POETAS, DRAMATURGOS y narradores dieron al silencio incontables formas. Más que un punto de partida, para la literatura ha sido su interlocutor, su caja acústica, su muletilla, incluso, su mayor ambición. Vacío de significado, como el dinero, es capaz de amparar muchos sentidos. Los narradores suelen convocarlo por sus señas elementales: "y guardó silencio", "era una mujer silenciosa", "se alejó en silencio", y los poetas para urdir sus versos: "Silencio la tierra va a dar a luz un árbol", escribió Vicente Huidobro en su poema Altazor. Otros lo frecuentaron como ideal estoico: "Soy rey de mi silencio y esclavo de mis palabras", dijo William Shakespeare, o como humorada: "mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente", sentenció Groucho Marx. El silencio ha sido utilizado para hablar de muchas cosas, ¿pero de qué formas sensibles ha sido percibida su naturaleza?
Es este un breve recorrido por lo que algunos escritores lograron descubrir.
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EL TEATRO donde yo daba los conciertos también tenía poca gente y lo había invadido el silencio: yo lo veía agrandarse en la gran tapa negra del piano. Al silencio le gustaba escuchar la música; oía hasta la última resonancia y después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en la música: pasaba entre los sonidos como un gato con su gran cola negra y los dejaba llenos de intenciones.
Felisberto Hernández, en "El balcón"
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ERA LA PAUSA premonitoria que se percibe antes de una perturbación desconocida, un silencio causado, no por la ausencia de sonidos, sino por una espera, por una ansiedad.
Carson McCullers, en Frankie y la boda
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EXISTEN MUCHAS clases de silencios y cada uno de ellos significa algo distinto. Existe el silencio que acompaña a la mañana en un bosque, diferente del silencio de una ciudad dormida. Existe el silencio después de un aguacero, y no es el mismo. Existe el silencio de la soledad, el silencio del miedo, el silencio de la duda. Existe un cierto silencio que puede emanar de un objeto sin vida, como una silla usada, o un piano con las teclas polvorientas, o cualquier cosa que haya respondido a la necesidad de un hombre, ya sea por placer o por trabajo. Esta clase de silencio puede hablar. Su voz puede ser melancólica, pero no siempre es así; porque es posible que la silla la haya dejado un niño entre risas o las últimas notas de un piano fueran estridentes y alegres. Cualquiera que sea el modo o la circunstancia, la esencia de su cualidad puede persistir en el silencio posterior. Es un eco sin sonido.
Beryl Markham, en Al Oeste con la noche
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LUEGO CESÓ la música y sobrevino el silencio. No era el simple silencio que llega a veces cuando estás en el mundo de los sordos. Se parecía al silencio que se oye cuando te llevas una caracola al oído, el silencio del tiempo mismo que es tan grandioso que hace ruido. Era un silencio que parecía un trueno en la distancia. Era silencio tan denso que ya no era silencio. Cambiaba de una cosa a un pensamiento y por fin solo era miedo.
Dalton Trumbo, en Johnny cogió su fusil
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LOS URUGUAYOS son así. Si toman mate, comen, beben o conversan es lo mismo: entre uno y otro hay un silencio de por medio. No importa cuántos sean ni dónde estén, cada uruguayo carga un silencio muy personal. Mientras hablan, cada uno pone el suyo sobre la mesa o en un costado; pero el silencio esta ahí, como otro cuerpo del cuerpo y otra esencia de lo dicho.
René Fuentes, en El mar escrito
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NO HAY NADA más silencioso que un cañón cargado.
Heinrich Heine, en Noches florentinas
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ES UN SILENCIO que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
Clarice Lispector, en Silencio
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(Texto introductorio y selección de Carlos Ma. Domínguez).