las madres de alquiler como vacas de pedigree.

Un testimonio uruguayo

A. B.

EMBARAZADA, entré en el mundo especial de las mujeres que van a tener un bebé. Los nimios detalles adquieren una solemnidad asombrosa. Entre susurros, me enteré que parir en la guardia mutual era sinónimo de cesárea segura. Un médico que lograba un parto normal no cobraba extra, pero con una cesárea cobraba dinero por una intervención quirúrgica. Resultado: la tasa de cesáreas en las mutualistas era mayor que en los hospitales. Esto era el temor de toda embarazada, pues querían tener su bebé en forma lúcida, escuchar el primer llantito y tomar en brazos al tan "conocido/desconocido", verle el rostro e incluso darle la teta.

Averigüé por medio de una enfermera quién era un buen obstetra en esa mutualista. Ella me dio un nombre: me dijo que sabía mucho. En la primera consulta vi la realidad: dicho médico estaba de moda y conseguir número y ser atendida era una pesadilla. Seguí adelante: lo que más quería era que mi bebé naciera sano.

El médico me planteó si pensaba parir en la guardia o contratar sus servicios. Precios: 400 dólares parto normal, 500 cesárea, 100 dólares una partera en equipo. Sus consultas no tuvieron nada especial. No se diferenciaba de los médicos que apenas levantan los ojos para mirar al paciente.

El día llegó, llegué a la urgencia, avisamos por teléfono al médico pago: nos contestó que ya iría, pero tardó en aparecer. Llegó la partera. El médico de guardia de la mutualista respetaba los códigos: yo era clienta de su prestigioso colega. Las enfermeras me preparaban, las contracciones se hacían esperar. Recuerdo que el afamado médico llegó y dio indicaciones, me pusieron un suero intravenoso para ayudaba a dilatar el cuello del útero. El doctor desapareció: cuando llegase el momento le avisarían.

La partera paga me ayudó en las tareas de respiración, me tuvo la mano y me dio confianza. Mi compañera de cuarto, en cambio, que no había pagado médico, sufría y al medirle la dilatación, le decían que no era suficiente. De pronto escuché, de boca del médico de guardia, que a mi hermana de cuarto le practicarían cesárea, porque había indicios de sufrimiento fetal. También escuché la tristeza de la pareja.

Pero yo dilataba viento en popa. Era el momento. Grité: "¡se me sale el bebé!". Pero mi médico pago no estaba allí. Los enfermeros de la mutualista, en una camilla con ruedas me llevaron corriendo a la sala de partos. Mi bebé y yo volábamos. Cuando llegué me dijeron que mi doctor privado ya estaba allí, preparándose.

En tres pujos salió el bebé. Pude sentir el llantito, verle el rostro, escuchar cómo se apaciguaba cuando nos mirábamos y yo le declaraba mi amor entre mis brazos. Con esa emoción, no había dado importancia a que el médico, previamente, me había practicado la "episiotomía": un corte con bisturí para que el bebé salga sin desgarrar a la madre. Para ello se inyecta anestesia local, y una vez nacido el niño, se cose a la parturienta.

Pero mi episiotomía, como tantas, anduvo mal: mi cuerpo rechazó el hilo operatorio. El médico que había cobrado mis dólares no le dio importancia. Dos meses después tuvo que "quemarme" los granulomas. No fue suficiente su trabajo: concurrí a otro médico desconocido que por fin me curó completamente.

La episiotomía no se practicaba en muchos países salvo que sea imprescindible. En el primer mundo ya no se usaba. Aquí era una rutina. Me pregunto qué clase de desgarro hubiera sufrido si los enfermeros corrían conmigo por los pasillos, si la salida del bebé era inminente, si tuve la criatura en un minuto. Supe después que mi médico solía viajar a Asia: ganaba mucho, mucho dinero. Hoy sé que la OMS desaconseja la episiotomía, tan frecuente en América Latina.

Pero tuve un bebé hermoso y sano.

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